jueves, 30 de noviembre de 2017

AMOR CIEGO

Un Relato sobre la complejidad de la condición humana


Él respondió: “No sé si es pecador o no; sólo sé que yo antes era ciego y ahora veo”
       (JUAN   9,  25)



La moneda se le cayó al suelo de aquella curiosa manera en la que, impulsada por una misteriosa y vital fuerza, se alejaba rodando en precario equilibrio para desaparecer en entre las sombras de la habitación.

Él se quedó pensativo. Con su involuntaria mueca despectiva dio a entender que no le daba mayor importancia y reconocía de sobras que en ese momento no le apetecía agacharse para buscarla a pesar de que  la habitación era muy pequeña. Se hallaba a poco más de un metro de la ventana que había abierto parcialmente cuando entró en la diminuta estancia. Deseaba notar por un momento el frío del aire característico  de esos días del ya avanzado diciembre. Hacía más o menos una semana  que habían colocado las luces navideñas en la calle que, a esas horas de la tarde, parecía bastante animada. En cuanto menguara la luz natural del día, las caprichosas bombillas de colores alegrarían a los viandantes.

Sentía una gran desazón en su interior y sus gafas oscuras que tanto misterio parecen  infundir (sobre todo cuando las llevan los ciegos) lograban emboscar ese estado de ánimo que reflejaban sus ojos. Por otro lado, notaba cierto nerviosismo  creciente al saber que en pocos minutos aparecería ella.
Habían sido demasiadas emociones en un periodo de tiempo relativamente corto. Todo empezó cuando …  la verdad es que no podría haber empezado todo peor. Hacía poco más de medio año del fatídico accidente en la carretera nacional, a pocos kilómetros de la capital, precisamente cuando ya se acababa el trayecto a casa. Llegó a estar muy grave aunque, afortunadamente, en menos días de lo previsto inicialmente se recuperó y, si bien le quedaron inevitables secuelas, al menos pudo conservar la vida. Su padre, que iba en el asiento del acompañante, no tuvo tanta suerte. La pérdida provocó tal conmoción a su madre que, ya débil en su avanzada edad, cayó en una profunda depresión que casi la enajenó por completo, quedando la mayor parte del día postrada en un sillón.

Él, además de la dura rehabilitación tenía que sobrellevar una incómoda tartamudez, una secuela más del accidente, así como una acusada cojera. La enorme cicatriz en la frente era cuestión del observador de turno ya que él no se la veía y lograba olvidarla.

La habitación en la que se hallaba era un anexo de la generosa biblioteca de su casa. Era una habitación que no frecuentaba. Muy de tanto en tanto, no obstante, antes del accidente que le incapacitó, gustaba perderse en su silencio y, el olor que desprendían unos pocos libros viejos que reposaban desde décadas en una antigua y oscura estantería de madera de cerezo, le reconfortaba. Esos pocos libros eran auténticos incunables de la literatura que precisaban un espacio diferenciado, fuera del resto de libros de la biblioteca.

En ese reducido espacio  parecía haberse detenido el tiempo. Los problemas de la rutinaria  vida se tornaban en una especie de historia ajena, como un attrezzo que exclusivamente existía más allá de la única ventana que había. En alguna ocasión   había experimentado el sosiego que le proporcionaba detenerse frente a la ventana con la vista perdida en el maltrecho horizonte de irregulares edificaciones; se evadía sin apenas darse cuenta. Ahora era muy diferente. Volvía a estar frente a la ventana pero el encanto se esfumó hacía poco más de seis meses y su dura realidad se hacía patente a diario. Únicamente hallaba consuelo pensando y recordando.

Fue inevitable fijarse en ella. La oportunidad se la brindó la biblioteca municipal, pocos meses antes del accidente. Se fijó en la joven aquél sábado y, posteriormente,  comprobó que por fortuna frecuentaba precisamente la biblioteca todos los sábados por la mañana. Realmente no era apenas usuario de la biblioteca municipal ya que bastante tenía con la suya, en gran parte gracias a la erudición de su padre. La suerte quiso que descubriera a la joven aquél sábado y desde entonces sin pretenderlo, descubrió que tenía un aliciente para volver allí periódicamente. Deseaba conocerla. Siempre la hallaba ensimismada con uno u otro libro; en ocasiones, con varios a la vez. Le llamó la atención su espesa cabellera negrísima, de ese negro que refleja la luz con su opacidad como de esmalte, así como también le sorprendió la  voluptuosidad de sus ojos, grandes y brillantes, de un castaño claro y coronados con vistosas pestañas.  Normalmente acudía a la biblioteca sola y la única vez que la vio acompañada fue con la que parecía ser una amiga y de cuya conversación en voz baja supo que la joven belleza de melena azabache se llamaba Elvira. Nunca antes había conocido a ninguna mujer con ese nombre y eso le ofreció una sensación nueva y atrayente; una sensación placentera por lo ignoto que suponía, por lo prohibido incluso, … quizás estuviera exagerando o se dejara llevar sin mesura, pero se sentía bien. Posiblemente se estuviera enamorando pero no se dejó presionar por las prisas que parecían emerger con efervescencia desde sus entrañas. Le gustaba disfrutar de su presencia, le gustaba saberse cerca de ella, (no le resultaba difícil hallar asiento a su lado y se deleitaba con el suave aroma de su colonia que acabaría reconociendo en cualquier sitio). Le interesaba incluso que Elvira se acostumbrara a su presencia ya que sería menos desconocido para ella a fin de cuentas.

Pero llegó el accidente de tráfico y, tras él, todo cambió radicalmente. No volvió a pisar la biblioteca en muchos días. No obstante, hastiado por su maltrecha situación decidió romper finalmente con su apática rutina sin sentido, gobernada inevitablemente por las duras secuelas del accidente y que en su interior sabía con certeza que, si algo no lo remediaba, esa misma rutina acabaría desquiciándolo por completo.

Buscó algo que le infundiera una nueva energía. Algo que facilitara un golpe de timón en medio de esa trayectoria vital que en su desgraciado caso parecía a todas luces completamente prefijada. La imagen de Elvira fue volviendo  a su mente con progresiva frecuencia. Ahora sólo podía verla en su mente. A veces era un bálsamo para él. La imagen se le revelaba como la de una amazona poderosa y liberadora.  En otras ocasiones prefería rehuirla para no martirizarse con la idea inmediata de que todo había acabado; de que ese camino quedó interrumpido indefinidamente. No obstante, quizás, sólo quizás, si pusiera algo de su parte podría saltar la barrera de ese camino. Si rompiera con esa rutina paralizante, podría dar un vuelco importante a su existencia.

Le costó llegar a la biblioteca municipal a pesar de haber hecho en el pasado ese mismo recorrido tantas veces. Justo antes de entrar en la sala donde exponían sus lomos por orden alfabético centenares,… miles de libros, rodeando una serie de mesas alargadas para la lectura, se detuvo automáticamente al oír, después de tantos días, la inconfundible voz de Elvira, suave, casi un susurro, preguntando algo a la bibliotecaria en el interior de la sala. Él prefirió no entrar. Apoyó la espalda en la pared e intentó relajarse. Dedujo que ella  estaría de pie, ante el mostrador, cerca de la puerta de entrada a la sala, a pocos metros de donde él mismo se hallaba. No había posibilidad de error. Era ella.

Ahora, mientras permanecía ahí de pie, entre la penumbra de la reducida habitación anexa  a su propia biblioteca, torcía involuntariamente el labio al recordar con cierto pesar la falta de valor que le impidió acceder al mostrador de la bibliotecaria por temor a que Elvira le viera en ese estado tan perjudicado. Seguía absorto, con la mirada perdida hacia el tenue resplandor de la ventana por donde se colaban, ya débiles, fragmentos de villancicos infantiles y sonreía al recordar esa voz que aquel día, en la biblioteca, le sugirió, con el redescubierto hilo susurrante, una sensualidad irresistible.

La sonrisa de satisfacción se tornó en pocos segundos en una mueca básicamente nerviosa al recordar de nuevo,  que esa misma tarde, justo el día anterior a Nochebuena, la tendría de nuevo a su lado, como venía sucediendo casi a diario las dos últimas semanas.

En efecto, las circunstancias tan adversas, finalmente, no se habían ensañado del todo con él. Donde había creído perdida toda posibilidad de relación con Elvira, resultó que, de una manera insospechadamente fácil (hay que ver cuán benévola puede llegar a ser a veces la cruda realidad) se abrió una puerta al anhelado solaz de su femenina presencia. Una puerta cuya oportunidad de cruzarla no estaba dispuesto a desperdiciar.

Fue al sábado  siguiente de reencontrarla en la biblioteca municipal. Allí volvió él a la misma hora de la mañana por si tenía la suerte de hallarla de nuevo. Valió la pena otra vez el penoso trayecto desde su protectora aunque a menudo agobiante casa, hasta la esperanzadora biblioteca.  Pertrechado con el característico bastón blanco, no resultaba fácil desplazarse por las concurridas calles. Su pronunciada cojera aumentaba el lastre de sus ya vacilantes pasos. Sus anhelos fueron sobradamente colmados. Allí estaba ella porque su voz de inconfundible susurro la había vuelto a preceder. Quién fuera bibliotecario en ese momento para poder satisfacer sus peticiones literarias – pensó.

Esa ocurrencia le provocó de nuevo una maltrecha sonrisa; esta vez, mientras se solazaba con una caricia de aire fresco que se coló por la ventana. Giró lentamente a su derecha y tras abrir la vitrina, palpó, uno a uno, los lomos de los incunables que descansaban en las antiguas baldas. Recordó el acopio de valor como una sensación instantánea y aguda que provocaba una especie de desatasco poniendo en movimiento toda una serie de engranajes para materializar la acción de toda una maquinaria que, segundos antes, diríase inservible. Recordó su propia voz, herida por un exceso de vacilación y que tan rara le sonó a sí mismo.

Tras saludarla, le preguntó acerca del libro que acababa de coger de la estantería, una vez  asesorada por la bibliotecaria. Tras una pausa en la que Elvira reparó en el maltrecho porte de su interlocutor de gafas negras y bastón de invidente, la conversación no tardó en fluir con una soltura inesperada. Fue en esa ocasión cuando saboreó plenamente el placer de su presencia. Se empapó de su sensual voz, de su olor corporal, de sus gustos, opiniones y preferencias literarias. Como ya sospechaba, descubrió en Elvira una auténtica pasión por los libros. Era cuestión de segundos que él le hablara de su biblioteca privada.

El hecho de que la conversación abordara en pleno el mundo literario, dejando enseguida de lado las circunstancias del desgraciado accidente no hizo más que desbrozar el tupido camino de la incipiente relación. Como fuera que Elvira viera en él a una agradable persona rebosante de sensibilidad que a pesar de las graves contrariedades que padeció, dejaba vislumbrar una honradez y un entendimiento literario que incrementaban su versión más interesante, permitió que una cosa llevara a otra y, aquella misma mañana, tomando un café en la solitaria terraza de un bar, a pocas manzanas de la biblioteca, acordaron verse de nuevo pero esta vez en su casa para mostrarle esa tentadora colección de libros que bien harían las delicias de cualquier erudito.

No se acababa de creer lo extremadamente fácil y natural que resultó el hecho de que Elvira cruzase el umbral de la puerta de su casa. En cuanto a ella, la primera impresión que le causó la biblioteca privada de su impedido amigo le bloqueó las palabras, incomodándola por no poder expresar con suficiente solvencia tanta admiración.

Cuando, como era del todo comprensible, él le expresó el disgusto y la impotencia por no poder disfrutar de la lectura de tan sublimes volúmenes por su fortuita ceguera, a menos que alguien le ayudara, la respuesta de Elvira no se hizo esperar. Ella se ofreció para visitarle y leerle siempre que pudiera. Aquello suponía para ella una más que agradable satisfacción y, para él, la culminación de sus deseos.

Así pues, pasaron los días y las ocasionales visitas de Elvira tornáronse ya algo completamente natural, siempre por la tarde, ocupando las horas con sesiones de amena lectura de toda suerte de estilos y autores. Ella, sentada en una confortable butaca frente a él, acomodado en una vieja mecedora. Se hallaban en medio de la sala, rodeados de libros. Ella se esforzaba por interpretar con sonoras declamaciones,  más que leer, los diferentes relatos y novelas para que su invidente interlocutor, pudiera vivir, más que simplemente escuchar, los tesoros que albergaba la biblioteca.

Los relatos, las narraciones de genios de las letras  tan variados como Cervantes, Balzac, Pasternak, Hesse o Cortázar  brotaban de la boca de Elvira envueltos en su cautivadora voz. Eran momentos amenos, ricos en sensaciones y agradables. La reiterada experiencia le insuflaba a él una renovada fuerza vital por primera vez desde el accidente. Era consciente de que ella disfrutaba no sólo con la lectura sino que se recreaba tocando los viejos volúmenes, acariciando las viejas y duras tapas, mesando las centenarias hojas, admirando la vieja letra impresa. Podía concluir que Elvira no lo visitaba de manera desinteresada… era lógico. Parecía aquello más bien, una especie de simbiosis. No obstante, algo le decía, por qué no, que podía haber algo más. Esa posibilidad le fascinaba pero a la vez lograba desconcertarlo y no sabía cómo actuar  al respecto.

En la pesada penumbra de la reducida habitación pensaba que quizás había llegado el momento de tomar una decisión. En la situación actual reconocía sentirse bien aunque era su fuero interno quien no se engañaba y le decía las cosas claras. Necesitaba algo más y por eso mismo debía actuar cuanto antes. Estaba enamorado y esa certeza le consumía. Eso no entraba en los planes. Le preocupaba, no tanto la situación en sí, derivada de ese estado efusivo en el que no se camina sino que se pasea uno flotando, ingrávido, en un mundo que se torna maravillosamente indescriptible. No le preocupaba esa situación en absoluto. Si bien una de las sensaciones que le aportaba era de inseguridad, no dejaba eso de formar parte de un todo completamente normal. El gran problema, el insalvable escollo, el auténtico callejón sin salida subyacía en su castigada conciencia desde el inicio. Su caso se había transformado en un retorcido laberinto de perdición; en un lodazal en el que él solito se había introducido dándose cuenta tarde de que era demasiado profundo y espeso como para salir indemne.

La alternativa, cobarde sin lugar a dudas, consistía precisamente en no hacer nada esperando que las dificultades por sí solas se esfumaran y, si éstas persistían, siempre podría dejarse hundir en la ciénaga,… formar parte de ella, sin más.

Inmerso en ese malestar se hallaba, cuando sonó el claro tintineo del timbre en la planta inferior de la casa. Era ella, Elvira, como siempre, a la hora indicada para la habitual sesión de rica lectura.

Se sentía tan confuso que, por primera vez, dejó que su madre se despegara del sillón para que abriera ella misma la puerta. Esperó allí de pie, frente a la ventana, tras pedir a Elvira que subiera hasta que notó la presencia de su pretendida amada justo a su espalda, apenas cruzado el umbral de la habitación.

Giró lentamente hacia ella tras oír su alegre saludo. Conociendo el interés que a buen seguro le despertaba esa habitación que apenas visitó un par de veces, la animó a que se acercase una vez más al acristalado armario.

De nuevo le enumeró vagamente los tomos que ahí se guardaban. Se disculpó por la escasa luz que había en el habitáculo aunque a ella no le importaba; total, una habitación apenas frecuentada y él, … bueno, en su estado tanto le daba si había más o menos claridad. Él sonreía con aquella expresión forzada que responde más a un estado de aprieto que a algo meramente agradable o divertido.

Elvira dejó de contemplar los viejos lomos de los incunables con esa especie de reverencia en la mirada que parecía más propia de alguien que ha contemplado una sucesión de sarcófagos del  antiguo Egipto. Decidió asomarse a la ventana. La fría tarde acogía ya la agitación de la gente que sabe que la Navidad no les va a conceder una prórroga para todos los preparativos que tienen pendientes. Le encantaba contemplar la chiquillada embutida en abrigos, gorros y bufandas de lana. Justo en ese momento, encendieron las luces navideñas llenándose de parpadeante colorido la calle y parte de la habitación.

A Elvira le llamó la atención un leve fulgor que emanaba del suelo, entre las sombras. Un fulgor parpadeante, al ritmo de la intermitencia de las decorativas luces de la calle. Se agachó para averiguar qué era aquello que relucía. Cogió la caprichosa moneda y cuando ya se incorporaba, en décimas de segundo él reaccionó a tiempo, a pesar de su cojera, avanzando hacia ella para proteger con su mano la cabeza que, ajena al peligro,  ascendía peligrosamente hacia la amenazante esquina de la hoja de la ventana que seguía abierta. Ella, automáticamente le agradeció su intervención pero, al momento, se quedó mirándolo sorprendida al principio y petrificada a los pocos segundos. Su creciente confusión la dejó paralizada.

Él comprendió y se vio obligado a explicarse precipitadamente, algo para lo cual no estaba en absoluto preparado. La agilidad con la que evitó que la cabeza de Elvira no impactara con el marco de la ventana no estaba prevista. ¿Cómo decirle que en realidad no estaba ciego? ¿Cómo explicarle que a causa del maldito accidente de tráfico surgió una barrera infranqueable que le separaba de ella? Se le agolpaban las ideas en la cabeza y sentía morirse. Era el típico caso en el que no estaría  de más que la tierra le tragase por una temporada. Se daba cuenta de que no existía explicación suficiente que le eximiera de ser el responsable de su retorcido juego. Era en ese preciso momento en el que se veía como una especie de monstruo. Sí, su ceguera era fingida. El accidente que sufrió le dejó sin padre; tras un traumatismo múltiple él quedó cojo, tartamudo y terriblemente magullado pero conservó la vista. Las lesiones que sufrió en el cerebro fueron tan caprichosas que, además de dificultarle el habla, le arrebataron la capacidad para leer y escribir. Esa era la cruda verdad. La vergonzosa verdad que había estado ocultando: no sabía leer. Cuando, a pesar del accidente,  tuvo una mínima certeza de tener a su lado a la bella Elvira, no se lo pensó; resolvió tornar su incapacidad para leer en una simulada ceguera supuestamente provocada por el traumatismo craneal. Ambos compartirían juntos la pasión por los libros que él solo ya no podría disfrutar. No obstante reconocía que eso no era sino un retorcido ardid para poder gozar de la presencia de Elvira a pesar de sus limitaciones físicas provocadas por el accidente. La había engañado vilmente porque en ese momento le resultaba más fácil que  reconocer que era incapaz de leer.

Ahora se hallaba frente a ella. Escasos centímetros le separaban del manojo de confusión en que se había convertido el rostro de Elvira. Se veía obligado a toda costa a dar una serie de explicaciones que se escabullían resbaladizas como pececillos en un acuario. Lo peor de todo no era la expresión de sorpresa de la mujer; en ese reducido espacio, salpicado de luminosas intermitencias de vivos colores, pudo ver en el fondo de sus ojos castaño claro, algo parecido a la angustia o peor aún, al terror.

Él, una vez descubierto y,  anticipadamente  derrotado, empezó por quitarse las gafas oscuras.


-          FIN    -

viernes, 7 de julio de 2017

Relato Absurdo


Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.
(Albert Camus)

Estaba  agotado. Le dolía todo. El día había sido especialmente ajetreado, intenso. Se sentía como un púgil de esos que no conoce lo que es dar tregua. No llevaba la cuenta de las vueltas que llevaba dadas en la cama. De puro cansancio, no lograba conciliar el sueño. La acumulación de tensión, se decía. Sólo es eso. El caso es que, como siempre sucede, acabó durmiéndose sin darse cuenta. Un sueño un tanto incómodo, como inestable, con tendencia a zozobrar y a hundirse en las frías y oscuras aguas al menos golpe de viento. Realmente así sucedió. Empezó como una especie de aviso intermitente en la lejana orilla, con la cadencia de un pequeño faro. Una luz insistente acompañada de un sonido también intermitente, como un silbido metálico y molesto.

Abrió los ojos. La alarma de un coche. De nuevo en vela se dio la vuelta entre el susurro de las sábanas. Cerró los ojos pero el penetrante sonido seguía insistente, calándose a través de la ventana de la habitación. Aquello ya era desesperante. Valoraba la posibilidad de dar por perdida la noche y no darle más vueltas. Un hálito de preocupación le corrió por la desvelada mente. El sonido venía de muy cerca. ¿Y si fuera la alarma de su propio coche? Sí. ¿Por qué no? Lo había aparcado ahí mismo. El barrio no era seguro y un día u otro podía tocarle a su coche. Fue pensar eso mismo, y el mecanismo mental entró en una fase irreversible. No dormiría ya seguro. Se levantó de mala manera, con patente cabreo y se acercó a la ventana entreabierta. La persiana estaba a medio cerrar y con un violento tirón la acabó de abrir. El sonido de la alarma continuaba y a cada minuto que pasaba se le hacía más insoportable. Desde ahí no lograba ver su coche ya que lo había aparcado un tanto alejado de casa. No obstante aún estaba oscuro y se notaba el intermitente resplandor de unas luces color ámbar. ¿En serio iba a tener que bajar a la calle para comprobarlo? La incesante molestia sonora le espoleó y se enfundó en sus pantalones tejanos. Una camisa de cuadros de manga larga sustituyó la parte superior del pijama plagado de ridículos rombos de colores llamativos. Bajó los tres pisos por las escaleras torpemente. Ni siquiera encendió la luz del rellano porque no quería llamar la atención y ya se basaba con la débil luz de emergencia. Agradeció la ligera brisa fresquita de la noche. Su piso se había caldeado demasiado con el sol de todo el día.

Al salir empezó a recorrer la acera a su derecha hacia donde recordaba haber aparcado su coche. La alarma sonaba cada vez más cerca y las luces intermitentes se divisaban en la noche. En efecto era su propio coche el que se “quejaba de algo”. ¿Algún intruso? ¿Algún pardillo que hubiera aparcado bruscamente?

La primera en la frente. No podía ser verdad. El maletero estaba abierto. Aceleró el paso y se colocó justo en la parte trasera del coche. El oscuro espacio del maletero se le antojó como un pozo abismal. Ahí no había nada. Nada. Ni siquiera la llave de las ruedas.

Recibió el impacto en plena zona occipital del cráneo. Fue un golpe seco, rápido, sordo. La llave metálica no llegó a fracturar el hueso a pesar de la brecha abierta. El agresor recogió del suelo al dueño del vehículo y lo dejó caer en el interior del maletero. Los amortiguadores acusaban el gran peso del cuerpo inerte. Hurgó en los bolsillos y cuando dio con las llaves cerró con violencia el maletero y posteriormente se sentó al volante. Tenía las manos temblorosas y continuaba con los síntomas de profunda ansiedad cuando, al volver en sí hacía un rato se vio encerrado en ese mismo maletero. Se tocó la cabeza mientras separaba el coche de la acera. Tenía una herida en la cabeza que producía un profundo dolor. Notó que la sangre estaba seca pero no sabía del alcance de la gravedad de la misma, cosa que tenía pensado averiguar en cuanto llegara a su piso situado en la segunda planta de la calle del Bierzo, al otro lado de la ciudad. Lo había pasado mal pero finalmente la venganza había sido consumada. Ahora llevaba consigo al cabrón que pocas horas antes por poco le había matado. Por suerte,  el portón del maletero no ajustaba bien y pudo liberarse no sin cierta dificultad. Ahora se cambiaron las tornas. Le había dado a probar de su propia medicina, pensaba sonriendo.

 Tenía ganas de llegar a su destino y por eso,  a pesar del comprometedor “paquete” que transportaba, no le hacía ascos a rebasar el límite permitido de velocidad en el interior de la ciudad. Las luces de la ciudad pasaban velocidad de vértigo. Incluso en el interior del túnel de casi dos kilómetros de longitud no le dio por levantar el pie del acelerador. Por fin se acercaba al extrarradio de la ciudad, El pésimo estado del asfalto, plagado de brechas y baches anunciaba la proximidad de su desangelado barrio. La velocidad no aminoró y la suspensión del coche tuvo que emplearse a fondo, y aun así, los golpes del cuerpo inerte contra las paredes del maletero por el violento traqueteo se notaban incluso desde el asiento del conductor. Poco le preocupaba a éste. El fiambre lo tenía bien merecido. Un semáforo repentinamente iluminaba la avenida en flamante bermellón. La escandalosa luz no le hubiera impedido seguir su camino a alta velocidad pero la moto del policía local con su luz trasera de delatador azul eléctrico le persuadió para ser en ese caso concreto un buen conductor.

Trazar correctamente la rotonda que daba a la entrada de su oscura calle era también tarea obligada. Encontrar aparcamiento, a ser posible cerca de donde vivía también era de agradecer. Tener que ascender por la escalera las dos plantas para llegar a su mugriento apartamento a esas horas intempestivas le suponía algo más que una mera incomodidad, era un auténtico coñazo, con todas las ñ.

Finalmente todo había acabado mejor de lo que esperaba. Su vida había corrido peligro como nunca pero supo darle finalmente la vuelta a la situación. Se había librado por fin de su peor enemigo. Mañana ya pensaría en cómo deshacerse del cadáver.  Lo que tenía claro, … lo único que tenía meridianamente claro, era que lo poco que quedaba de noche lo iba a aprovechar para descansar. Lo necesitaba más que nunca. Demasiadas emociones. Demasiada movida violenta. Se iba derecho a la cama. La herida en la cabeza podía esperar.

El sonido, además de molesto era persistente, obstinado. Abrió los ojos. El techo ya no se hallaba oculto en sombras. ¿Cuánto había podido dormir?¿Qué hora era? Desde la cama miró la ventana. Empezaba a amanecer y lo único que se oía era ese horripilante sonido, tan repetitivo. La alarma de un puto coche. Una punzada de terror le atravesó el estómago. ¿Y si…?

Se dirigió a la ventana. Desde ahí no veía nada. La calle, a esa hora aún estaba desierta. No podía quedarse ahí como si tal cosa. Se vistió de manera torpe y bajó a la solitaria calle. Tras avanzar unos pasos por la acera, lo vio. El coche, escandalosamente mal aparcado, era el que andaba montando un escándalo con la maldita alarma. No había que ser un lince para comprobar que el maletero estaba abierto y que ahí dentro no había nada.

FIN





lunes, 5 de junio de 2017

El Arte de Ángela



“Me voy para que no me olvides”
(de la película, El marido de la peluquera)

La operación no había cambiado un ápice por suerte. Todo empezaba con un buen lavado de pelo con el agua ni fría ni demasiado caliente, con el sedoso tacto de esas manos jabonosas enredándose en el pelo mojado. Iba por la segunda enjabonada; siempre eran dos. Como tenía que ser. Si sólo, por descuido, se limitara a una, supondría un auténtico drama porque nunca tendría el suficiente valor para recordárselo a la peluquera, la preciosa Ángela. El nombre le venía como anillo al dedo a la joven de ojos grises y labios carnosos porque tenía auténticas manos de ángel.

El simple gesto de inclinar la cabeza hacia atrás acompañada suavemente por las gráciles manos de Ángela para acabar apoyándola a la altura de la nuca en el lavabo (uno de tantos de la peluquería) ya suponía para él una suerte de evasión. Aquello no era ir a la peluquería. Aquello se había convertido en un ritual. Lavado, corte de pelo, masaje en la cabeza y peinado final. Qué manos las de Ángela. Para él no era una simple peluquera, era su sacerdotisa. Tras el agradable aclarado, el enérgico secado con la toalla (toallas siempre secas y sedosas, nada que ver con las que tenía en casa) iba acompañado con un leve aroma a flores.

Con la toalla aún en la cabeza, las manos de Ángela se encargaban de incorporar de nuevo la cabeza, siempre acompañándola porque llegaba el momento del corte de pelo. Como siempre, seguido por Ángela  hacia uno de los butacones frente al gran espejo. Siempre se lo cortaba ella, como no podía ser de otro modo. En la peluquería sabían de sobra que él prefería que lo atendiera Ángela. Esperaba pacientemente lo que fuera necesario. Para un ritual con Ángela nunca se dejaba apoderar por las prisas.

Ahí la tenía, a su espalda, reflejada en el espejo enorme, el pelo negro a lo garçon, el busto esbelto, el cuello delgado, su diestra armada con las afiladas tijeras (qué arma más sensual en su poder) y su otra mano ordenando con leves sacudidas el alborotado y húmedo pelo. Los primeros cortes son tímidos, como de prueba. Son ligeros, simples, sin apenas peligro. Puro candor.

El arte de Ángela, como siempre, se transmitía de su sensibilidad natural, a sus manos, al peine, a las tijeras. Ahí se reanudaba la evasión. La destreza de la joven peluquera era una garantía para dejarse llevar. Los mechones de húmedo cabello caían, casi ingrávidos, hacia la pendiente del amplio mandil. Le encantaba sentir los dedos de Ángela cuando le cogía la cabeza levemente por los laterales, justo encima de las orejas para ladearla si así lo exigía el corte de pelo. Aquello era puro arte. ¿Qué estaba haciendo Ángela? ¿Cortar el pelo a un cliente o moldear una escultura? Tal era el arte que desprendían sus manos.

Por fin sonaba la canción. La esperada canción en el momento preciso. La peluquería contaba con un hilo musical de limitada variedad de canciones. Cuando salía todo bien; cuando no había demoras, todo estaba debidamente calculado para que sonara “Catch the wind” de Donovan Leight en el preciso momento en el que Ángela practicaba con otras tijeras  la igualación de los cabellos. Las manos acariciaban el pelo al compás de la melodiosa canción de fondo. Aquello era lo más parecido a hallarse brincando en el paraíso. Las manos de la diestra peluquera se le antojaban rachas de viento suave y legendario meciendo los cabellos a uno y otro lado como si fueran espigas de trigo flexibles y henchidas de vida. La experiencia era gloriosa mientras Donovan cantaba eso de que también podía atrapar el viento. La combinación perfecta para que surgiera, una vez más, ese hormigueo craneal que tanto le deleitaba. Ya sólo quedaba una breve sesión de masaje para acabar con un repeinado rápido del pelo recién cortado.

El masaje de cabeza que desarrollaba Ángela era sencillamente excitante. No sólo se trataba de una sesión de un número de determinadas friegas alrededor de la cabeza, a lo largo y ancho de la misma y demás. Había algo más. Mucho, mucho más. La ceremonia contaba además con el tintineo de la voz, más que voz, murmullo de Ángela siguiendo su particular Catch the wind.

Los dedos iban y venían masajeando a placer y, ahí Ángela era diferente a todas. En su trabajo no sólo había destreza y sensibilidad. Había amor. Un gran amor que depositaba en la cabeza de su gran admirador y que acababa siendo absorbido por todos y cada uno de sus cabellos en una comunión orgánica del todo inefable.

A él no le cabía ninguna duda de que la naturaleza mística de la experiencia en la peluquería era fruto de ese amor y, sin pretenderlo, y sin aportar razón alguna de peso, albergaba en un rincón de su interior, la esperanza de que él mismo y nadie más fuera el destinatario de tanto amor. Quizás Ángela no sólo estuviera trabajando. Quizás le quería realmente y por ello era tan … profundamente sensual en su profesión. Quizás había algo más que una mera relación peluquera-cliente. Quizás … ¿por qué no? Ella sentía algo por él ya que no podía tratar de esa manera tan gloriosa a cualquier cliente. ¿Qué sentido tendría esa manera de mesar los cabellos sin un sentimiento detrás, un deseo tal vez, que no pudiera satisfacer abiertamente fuera del contacto capilar?

¿Debería decirle a la bella Ángela lo que él sentía por ella? Si tuviera el valor suficiente para expresarle todo lo que sentía cuando ella le tocaba con sus prodigiosas manos, ¿habría cierta correspondencia por parte de la joven peluquera? Algo le decía que tenía el viento a favor. ¿Qué mejor señal de éxito que ese amor irradiado por esas manos? Aquello tenía que ser una señal inconfundible, inequívoca, que se repetía cada vez que tocaba pasarse por la peluquería. Era como una señal electromagnética que, irradiada desde los confines del cosmos y repetida una y otra vez, a intervalos de tiempo iguales nos posibilitan albergar la esperanza de la existencia de vida extraterrestre… De la peluquería a los confines del Espacio en pocos segundos. ¡Cuánto poder albergaba en sus manos la bella Ángela! ¡Cuánto amor prohibido pidiendo a voz en grito ser liberado!
¿Sería buen momento para llevar a cabo algo parecido a una declaración de amor?. ¿Valía la pena arriesgarse a romper la magia que le confería el masaje capilar? Quizás surtiera mayor efecto una sencilla frase amable.
-          Tienes manos de ángel. Haces honor a tu nombre.
-          Vaya, muchas gracias. Es lo más bonito que me han dicho hoy.
-          No es un mero cumplido Ángela. No te equivoques. Es la pura verdad.
-          Pues  gracias otra vez. Conseguirás que me ponga colorada.
Una risilla condescendiente del cliente motivó un espontáneo arrepentimiento:
La insulsa risilla había producido un efecto contrario al deseado. La risilla bobalicona había contribuido a dar carpetazo a la efímera conversación. Maldita y estúpida risa. No se le ocurría cómo reanudar la conversación. Necesitaba hacerlo de manera que pareciera natural; no dar pistas de su escondida desesperación. Aquello no era tan fácil y él nunca supo defenderse en esas lides. El masaje dio sus últimos coletazos, un último peinado con ciertos retoques perfeccionistas y ahí acabó todo por ese día.
-          Te encantas más de la cuenta con ese cliente, Ángela. En vez de cortarle el pelo parece que estés en plena ceremonia hindú.


Su compañera y socia del negocio, Inés, tenía un nivel de paciencia catalogado como estándar pero esas circunstancias que rebasaban los límites meramente profesionales, colmaban a buen ritmo esa paciencia.

-          Reconozco que a veces me entretengo un poco más de la cuenta.
-          ¿Un poco? No te paga por horas cariño.
-          Es la forma de su cabeza Inés. Me tiene obnubilada. La disposición del pelo, el remolino ese rebelde en la coronilla e incluso esa minúscula calvita que debió producirse por alguna herida. Todo, todo igual que mi querido chico. Me encanta.
-          ¿Tu novio Miguel?¿Tanto se parece su cabeza a la de tu novio?
-          Mi Miguelito tiene el pelo bastante más rubiete pero por lo demás parecen la misma cabeza vista desde arriba.


Y claro, la voluntaria confusión de cabezas, provocaba la misma actividad de Ángela, la misma predisposición a agradar, idéntica iniciativa para causar placer y, lo más importante, prácticamente la misma sensación de gozo percibía ella al actuar en ambas cabezas hasta el punto de no distinguir por momentos cuándo lo hacía por trabajo y cuándo por mero placer o entretenimiento en casa con su novio. Nunca antes le había ocurrido semejante circunstancia sencillamente porque nunca se había encontrado en su profesión de peluquera con dos cabezas tan iguales.

Desoyendo las sencillas y nada malintencionadas advertencias de su compañera, la bella Ángela prefirió dejarse llevar y seguir sin atender a distinciones en lo referente al corte de pelo (en ocasiones se lo cortaba a su amadísimo Miguel) o al masaje capilar (algo también muy solicitado por su novio).

La evolución de todo ello no habría culminado en algo trascendente si no fuera porque a veces cuando se rompen las rutinas, suelen suceder cosas imprevistas.

Sucedió que un viernes por la tarde, el complaciente y enamoradizo cliente entró de nuevo en su peluquería preferida. Sabía, porque así ya lo tenían acordado, que le atendería la bella Ángela, la de las manos que hacían honor a su nombre. Como siempre. Y como siempre, Ángela se pertrechó del instrumental para desempeñar bien su trabajo convertido en arte.

Conviene añadir lo que sucedió justo el día anterior en casa de Ángela. Por una indisposición volvió antes de tiempo a su casa. Volvió con la suficiente antelación como para advertir que había ropa femenina ajena desperdigada por el pasillo y justo a la entrada de su habitación. El mensaje preparatorio de la ropa no atenuó lo más mínimo el impactante espectáculo de los cuerpos desnudos retozando en la cama. Miguel y … esa desconocida voluptuosa …

La reacción  de la sorprendida pareja en su sudorosa desnudez prolongó el impacto recibido. Fue la peor experiencia de su vida. A partir de ese momento su Miguel ya fue historia. No lo volvería a ver en su vida a pesar del amor que había sentido por él. Su disgusto cursó en angustia y ésta mutó en una terrible ira. Lo peor de todo es que apenas habían pasado veinticuatro horas del engaño amoroso.

Ahí tenía a su cliente esperando y en aquel momento el trabajo era lo primero. Ella se consideraba una profesional, por supuesto. Una profesional que había sufrido un día antes el golpe más duro de su vida. Ahora tenía justo delante, apoyada la nuca en el lavabo, cual ofrenda sacrificable, la cabeza de idéntica disposición, comparable cabello, idéntico centímetro cuadrado de calvita cicatrizada… Aquello la superaba. La ponía fuera de sí. En ese momento, por cierto, recordaba que en el bolsillo de su bata llevaba unas tijeras  puntiagudas y tremendamente afiladas.

FIN

SOYLENT GREEN



“La incomprensión, más que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir”
(José Narosky)


De nuevo, como llevo haciendo tantos meses atrás, demasiados como para determinar un número siquiera aproximado (digamos simplemente que desde que me trasladaron en el trabajo), me he adelantado al propio inicio del día; me he puesto en marcha antes de que cualquier gallo, esté donde esté, cante la llegada de la alborada. Cuántas veces la misma situación; me basta con saber que llevo un nada despreciable recorrido, en ocasiones, con un incómodo sentimiento de ir contra viento y marea; las más veces con una átona certeza de tránsito rutinario.

Faltan apenas diez minutos para que sean las siete en punto de la mañana y ya llevo un rato caminando, a paso ligero pues las prisas también madrugan, entre las oscuras calles, hacia la estación del tren de cercanías. El cielo, obviamente, sigue oscuro; hace el frío que corresponde a un mes como febrero, tanto, que últimamente se me ha quedado corta la bufanda y tengo, además, que recurrir a mi gorro de lana azul marino. A paso ligero, las manos ocultas en los grandes bolsillos del abrigo, mirando al suelo, aun no sé qué pinto en este nuevo día que promete ofrecer bien poco.

A medio camino de la estación, asciendo un desnivel entre dos calles paralelas a lo largo de una rampa embaldosada que a su vez va limitando un viejo edificio de seis plantas. Es el típico edificio construido allá por los sesenta para gente  de modestas rentas y discreto conformar para las que poder rodearse de cuatro paredes resulta más que suficiente para saberse en un digno hogar. Sé que es muy temprano pero la simple visión de ese edificio, silencioso, mugriento, casi desangelado pero, sobre todo con todas las ventanas excepto una, sin una luz que indique que alguien tiene que madrugar para llegar a tiempo al trabajo, me muestra, de nuevo, los malos tiempos a los que estamos condenados; estos tiempos que tan fácilmente se sintetizan con el término crisis o recesión. Una crisis y una recesión que lo abarcan todo. A esa ventana, la única que desprende una luz blanca y aséptica de fluorescente, dirijo la mirada deseando que no se apague al día siguiente cuando pase de nuevo por la rampa embaldosada. Es una luz, la de la ventana, que me inspira lucha, resistencia y esperanza.

A la derecha, amarrados cada uno al tronco de un árbol, unos cuantos carritos del súper reflejan levemente con su armazón metálico, la poca luz anaranjada de las farolas. Reparé en ellos hace unos días y aún no salgo de mi asombro. Son simples carritos del súper que son usados para transportar objetos desechados, como pequeños electrodomésticos, motores inservibles, y demás. Curiosamente, los especialistas en sacarles una salida a esa chatarra son negros y supongo que obtienen algo de dinero en los desguaces. Cada vez hay más carritos en esa calle. Hoy he contabilizado siete y no puedo evitar pensar en el relato de Auster  “El país de las últimas cosas” en el que en un mundo del todo decadente, tener un carrito de esos podía garantizar la supervivencia del día a día. De hecho aquí no los amarran con cualquier cuerda sino que usan cadenas metálicas con candado; tal debe ser el aprecio que le tienen a su herramienta de trabajo.

Como cada día, a medida que me acerco a la estación se van agregando viandantes, casi siempre los mismos, que cada día acuden también para coger el tren. Todos caminamos a paso ligero, con la mente aun procesando el acomodo a la matutina actividad. Resulta curioso porque vamos prácticamente en fila. Nos conocemos por realizar cada día el mismo trayecto pero no sabemos quiénes somos; nunca hemos cruzado una palabra. Por muy cerca que estemos unos de otros, nunca nos decimos nada, no porque no haya nada que decir, simplemente, las prisas dificultan todo aquello que suponga relación o mera distracción. Las prisas son amigas de lo rutinario, lo simple,… no reparan en atenciones. No sabemos nada de la vida de cada uno de los que nos congregamos como autómatas camino de la estación del ferrocarril. Se trata de una actividad muy simple y repetitiva. Me resulta fácil establecer el paralelismo con los hamsters que no paran de correr en esas ruedas giratorias, como si intentaran desesperadamente escapar a algún lugar lejano cuando realmente y sin remedio permanecen en el mismo sitio.

El peregrinaje, siempre a paso ligero, sigue a través de la oscuridad, con el eco de las pisadas como efímera estela. Así pues, sin tregua, seguimos hasta llegar a la estación. La estación de Sabadell Norte. Una obra colosal, inacabada por falta de presupuesto,  en medio de la Plaza España. Nada fuera de lo normal con los tiempos que corren. La estación con andén subterráneo que estaba destinada  a ser la guinda que culminara la red de infraestructuras de la ciudad se frustró en lo peor de la crisis económica. Aun así, obviando todo lo que falta por construir en el acceso exterior, una vez se bajan las escaleras hacia la amplia sala de los controladores de entrada a los andenes ya se siente uno como en cualquier estación de ferrocarril. Nada hace sospechar que por ahí no vayan a pasar trenes regularmente. Allí, en el andén correspondiente a la vía dos, vamos a parar todos los que llegamos. Siempre, lo primero que hago casi de manera involuntaria, como casi todos los que van acudiendo, es mirar el enorme reloj cilíndrico que, sujeto a la pared, muestra que hemos llegado con el tiempo muy justo.

El tren no se hace esperar y para mí resulta admirable la puntualidad que exhibe. Afortunadamente, esa fama que tiene el ferrocarril en cuanto a sus acostumbrados retrasos, no se cumple en este caso.

En cuanto el convoy se detiene y abre sus puertas correderas, entramos, aun somnolientos, todos al mismo ritmo, como hipnotizados, al igual que hacían los eloi al adentrarse en el siniestro complejo de los morloks cuando oían la sirena. Visto globalmente, parece que los vagones engullen a los viajeros que desaparecen tras sus fauces.

Allí dentro la luz es tenue, ambarina, completamente adecuada para facilitar la sensación de calidez después de la fría caminata. Vamos escogiendo asiento ya que, afortunadamente, el tren inició su recorrido en una población no demasiado lejana y va medio vacío, además de que a horas tan tempranas es imposible hallar los trenes abarrotados. Si puedo me siento al lado de la ventana porque aunque no se ve el paisaje al ser de noche, me siento como más recogido; es difícil de explicar, es más bien una sensación interior, digamos que los asientos que dan al pasillo, le dejan a uno más “expuesto”. No soy de los que apoyan la cabeza en el cristal y se echan un inquieto sueño, con el subconsciente al tanto de las paradas que va anunciando el invisible altavoz. Siempre llevo un libro encima y cuando el tren inicia la marcha, lo saco de mi bolsillo interior  y me pongo a leer no sin cierto regocijo. No sé qué tiene la lectura durante los viajes en tren que siempre consigo más provecho que realizando la misma actividad en cualquier otro sitio. Me explico. La lectura en el interior cálido del vagón resulta más fructífera. La atención sobre lo que se lee es óptima, de tal manera que ya no leo sino que vivo lo que se describe en las páginas. Recuerdo incluso con más detalle los libros que he leído íntegramente en los viajes de tren que en otras circunstancias. Supongo que la concentración de buena mañana y las ganas de desconectar del trabajo en el viaje de vuelta facilitan el provecho de la lectura.

El vagón en el que viajo se convierte en una sala de lectura en movimiento. Los que no llevan novelas al uso, leen periódicos y, cada vez más, los hay con libros electrónicos,  tabletas digitales y, como no, con los móviles que sirven para todo … ah! y para hablar por teléfono.

No tengo ninguna prisa y a medida que ganamos las primeras estaciones, levanto los ojos del libro (por primera vez leo Los cuatro jinetes del apocalipsis  de Vicente Blasco Ibáñez) y me fijo en la chica que hay sentada al otro lado del pasillo mirando su propio reflejo en la ventana porque se está maquillando. Eso ya se ha convertido en un ritual. Empieza lentamente con las pestañas para seguir dándose color a los labios con la barra de carmín. Se toma su tiempo y no le importa si alguien la está mirando. Yo la sigo por el rabillo del ojo porque esa suerte de ritual me relaja.  Finalmente se da algo de color en las mejillas y ordenadamente guarda sus artes en un neceser de tela. Es muy joven (dudo que llegue a los diecinueve o veinte años) y de alguna manera, una especie de inocencia que parce destilar de su mirada casi infantil consigue que le haya cogido cariño; una especie de cariño protector. El ritual del maquillaje no suele durar más de ocho o diez minutos y es cuando regreso a la lectura sin nada que distraiga mi atención. Apenas hay traqueteo, más bien al contrario, el tren parece deslizarse entre una estación y la siguiente. A ratos casi parece no desplazarse y es que, a pesar de estar deslizándose ya en el exterior, la casi total oscuridad entorpecida por alguna que otra farola de amarillenta luminosidad, ofrece una inusual sensación estática, como en el interior de un ascensor.

Cuando llevamos recorridos unos dos tercios del viaje hacia la capital, alguien ocupa el asiento contiguo al mío. Esta vez es una señora que rondará los cincuenta y tras una fugaz mirada en la que capto el semblante serio de una redondeada cara aterida por el frío, desvío de nuevo la mirada al libro, envuelto por un pesado perfume que se me antoja de los de antaño; un perfume de persona mayor, de esos que no incitan por vía olfativa ningún deseo o amago de excitación sino que despiertan no tanto recuerdos como sí sensaciones vividas. Es un aroma fuerte, pesado, de flores ya maduras, insinúa que quien lo desprende únicamente se resigna a infundir cierto respeto o cierto mensaje preventivo. Pienso que no es una mujer tan mayor como para llevar ese perfume.

Cuando el tren se oculta en la red de  túneles que atraviesa la ciudad sé que quedan cuatro paradas hasta mi destino, en pleno centro. En ese momento, envuelto aún con ese halo aromático, persistente, guardo el libro, cierro los ojos y me acomodo en mi asiento escondiendo el cuello entre los hombros para notar más el contacto del suave algodón de la bufanda. Con los ojos cerrados no presencio una oscuridad negra sino más bien un telón de fondo meloso debido a la luz ambarina del vagón con la que me entrego a la relajación mientras espero que el altavoz vaya desgranando el paso por las diferentes estaciones hasta la mía que precisamente resulta ser la misma de la gran mayoría de pasajeros.

Poco antes del destino, apenas unos segundos después de que la voz femenina de la megafonía lo anuncie, nos vamos levantando (en mi caso con un inevitable amodorramiento) y encaramos el acceso de salida al andén. Es todo muy mecánico, automático, como regido por una inercia que lo controla todo.

La gente se amontona en la estación subterránea y las escaleras mecánicas se convierten en el siguiente objetivo. Parece mentira porque sigue siendo muy temprano para que se tenga que congregar semejante muchedumbre. Es una apelotonada procesión en medio de un murmullo completamente indescifrable y, por encima de las cabezas, la voz femenina de la megafonía, muy correcta, con una magna reverberación,  anunciando las salidas y llegadas de los trenes.

De pronto, una voz destaca sobre el murmullo de la marabunta. Alguien de manera insistente levanta la voz porque parece protestar por algo. La procesión empieza a  perder celeridad y acaba por detenerse. Eso no es normal. Se sale de las poderosas leyes de la rutina. Algo ha ocurrido. A la voz inicial se le han sumado otras voces y resuenan en la estación  subterránea cada vez con más fuerza. Finalmente una de esas voces se impone a las demás y queda, ya  en gritos, dominando todo el entorno. Es la voz de un hombre joven. Cerca de la vía 1, un grupo de unas ocho o diez personas se mueven atropelladamente e intentan avanzar hacia el pie de la escaleras mecánicas. Entre el grupo destacan gracias a sus chalecos fosforescentes, tres hombres bastante fornidos que son empleados de seguridad de los ferrocarriles. El asunto empieza a aclararse. Intentan llevar a trompicones al chico que no para de lanzar voces y a otros tres o cuatro que no ofrecen resistencia. El más inconformista es alto, más que los fornidos empleados de seguridad pero es muy joven y delgado y por mucha oposición que ofrezca tiene las de perder. A todo esto, los viandantes; esa informe procesión de la que yo mismo formo parte, sigue detenida. Resulta imposible acceder a las escaleras mecánicas al haberse congregado el bullicioso grupito en ellas. El chaval sigue oponiendo resistencia y se deshace de las manos que lo aferran una y otra vez. Entre sus gritos logro entender que no está en absoluto conforme con el precio del billete de tren. Algo así como que le parece vergonzoso que un viaje de cercanías costara dos euros con treinta y cinco y no sé qué más de estafas y robos. Seguramente fue “cazado” junto con sus amigos por los vigilantes sin haber pagado los correspondientes billetes. No sin dificultad fue colocado en la base de la escalera mecánica y allí, con el lento ascenso, se dirigió el joven rebelde a la multitud que allí seguía expectante, algunos mirando ya el reloj nerviosamente, para decirles a voz en grito lo siguiente:

¿Es que no lo veis? ¿No os dais cuenta? Os están engañando. Todo es un engaño. No os matéis a trabajar para esa gente (y en este punto señalaba con el dedo hacia arriba). Trabajad sólo para poder comer. Miraos. No sois más que un rebaño para ellos.

Todo eso iba diciendo mientras ascendía lentamente por la escalera bien sujeto por los vigilantes confiriéndole la escena cierto carácter mesiánico.  En ese momento me acordé del final de la película Soylent Green (aquí la conocimos con el título “Cuando el destino nos alcance”). Un malherido Charlton Heston, a voz en grito denuncia la terrible verdad en un mundo ya de por sí apocalíptico a la gente que ya no sabe qué creer.

Ya en la calle, en pleno centro de la ciudad, el frío acaba de despejarme mientras el cielo, de un gris oscuro con la luna semioculta en sombras algodonosas me inspira todo lo opuesto: volver al acogedor calor de la cama. Esta última idea, por tentadora que parezca resulta tan absurda que al instante me integro a la rutinaria realidad en cuerpo y mente.

Miro el reloj y ya veo que como no me apresure, llegaré tarde al trabajo. No suena ninguna sirena pero, después de lo que he visto, me siento más que nunca como un eloi camino de la guarida de los morloks.

FIN




sábado, 8 de abril de 2017

Reflejos



(Pero lo vi... Mi espíritu sin calma era ya de tu espíritu un reflejo... Toda mi alma se espació en tu alma, y en ella viose como en claro espejo)

Pedro Antonio de Alarcón 


La mayoría de las veces, no ocurre nada. Bueno sí, ocurre, pero casi siempre es lo mismo. Cuando algo se repite tanto es como si nada sucediera. La monotonía consigue convencernos de que no ocurre nada, de la uniformidad de todo lo que nos rodea, de la limitada dimensión de las personas (con un poco de  suerte se quedan en meros figurantes que surgen a nuestro alrededor con su anchura y altura, ya sin profundidad como esos maniquíes planos de los campos de tiro).

Todo esto que suena tan lúgubre, triste, impersonal, apático,… sin vida, se acentúa (y de qué manera) en la dinámica (tan triste, tan de otro mundo autómata y lejano) del metro de Barcelona. Señalo que es el metro de Barcelona por ser el que bien conozco por la mañana bien temprano lo cual no quiere decir que no sea, todo aquello que cuente, extensible al metro de Madrid o al de cualquier gran urbe.

Quizás por esa terrible circunstancia que hace que cada mañana se repita  a modo de sucesión de clones diarios es por lo que uno mismo procure atender a esos ínfimos cambios que, aunque levemente, rompen con la monotonía. Son pequeños detalles, como cuando por azar se oye perfectamente la conversación telefónica que mantiene por el móvil un joven italiano y uno intenta entender de qué va por esa o aquella palabra conocida o esa o aquella expresión que parece más o menos familiar. Como si de un pasatiempos se tratara. Hay más ejemplos, por supuesto. La mayoría de ellos fundados en la peculiaridad de este o aquel personaje. Los que se dedican a pedir limosna en voz alta vendiendo pañuelos de papel o mecheros o los que se arrancan a cantar o a tocar la guitarra o el acordeón, sencillamente, no aparecen a horas tan tempranas. Se han hecho tan habituales, tan comúnmente presentes a horas no tan intempestivas, que ya no destacan como algo curioso y diferente a señalar. Por eso, cada mañana, casi inconscientemente uno procure reparar en lo que resulta insólito, en lo que, aunque por poco margen sea, se salga de lo habitual. Pocos casos son dignos de mención. Mucho menos dan para poder extenderse. En esta ocasión, el detalle de aquella mañana dio para algo más.

Lo curioso, además, es que no ocurrió algo que pudiera considerarse sin lugar a dudas como algo fuera de lo normal. Fue más la reflexión posterior sobre lo acaecido lo que dio la consistencia para la narración.

Era una mañana de invierno, poco después de Navidades. Digo mañana aunque la luz del día correspondía más a la media noche. Este detalle da una idea del cotidiano madrugón al que desde hace bastante tiempo, me veo sometido. Hacía frío. Iba con el cuello encogido y el cuerpo encorvado al caminar, parapetado por las solapas alzadas del abrigo, el cuello envuelto con una bufanda de algodón azul y siguiendo como un autómata la dirección hacia la boca del metro.

Una hora temprana, un frío que nos recuerda con dolor el cálido abrazo de las sábanas que dejamos atrás y, aún así, gente por la calle esperando el verde del semáforo, corriendo para no perder el bus, haciendo señas a un taxi de somnoliento chófer, … gente presurosa en una u otra  dirección y, sobretodo, gente engullida por la inmensa boca del metro. Todo eso a hora tan temprana. Una vez más el hormiguero humano se adelantaba al día y se ponía en marcha.

Como una partícula flotante, informe y pasiva, encaro el sumidero que para mí es la entrada al subterráneo. Justo antes de bajar las escaleras es cuando desaparece la sensación entre angustiosa y resignada de la monótona vida laboral. Todo parece girar en torno del trabajo el cual se lleva siempre  las mejores horas del día. Me resulta tan fácil ubicar como un elemento externo al dichoso trabajo… un elemento ajeno que se interpone en el camino y nos exige las mejores horas del día y la mejor de nuestras actitudes. Cuesta mucho considerarlo un aliado y como tal, encararlo con buen humor y predisposición, sobretodo a esas horas tan tempranas. Pero ya se sabe, es un mal necesario.

Ese descenso de las escaleras hacia el acceso a los andenes resulta pues, inevitable. La enésima validación del bonotren para que se abra automáticamente la portezuela como en una suerte de peaje, me resulta una mala copia de “Atrapado en el tiempo”.

Se hace artificialmente de día con innumerables tubos fluorescentes pero el ambiente frío recuerda, una vez más, que no tendríamos que estar ahí. Que esa sensación de estar desubicado es un síntoma más de que estamos remando contra corriente.

El tren no se hace esperar encabezado por el inmutable rostro de pétrea seriedad del maquinista. Otro que, seguramente, habrá pensado más de una vez, qué se le habrá perdido ahí bajo tierra a esas horas.

De hecho. Siempre ha sido así. Desde que el hombre es hombre ha tenido que sacrificarse para seguir vivo en las mejores condiciones posibles. Eso iba pensando yo justo en el momento de entrar en el vagón. Ajeno a los escasos asientos procuro apoyar la espalda en cualquier espacio libre de las paredes del descansillo del vagón.

Los hombres primitivos. Esos sí que vivían bien en la noche de los tiempos. No obstante en la prehistoria, cada día también acabaría siendo un calco del anterior. Levantarse, lavarse, comer algo, cazar, arreglar cuatro desperfectos en la cueva, copular, dormitar, avivar el fuego, cenar, …  Lo bueno es el horario flexible, la naturaleza de un planeta joven e incorrupto, la ausencia de tráfico y de todo aquello que huele a progreso, la falta de política y todo lo que conlleva, el desconocimiento del dinero, … Por el contrario, la alimañas siempre al acecho (debía ser muy fácil sentirse presa entre tantos depredadores), el frío, la carne cruda o poco hecha, la falta de higiene, la ausencia de libros, … hay que estar metido en la piel de aquellos seres en situación.

Creo que el atractivo reside en el concepto que nos formamos de esa remota vida. La mera simplificación de ésta nos seduce de tal manera que la crudeza, la violencia y las condiciones extremas de aquél mundo únicamente nos advierte al final, justo antes de volver a la realidad cotidiana, que aquello que en un principio, parecía digno de anhelo,  poniendo todas la cartas sobre la mesa, realmente cuenta con muchos inconvenientes. Demasiados siglos de evolución (o de involución quizás) desde entonces para tener que readaptarse  a la vida de la noche de los tiempos.

Volvamos al metro. Una mañana cualquiera. La sensación de velocidad subterránea y traqueteo de siempre. Nada presagia que vaya a suceder nada fuera de lo habitual. La rutina parece dispuesta a enseñorearse una vez más de la mañana hasta que, en la segunda parada, tras la salida de unos pocos pasajeros, entró una sola persona, una joven mujer, discreta, abrigada, somnolienta y ausente. Del gorro blanco de lana le asomaban mechones ondulados de un color rubio pajizo. Era de piel pálida aunque destacaba el color rosado de la nariz por el frío. Me llamaron la atención las espesas cejas de color negro que para mi gusto contrastaban no sin cierta armonía con los mechones de pelo rubio. Llevaba gafas de pasta que le conferían un aire intelectual. No sé qué cualidad poseen esas gafas, generalmente de gran tamaño, que no sólo proporcionan ese aspecto intelectual y sobrio a las mujeres sino que, además, lejos de parecer grotescas, aportan un extra de velada sensualidad.

Escogió un lugar en el metro entre la muchedumbre. Asiendo con femenina delicadeza la barra dio un ligero suspiro y perdió la mirada hacia el suelo, perturbada únicamente por el traqueteo inicial al abandonar el tren la estación.

El tupido bosque humano me impedía observarla y me resigné a desviar la mirada hacia ninguna parte. El aviso neutro de la siguiente parada facilitó que mirara la parpadeante lucecita roja que representaba la estación en cuestión. Quizás por puro azar o quizás por una remota chispa de voluntad di con la imagen de la chica de las gafas reflejada en la ventanilla del vagón. Ahí seguía cogida a la barra y completamente ausente. Me quedé ahí mirando la imagen reflejada llegando a sentir algo parecido a la ternura. De repente, como alertada por los anónimos ojos que habían reparado en ella levantó la cabeza de tal modo que su reflejo, sometido antes a mi furtiva mirada, me miró fijamente a su vez.

La mirada del reflejo me pilló desprevenido. Era más guapa de lo que en un principio estimé. Los ojos serios, sobrios, grandes tras las gafas de pasta parecían estudiar mi rostro ausentes de todo rubor.  Las cejas bien aparentes y negras describían sendos arcos que lograban superar levemente el marco curvo de las gafas. Instintivamente retiré la mirada del reflejo femenino. Me había cazado “espiándola”.  No sé por qué razón volví a mirarla a través de su reflejo en la ventana. Ahí seguía mirándome fijamente. Creo que parpadeé un par de veces como para sacudirme la tensión que me generaba esa mirada pero me negué a retirar de nuevo la vista…  El reflejo me seguía revelando un rostro bello y un tanto misterioso. El gorro de lana no le añadía desenfado. Estaba seria y su mirada, de misteriosa, mutó a desafiante. Una libertad que se tomaba ante el reflejo de alguien en una ventana pero, quien sabe si haría lo mismo ante la imagen real del individuo observado.

Se trataba de un fascinante juego de espejos. Recapitulemos. Yo no la miraba realmente a ella pues mis ojos estaban dirigidos hacia su imagen reflejada en la ventana del vagón. Del mismo modo, ella no me miraba realmente a mí sino al reflejo que proyectaba el cristal de la ventana de mi imagen real. Aquello guardaba un misterio de lo más caprichoso. De alguna manera estábamos interactuando con nuestros respectivos “intermediarios”. Aquello me recordaba a la película de James Cameron “Avatar”.

No sé precisar cuánto tiempo sostuvimos la mirada. Lo único que sé es que fue mucho más de lo que pudiera considerarse algo normal. Lo que en muchas ocasiones esta circunstancia pudiera resultar incómoda, en este caso concreto no percibí incomodidad sino algo parecido a una tensión controlada con cierto cosquilleo de nerviosismo. Cada uno observaba como válido y real al reflejo del otro. Diríase que tal circunstancia desdramatizaba el hecho en sí. Algo así como si el hecho de estar mirándonos de manera indirecta descartara cualquier atisbo de compromiso, de presencia de terceros, de formalismos sociales, …

Aquello, como si de otra dimensión se tratara, nos permitía jugar a que fuera real algo que, tan intenso como efímero, sólo podía ser alimentado con impulsos de voluntad casi virtual.

De nuevo algo de traqueteo como preludio a la próxima parada del metro. Bajé de nuevo la mirada y ya no osé volver al, digamos, modo “avatar”. No me atreví a encarar de nuevo el reflejo de la mujer que había demolido de una manera tan simple la tan temible monotonía que tan bien sabe enseñorearse de nuestras rutinas.

Esa era mi parada. Tenía que salir. Fui avanzando lentamente entre la gente hasta llegar a la desconocida (la real) y, sin mirarla a la cara, avancé hacia la puerta corredera recién abierta y salí.

Como los malos cortes en la televisión dan paso a la publicidad en lo mejor de la película, así se implantó de golpe la realidad camino del transbordo para cambiar de línea. Cada vez me hallaba más cerca del trabajo. Avanzaba  a golpe de realidad. Una realidad a la que no podía enfrentarme en modo “avatar”.

FIN