Un Relato sobre la
complejidad de la condición humana
Él respondió: “No sé si es pecador o no; sólo sé que yo antes era ciego y ahora veo”
(JUAN 9, 25)
Él se quedó pensativo. Con su
involuntaria mueca despectiva dio a entender que no le daba mayor importancia y
reconocía de sobras que en ese momento no le apetecía agacharse para buscarla a
pesar de que la habitación era muy
pequeña. Se hallaba a poco más de un metro de la ventana que había abierto parcialmente
cuando entró en la diminuta estancia. Deseaba notar por un momento el frío del
aire característico de esos días del ya avanzado
diciembre. Hacía más o menos una semana que habían colocado las luces navideñas en la
calle que, a esas horas de la tarde, parecía bastante animada. En cuanto
menguara la luz natural del día, las caprichosas bombillas de colores
alegrarían a los viandantes.
Sentía una gran desazón en su interior y
sus gafas oscuras que tanto misterio parecen
infundir (sobre todo cuando las llevan los ciegos) lograban emboscar ese
estado de ánimo que reflejaban sus ojos. Por otro lado, notaba cierto
nerviosismo creciente al saber que en
pocos minutos aparecería ella.
Habían sido demasiadas emociones en un
periodo de tiempo relativamente corto. Todo empezó cuando … la verdad es que no podría haber empezado todo
peor. Hacía poco más de medio año del fatídico accidente en la carretera
nacional, a pocos kilómetros de la capital, precisamente cuando ya se acababa
el trayecto a casa. Llegó a estar muy grave aunque, afortunadamente, en menos
días de lo previsto inicialmente se recuperó y, si bien le quedaron inevitables
secuelas, al menos pudo conservar la vida. Su padre, que iba en el asiento del
acompañante, no tuvo tanta suerte. La pérdida provocó tal conmoción a su madre
que, ya débil en su avanzada edad, cayó en una profunda depresión que casi la
enajenó por completo, quedando la mayor parte del día postrada en un sillón.
Él, además de la dura rehabilitación
tenía que sobrellevar una incómoda tartamudez, una secuela más del accidente,
así como una acusada cojera. La enorme cicatriz en la frente era cuestión del
observador de turno ya que él no se la veía y lograba olvidarla.
La habitación en la que se hallaba era
un anexo de la generosa biblioteca de su casa. Era una habitación que no
frecuentaba. Muy de tanto en tanto, no obstante, antes del accidente que le
incapacitó, gustaba perderse en su silencio y, el olor que desprendían unos
pocos libros viejos que reposaban desde décadas en una antigua y oscura
estantería de madera de cerezo, le reconfortaba. Esos pocos libros eran
auténticos incunables de la literatura que precisaban un espacio diferenciado,
fuera del resto de libros de la biblioteca.
En ese reducido espacio parecía haberse detenido el tiempo. Los
problemas de la rutinaria vida se
tornaban en una especie de historia ajena, como un attrezzo que exclusivamente
existía más allá de la única ventana que había. En alguna ocasión había experimentado el sosiego que le
proporcionaba detenerse frente a la ventana con la vista perdida en el
maltrecho horizonte de irregulares edificaciones; se evadía sin apenas darse
cuenta. Ahora era muy diferente. Volvía a estar frente a la ventana pero el
encanto se esfumó hacía poco más de seis meses y su dura realidad se hacía
patente a diario. Únicamente hallaba consuelo pensando y recordando.
Fue inevitable fijarse en ella. La
oportunidad se la brindó la biblioteca municipal, pocos meses antes del
accidente. Se fijó en la joven aquél sábado y, posteriormente, comprobó que por fortuna frecuentaba
precisamente la biblioteca todos los sábados por la mañana. Realmente no era
apenas usuario de la biblioteca municipal ya que bastante tenía con la suya, en
gran parte gracias a la erudición de su padre. La suerte quiso que descubriera
a la joven aquél sábado y desde entonces sin pretenderlo, descubrió que tenía
un aliciente para volver allí periódicamente. Deseaba conocerla. Siempre la
hallaba ensimismada con uno u otro libro; en ocasiones, con varios a la vez. Le
llamó la atención su espesa cabellera negrísima, de ese negro que refleja la
luz con su opacidad como de esmalte, así como también le sorprendió la voluptuosidad de sus ojos, grandes y
brillantes, de un castaño claro y coronados con vistosas pestañas. Normalmente acudía a la biblioteca sola y la
única vez que la vio acompañada fue con la que parecía ser una amiga y de cuya
conversación en voz baja supo que la joven belleza de melena azabache se
llamaba Elvira. Nunca antes había conocido a ninguna mujer con ese nombre y eso
le ofreció una sensación nueva y atrayente; una sensación placentera por lo
ignoto que suponía, por lo prohibido incluso, … quizás estuviera exagerando o
se dejara llevar sin mesura, pero se sentía bien. Posiblemente se estuviera
enamorando pero no se dejó presionar por las prisas que parecían emerger con
efervescencia desde sus entrañas. Le gustaba disfrutar de su presencia, le
gustaba saberse cerca de ella, (no le resultaba difícil hallar asiento a su
lado y se deleitaba con el suave aroma de su colonia que acabaría reconociendo
en cualquier sitio). Le interesaba incluso que Elvira se acostumbrara a su
presencia ya que sería menos desconocido para ella a fin de cuentas.
Pero llegó el accidente de tráfico y,
tras él, todo cambió radicalmente. No volvió a pisar la biblioteca en muchos
días. No obstante, hastiado por su maltrecha situación decidió romper
finalmente con su apática rutina sin sentido, gobernada inevitablemente por las
duras secuelas del accidente y que en su interior sabía con certeza que, si
algo no lo remediaba, esa misma rutina acabaría desquiciándolo por completo.
Buscó algo que le infundiera una nueva
energía. Algo que facilitara un golpe de timón en medio de esa trayectoria
vital que en su desgraciado caso parecía a todas luces completamente prefijada.
La imagen de Elvira fue volviendo a su
mente con progresiva frecuencia. Ahora sólo podía verla en su mente. A veces
era un bálsamo para él. La imagen se le revelaba como la de una amazona
poderosa y liberadora. En otras
ocasiones prefería rehuirla para no martirizarse con la idea inmediata de que
todo había acabado; de que ese camino quedó interrumpido indefinidamente. No
obstante, quizás, sólo quizás, si pusiera algo de su parte podría saltar la
barrera de ese camino. Si rompiera con esa rutina paralizante, podría dar un
vuelco importante a su existencia.
Le costó llegar a la biblioteca municipal
a pesar de haber hecho en el pasado ese mismo recorrido tantas veces. Justo
antes de entrar en la sala donde exponían sus lomos por orden alfabético
centenares,… miles de libros, rodeando una serie de mesas alargadas para la
lectura, se detuvo automáticamente al oír, después de tantos días, la inconfundible
voz de Elvira, suave, casi un susurro, preguntando algo a la bibliotecaria en
el interior de la sala. Él prefirió no entrar. Apoyó la espalda en la pared e
intentó relajarse. Dedujo que ella estaría de pie, ante el mostrador, cerca de la
puerta de entrada a la sala, a pocos metros de donde él mismo se hallaba. No
había posibilidad de error. Era ella.
Ahora, mientras permanecía ahí de pie,
entre la penumbra de la reducida habitación anexa a su propia biblioteca, torcía
involuntariamente el labio al recordar con cierto pesar la falta de valor que
le impidió acceder al mostrador de la bibliotecaria por temor a que Elvira le
viera en ese estado tan perjudicado. Seguía absorto, con la mirada perdida
hacia el tenue resplandor de la ventana por donde se colaban, ya débiles,
fragmentos de villancicos infantiles y sonreía al recordar esa voz que aquel
día, en la biblioteca, le sugirió, con el redescubierto hilo susurrante, una
sensualidad irresistible.
La sonrisa de satisfacción se tornó en
pocos segundos en una mueca básicamente nerviosa al recordar de nuevo, que esa misma tarde, justo el día anterior a
Nochebuena, la tendría de nuevo a su lado, como venía sucediendo casi a diario
las dos últimas semanas.
En efecto, las circunstancias tan
adversas, finalmente, no se habían ensañado del todo con él. Donde había creído
perdida toda posibilidad de relación con Elvira, resultó que, de una manera
insospechadamente fácil (hay que ver cuán benévola puede llegar a ser a veces
la cruda realidad) se abrió una puerta al anhelado solaz de su femenina
presencia. Una puerta cuya oportunidad de cruzarla no estaba dispuesto a
desperdiciar.
Fue al sábado siguiente de reencontrarla en la biblioteca
municipal. Allí volvió él a la misma hora de la mañana por si tenía la suerte
de hallarla de nuevo. Valió la pena otra vez el penoso trayecto desde su
protectora aunque a menudo agobiante casa, hasta la esperanzadora
biblioteca. Pertrechado con el
característico bastón blanco, no resultaba fácil desplazarse por las
concurridas calles. Su pronunciada cojera aumentaba el lastre de sus ya
vacilantes pasos. Sus anhelos fueron sobradamente colmados. Allí estaba ella
porque su voz de inconfundible susurro la había vuelto a preceder. Quién fuera
bibliotecario en ese momento para poder satisfacer sus peticiones literarias –
pensó.
Esa ocurrencia le provocó de nuevo una
maltrecha sonrisa; esta vez, mientras se solazaba con una caricia de aire
fresco que se coló por la ventana. Giró lentamente a su derecha y tras abrir la
vitrina, palpó, uno a uno, los lomos de los incunables que descansaban en las
antiguas baldas. Recordó el acopio de valor como una sensación instantánea y
aguda que provocaba una especie de desatasco poniendo en movimiento toda una
serie de engranajes para materializar la acción de toda una maquinaria que,
segundos antes, diríase inservible. Recordó su propia voz, herida por un exceso
de vacilación y que tan rara le sonó a sí mismo.
Tras saludarla, le preguntó acerca del
libro que acababa de coger de la estantería, una vez asesorada por la bibliotecaria. Tras una pausa
en la que Elvira reparó en el maltrecho porte de su interlocutor de gafas
negras y bastón de invidente, la conversación no tardó en fluir con una soltura
inesperada. Fue en esa ocasión cuando saboreó plenamente el placer de su
presencia. Se empapó de su sensual voz, de su olor corporal, de sus gustos,
opiniones y preferencias literarias. Como ya sospechaba, descubrió en Elvira
una auténtica pasión por los libros. Era cuestión de segundos que él le hablara
de su biblioteca privada.
El hecho de que la conversación abordara
en pleno el mundo literario, dejando enseguida de lado las circunstancias del
desgraciado accidente no hizo más que desbrozar el tupido camino de la
incipiente relación. Como fuera que Elvira viera en él a una agradable persona
rebosante de sensibilidad que a pesar de las graves contrariedades que padeció,
dejaba vislumbrar una honradez y un entendimiento literario que incrementaban
su versión más interesante, permitió que una cosa llevara a otra y, aquella
misma mañana, tomando un café en la solitaria terraza de un bar, a pocas
manzanas de la biblioteca, acordaron verse de nuevo pero esta vez en su casa
para mostrarle esa tentadora colección de libros que bien harían las delicias
de cualquier erudito.
No se acababa de creer lo extremadamente
fácil y natural que resultó el hecho de que Elvira cruzase el umbral de la
puerta de su casa. En cuanto a ella, la primera impresión que le causó la
biblioteca privada de su impedido amigo le bloqueó las palabras, incomodándola
por no poder expresar con suficiente solvencia tanta admiración.
Cuando, como era del todo comprensible,
él le expresó el disgusto y la impotencia por no poder disfrutar de la lectura
de tan sublimes volúmenes por su fortuita ceguera, a menos que alguien le
ayudara, la respuesta de Elvira no se hizo esperar. Ella se ofreció para
visitarle y leerle siempre que pudiera. Aquello suponía para ella una más que
agradable satisfacción y, para él, la culminación de sus deseos.
Así pues, pasaron los días y las
ocasionales visitas de Elvira tornáronse ya algo completamente natural, siempre
por la tarde, ocupando las horas con sesiones de amena lectura de toda suerte
de estilos y autores. Ella, sentada en una confortable butaca frente a él,
acomodado en una vieja mecedora. Se hallaban en medio de la sala, rodeados de
libros. Ella se esforzaba por interpretar con sonoras declamaciones, más que leer, los diferentes relatos y
novelas para que su invidente interlocutor, pudiera vivir, más que simplemente
escuchar, los tesoros que albergaba la biblioteca.
Los relatos, las narraciones de genios
de las letras tan variados como
Cervantes, Balzac, Pasternak, Hesse o Cortázar
brotaban de la boca de Elvira envueltos en su cautivadora voz. Eran
momentos amenos, ricos en sensaciones y agradables. La reiterada experiencia le
insuflaba a él una renovada fuerza vital por primera vez desde el accidente.
Era consciente de que ella disfrutaba no sólo con la lectura sino que se
recreaba tocando los viejos volúmenes, acariciando las viejas y duras tapas,
mesando las centenarias hojas, admirando la vieja letra impresa. Podía concluir
que Elvira no lo visitaba de manera desinteresada… era lógico. Parecía aquello
más bien, una especie de simbiosis. No obstante, algo le decía, por qué no, que
podía haber algo más. Esa posibilidad le fascinaba pero a la vez lograba
desconcertarlo y no sabía cómo actuar al
respecto.
En la pesada penumbra de la reducida
habitación pensaba que quizás había llegado el momento de tomar una decisión.
En la situación actual reconocía sentirse bien aunque era su fuero interno
quien no se engañaba y le decía las cosas claras. Necesitaba algo más y por eso
mismo debía actuar cuanto antes. Estaba enamorado y esa certeza le consumía.
Eso no entraba en los planes. Le preocupaba, no tanto la situación en sí,
derivada de ese estado efusivo en el que no se camina sino que se pasea uno
flotando, ingrávido, en un mundo que se torna maravillosamente indescriptible.
No le preocupaba esa situación en absoluto. Si bien una de las sensaciones que
le aportaba era de inseguridad, no dejaba eso de formar parte de un todo
completamente normal. El gran problema, el insalvable escollo, el auténtico
callejón sin salida subyacía en su castigada conciencia desde el inicio. Su
caso se había transformado en un retorcido laberinto de perdición; en un
lodazal en el que él solito se había introducido dándose cuenta tarde de que
era demasiado profundo y espeso como para salir indemne.
La alternativa, cobarde sin lugar a
dudas, consistía precisamente en no hacer nada esperando que las dificultades
por sí solas se esfumaran y, si éstas persistían, siempre podría dejarse hundir
en la ciénaga,… formar parte de ella, sin más.
Inmerso en ese malestar se hallaba,
cuando sonó el claro tintineo del timbre en la planta inferior de la casa. Era
ella, Elvira, como siempre, a la hora indicada para la habitual sesión de rica
lectura.
Se sentía tan confuso que, por primera
vez, dejó que su madre se despegara del sillón para que abriera ella misma la
puerta. Esperó allí de pie, frente a la ventana, tras pedir a Elvira que
subiera hasta que notó la presencia de su pretendida amada justo a su espalda, apenas
cruzado el umbral de la habitación.
Giró lentamente hacia ella tras oír su
alegre saludo. Conociendo el interés que a buen seguro le despertaba esa
habitación que apenas visitó un par de veces, la animó a que se acercase una
vez más al acristalado armario.
De nuevo le enumeró vagamente los tomos
que ahí se guardaban. Se disculpó por la escasa luz que había en el habitáculo
aunque a ella no le importaba; total, una habitación apenas frecuentada y él, …
bueno, en su estado tanto le daba si había más o menos claridad. Él sonreía con
aquella expresión forzada que responde más a un estado de aprieto que a algo
meramente agradable o divertido.
Elvira dejó de contemplar los viejos
lomos de los incunables con esa especie de reverencia en la mirada que parecía
más propia de alguien que ha contemplado una sucesión de sarcófagos del antiguo Egipto. Decidió asomarse a la
ventana. La fría tarde acogía ya la agitación de la gente que sabe que la
Navidad no les va a conceder una prórroga para todos los preparativos que
tienen pendientes. Le encantaba contemplar la chiquillada embutida en abrigos,
gorros y bufandas de lana. Justo en ese momento, encendieron las luces
navideñas llenándose de parpadeante colorido la calle y parte de la habitación.
A Elvira le llamó la atención un leve
fulgor que emanaba del suelo, entre las sombras. Un fulgor parpadeante, al
ritmo de la intermitencia de las decorativas luces de la calle. Se agachó para
averiguar qué era aquello que relucía. Cogió la caprichosa moneda y cuando ya
se incorporaba, en décimas de segundo él reaccionó a tiempo, a pesar de su
cojera, avanzando hacia ella para proteger con su mano la cabeza que, ajena al
peligro, ascendía peligrosamente hacia
la amenazante esquina de la hoja de la ventana que seguía abierta. Ella,
automáticamente le agradeció su intervención pero, al momento, se quedó
mirándolo sorprendida al principio y petrificada a los pocos segundos. Su
creciente confusión la dejó paralizada.
Él comprendió y se vio obligado a
explicarse precipitadamente, algo para lo cual no estaba en absoluto preparado.
La agilidad con la que evitó que la cabeza de Elvira no impactara con el marco
de la ventana no estaba prevista. ¿Cómo decirle que en realidad no estaba
ciego? ¿Cómo explicarle que a causa del maldito accidente de tráfico surgió una
barrera infranqueable que le separaba de ella? Se le agolpaban las ideas en la
cabeza y sentía morirse. Era el típico caso en el que no estaría de más que la tierra le tragase por una
temporada. Se daba cuenta de que no existía explicación suficiente que le
eximiera de ser el responsable de su retorcido juego. Era en ese preciso
momento en el que se veía como una especie de monstruo. Sí, su ceguera era
fingida. El accidente que sufrió le dejó sin padre; tras un traumatismo
múltiple él quedó cojo, tartamudo y terriblemente magullado pero conservó la
vista. Las lesiones que sufrió en el cerebro fueron tan caprichosas que, además
de dificultarle el habla, le arrebataron la capacidad para leer y escribir. Esa
era la cruda verdad. La vergonzosa verdad que había estado ocultando: no sabía
leer. Cuando, a pesar del accidente,
tuvo una mínima certeza de tener a su lado a la bella Elvira, no se lo
pensó; resolvió tornar su incapacidad para leer en una simulada ceguera
supuestamente provocada por el traumatismo craneal. Ambos compartirían juntos
la pasión por los libros que él solo ya no podría disfrutar. No obstante
reconocía que eso no era sino un retorcido ardid para poder gozar de la
presencia de Elvira a pesar de sus limitaciones físicas provocadas por el
accidente. La había engañado vilmente porque en ese momento le resultaba más
fácil que reconocer que era incapaz de
leer.
Ahora se hallaba frente a ella. Escasos
centímetros le separaban del manojo de confusión en que se había convertido el
rostro de Elvira. Se veía obligado a toda costa a dar una serie de
explicaciones que se escabullían resbaladizas como pececillos en un acuario. Lo
peor de todo no era la expresión de sorpresa de la mujer; en ese reducido
espacio, salpicado de luminosas intermitencias de vivos colores, pudo ver en el
fondo de sus ojos castaño claro, algo parecido a la angustia o peor aún, al
terror.
Él, una vez descubierto y, anticipadamente derrotado, empezó por quitarse las gafas
oscuras.
-
FIN -




