viernes, 27 de marzo de 2020

Sin Salida





(Relato acerca de una difícil tesitura)
Abril de 2012

¿Qué has aprendido pequeño saltamontes?
Maestro, creo que siempre hay que estar preparado para esperar lo inesperado.

           (Kung-Fu)

  

La avenida de gruesos y viejos aligustres se hallaba solitaria, inanimada, como sin vida. El paseo por una de las aceras se hacía lento y, lo que era peor, inseguro a esa avanzada hora de la tarde, cuando la luz grisácea no era más que la huella de los rayos del sol moribundo; pura penumbra que amenazaba lluvia. Odiaba la lluvia. Las tormentas le perturbaban. Cómo siempre, además, carecía de paraguas. Las fachadas de los tristes edificios, a lado y lado de la avenida no dejaban escapatoria. Los portales, lisos, austeros y fríos negaban cualquier atisbo de refugio; no sabían de escondrijos. Ningún atractivo ofrecía el barrio pero, mucho menos el tramo callejero que transitaba. Se sentía como el único habitante de la ciudad aunque sólo era una sensación, era consciente de ello y precisamente por eso aceleraba el paso. A medida que imprimía ritmo a su caminata, tomaba cuerpo en su mente la forma de una sombra siniestra que le pisaba los talones. La idea le provocaba tal pavor que le impedía siquiera echar un vistazo atrás. Caminar, caminar rápidamente. Sin llegar a correr… eso no. El inicio de una carrera a la desesperada constataba una huida. Eso no. Echar a correr era contraproducente porque exponía a las claras su temor y, éste a su vez, su carácter débil. Era un cobarde aunque, paralelamente intentaba justificarse con un susurro, apenas perceptible “más bien soy prudente”. La prudencia; una virtud imprescindible. La breve conclusión a la que llegó consiguió que esbozara una efímera sonrisa mientras continuaba imprimiendo ritmo a sus pasos. El final de la avenida se aproximaba. Por fin llegaría a la bifurcación para tomar la ancha calle de la derecha, mucho más diáfana.

Le sorprendió el parpadeo amarillento de las farolas. La noche haría en breve acto de presencia. Eso no podía evitarlo pero si se apresuraba un poco (sin correr) llegaría a su casa evitando la noche cerrada.

La silueta de un desconocido que surgió de uno de los últimos aligustres  a pocos metros delante suyo pareció desafiarle con los brazos en jarra. Tras aminorar la marcha, el desconocido relajó los brazos dejándolos colgados a lado y lado del tronco. La relajada pose tenía una componente de perversas intenciones.

El estado de gélida rigidez, tan desagradable que, si bien, paraliza al individuo externamente, por dentro, provoca una explosión de clastos que arrasa desde el estómago hasta la caja torácica enloqueciendo a un palpitante corazón, apenas le permitió notar el punzante frío de los primeros goterones salteados de una lluvia que en pocos segundos arreciaría.

No era noche cerrada todavía. Ni siquiera había concluido su presencia la impersonal tarde de ese día. Un día, a priori, como otro cualquiera, en la ciudad de siempre, en un barrio de mala muerte, avanzando y dejando atrás los estáticos y viejos aligustres, siempre cargados de convencionales hojas. Ahora se daba cuenta que había que hacer frente a una nueva situación, sin saber por qué, especialmente esa misma tarde, esperada o… mejor, temida.

En su estado de angustia, de horror ante el peligro que suponía la aparición de ese desconocido, un individuo alto aunque delgado, un tanto desarropado y con perpetuo rostro de maldad, como sin remedio que lo hacía inevitablemente repulsivo, una mínima conexión coherente en su bloqueado cerebro le propuso una breve serie de predicciones en esa indeseable tesitura en la que acababa de caer como un conejo en una trampa. La más inmediata le hacía ver, cómo tras amenazadoras órdenes se vería obligado a despojarse de todo aquello que de valor llevara encima. Era tan evidente que no quedaría así la cosa sino que, a pesar de todo, de colaborar sin ofrecer resistencia, la expresión un tanto ida del indeseable sujeto plantado ante sus narices, la severa y repulsiva cicatriz que le cruzaba la mejilla, la nariz gruesa y deforme como la de un boxeador arruinado y una de las orejas incompletas, la figura , en fin, que le aguardaba desafiante, le advertía que estaba ante un tipo peligroso; un espécimen marginado de lo que se entiende como sociedad civilizada que necesitará saciar sus ansias de venganza con el mundo a base de unos cuantos mamporrazos. El sujeto, en definitiva, necesitará su dosis regular de violencia a la vez que se hace con algo de dinero fácil. Un asco. Hasta la forma de contarlo conlleva veladamente una extraña naturalidad. Son cosas que pasan y siempre habrá alimañas dispuestas a actuar de ese modo. “Hay gente que disfruta haciendo el mal a los demás” recordaba que le decía su madre ocasionalmente.
Rompió el silencio con una voz cascada, desgastada, castigada como pocas voces había oído antes; de un sonido desagradable, incómodo, de esos que uno tiene ganas de que se silencie cuanto antes; que el individuo diga lo que tenga que decir pero rápido; esa voz que vomita con tanto esfuerzo no se puede soportar un segundo más.

Lo típico. Ni se sorprendió. La pasta y todo lo que llevara encima si no quería salir mal parado. Por lo común de la frase, casi convencional, sonaba a pura guasa, una copia mal hecha de las típicas y tópicas frases intimidatorias que tanto se oyen en el cine o se leen en las novelas baratas.

Como no reaccionaba el amenazado, el indeseado aparecido echó mano a su plan B. Claro. La navaja automática apareció con una habilidad sorprendente del bolsillo trasero del pantalón. Eso lo descolocó y estaba claro que en eso precisamente tenía que reconocerle una experiencia nada desdeñable. La cosa se complicaba y reconocía con amargura que tenía miedo, mucho miedo. Lo que sentía antes, cuando estaba solo en la avenida era una tontería, una especie de estado de alerta que, en definitiva, era inconsistente, algo etéreo y que podía desmoronarse. Lo que en ese momento tenía delante mismo, desafiándolo, no lo podía desintegrar, no podía evaporarlo simplemente pensando en otra cosa. La situación requería precisamente afrontarla.

No llevaba demasiado dinero encima y no le costó desprenderse de él pero cuando comprobó con asombro que el individuo del rostro desafortunado le pedía la cartera con todo su contenido le resultó indignante. ¿Para qué demonios la quería? ¿Qué podía interesarle las dos o tres fotografías o la documentación? No lo podía permitir y así se lo dijo con temblorosa voz, apenas perceptible por el sonido de la lluvia que ya arreciaba. Maldijo la lluvia que ya le calaba todo el cuerpo. Una maldita lluvia en una maldita tarde ya transformada en siniestra noche.

No le dio mayor opción de réplica. De un tirón le arrebató la cartera con todo su contenido, dejando como traumatizada la mano que hasta ese momento la sostenía. Notó su mano izquierda desnuda y temblorosa y por una suerte de instinto protector se la cogió con la otra mano. Humillado. Aterrorizado, aún tenía que seguir recibiendo órdenes de semejante canalla. Le tocaba el turno al reloj para que le siguiera a continuación el anillo. Era consciente de que iba a ser una presa sustanciosa para el delincuente. Iba a ser exprimido por completo. Un golpe redondo. La cadena de oro. La cadena que llevaba colgada desde niño con medalla de oro incluida. No recordaba la última vez que se la tuvo que quitar. Era parte de su cuerpo. La medalla del Sagrado corazón se la regaló su madrina cuando él no era más que un bebé. Ahora iba a desaparecer de un plumazo en manos de un desgraciado malhechor. No debía permitir que eso ocurriera pero ¿qué podía hacer? No deberían pasar estas cosas. Era escandalosamente injusto. Se lo pensaba demasiado y el que tenía enfrente no conocía en su labor la paciencia, así que cuando hizo intención de echarle la mano al cuello para arrancar de cuajo la cadena de oro, reaccionó defendiéndose y pidiendo calma con la mano. Él mismo se la daría sin necesidad de romperla. Cargado de una amarga y pesada resignación, y con la lentitud que ésta le dictaba, tanteó la cadena, su queridísima cadena de oro con su tan familiar medalla. No era un objeto que venerase con pasión pero el hecho de pensar que a partir de ese momento ya no la llevaría nunca más encima y que por tanto nunca más la podría ver ni tocar, le destrozaba por dentro. Soltó el cierre, no sin dificultad y notando cómo se iban colando por el cuello las frías gotas de la lluvia ya casi nocturna.

Mantuvo en el aire, como en un ceremonial, la cadena extendida, sostenida con precisión en sus extremos con el índice y el pulgar de cada mano. Una última mirada hacia la refulgente medalla antes de desprenderse de ella y ahí la situación se rompió, se separó en dos, se abrió como en un abismo en una décima de segundo.

Con un ruido terrible de crujido eléctrico ensordecedor, cayó encima del malhechor un deslumbrante rayo produciendo un estallido de fuego, calor extremo y humo blanco. La onda expansiva lanzó varios metros atrás al hasta entonces pobre asaltado con la cadena de oro volando de entre sus dedos. El espaldarazo sobre el mojado pavimento fue violento. Creyó haberse roto unos cuantos huesos y sólo intentó incorporarse cuando el olor a quemado se hacía ya insoportable. Le resultó muy doloroso pero consiguió sentarse notando su corazón a punto de estallar. Lo que contempló le resultó dantesco: el cadáver que yacía delante, aún humeante, estaba prácticamente carbonizado. Un cuerpo irreconocible. En el lugar donde se suponía se hallaba la axila derecha, pugnando con la lluvia, aun llameaba un agonizante fuego. No daba crédito a lo que se le ofrecía a la vista. Lo más cercano que le ofrecía la mente eran las numerosas descripciones que uno de sus autores favoritos, H.P. Lovecraft realizaba acerca de engendros, cuerpos despanzurrados, masas informes y demás.

Obviamente, de la cartera, el reloj y el anillo no parecía quedar rastro. En ese momento reparó en su cadena de oro y ahí estaba cerca de donde cayó. Al intentar cogerla se horrorizó al ver que las yemas de sus dedos estaban chamuscadas. No notaba dolor, se limitó a abrir las manos y a dejar que la lluvia las mojara y refrescara. Los acontecimientos le habían desbordado por completo. Estaba absorto contemplando la brillante cadena en el suelo, majestuosa, recibiendo todo un aguacero en sus relucientes eslabones invisibles.

El dolor empezó a abrirse paso por sus dedos quemados. La daba la sensación de no ser digno de llevar esa cadena con tanta historia y tantos sentimientos acumulados en ella. Parecía hablarle ese pedazo de metal precioso recriminándole su patética sumisión. Sin haber ofrecido resistencia, se dejó desplumar, despojarse hasta de lo más querido; lo que más celosamente llevaba consigo. Se sintió anímicamente mal pero acabó recogiendo su cadena y, tras lo que parecía una eternidad, se la colgó de nuevo en el cuello. Echó un último vistazo a los restos que yacían en el mojado pavimento, carbonizados y aun humeantes  del que fuera su asaltante. Nada. Qué raro. Ni resto de su cartera, ni del reloj ni del anillo…

Siguió su camino, tambaleante al principio, calado hasta los huesos después (a partir de entonces adoraría las tormentas) hacia el final de la maldita calle.

                   FIN

lunes, 23 de marzo de 2020

Pesadilla



¿Quién dice que los sueños y pesadillas no son reales como el aquí y el ahora?
(John Lennon)

Aquello fue horrible. La persecución se dilató en el tiempo más allá de mi propia extenuación. Aquellos seres pusieron a prueba la resistencia de mis pulmones, mi corazón, mis músculos. Cuando parecía que les había dado esquinazo en la calle Huelva con Agricultura, no tardaba en oír de nuevo sus inquietantes gruñidos y el eco de sus pasos acercándose. 


Eran seis o siete. Quizás más. Unos gruñían, otros daban unos gritos entrecortados. Un par de ellos no corrían de manera normal, a ratos incluso parecían correr a cuatro patas. Sí, lo sé. Era una locura pero estaba sucediendo. Me estaba sucediendo a mí todo esto. Me perseguían y no era para nada bueno. Sí. Aquellos seres siniestros corriendo tras de mí por la ciudad en mitad de la noche, eran ... reales.


Todo aquello era tan real como el dolor creciente en mi pecho, con los pulmones al borde del estallido. No podía hacer otra cosa más que correr. Darles esquinazo definitivamente era mi único objetivo.


Apenas había gente en la calle a esas horas pero nada podía esperar de nadie. Se desentendían, se quedaban al margen con cara de asustados. Por cierto, ¿Qué hacía esa pareja de ancianos deambulando por la calle a esas horas?


Llegué a la altura de la calle Julián Besteiro con los pulmones casi en la boca. Esa calle hace bajada y casi me caí  de bruces. Con la velocidad que llevaba podría haberme hecho mucho daño. Crucé Concilio de Trento y por fin acabé encarando la calle Fluviá completamente desierta. Los oía correr a cierta distancia. A pocos metros del portal de casa me di cuenta que no llevaba las llaves encima. Llamé al interfono; es el botón negro del tercer piso. No contestaba nadie. Silencio. Volví a pulsarlo fuerte y sostenido. Un ruido como de murmullo en el pequeño altavoz. De repente, emitió un grito desesperado y escalofriante. Un grito agudo que no parecía tener fin. Un grito  que me paralizó el cuerpo. Un grito de mujer que parecía ser mi madre.

-¡Vete! ¡Corre! ¡Están aquiiii !


                           FIN



sábado, 21 de marzo de 2020

Un desconocido incomodando




Puedes tener justicia o puedes tener venganza, pero no ambas cosas
(Devin Grayson)


¡Oh vamos! Fue totalmente involuntario. Podría decirse que se trató de un mero acto reflejo. La señora, ya entrada en años y carnes, caminaba cansinamente de vuelta a casa. Al habitual dolorcillo del juanete que la forzaba a cojear, se sumaba la carga de la compra para el fin de semana. Iba pensando la mujer en sus cosas completamente ajena a todo lo demás. Era viernes, tenía invitados para comer el sábado y, como no podía ser de otra manera, tenía que salir todo perfecto. ¿Qué culpa tenía de haber reaccionado de aquella manera? Si es que se  había llevado un susto de muerte al cruzárselo por la calle. Tardó un poco más de la cuenta en percatarse de lo que realmente veían sus ojos. 

Sólo se trataba de un pobre hombre lisiado que caminaba en sentido contrario al de ella con un (eso sí) balanceo un tanto extraño. La impresión que le dio al verlo le provocó un estremecimiento y abrió unos ojos como platos. Fue la suya una reacción lo suficientemente aparente como para no pasar inadvertida al hombre que ya estaba a su altura. Por supuesto que su reacción resultó violenta y hasta ofensiva al desconocido y así se lo hizo saber a la señora con su mirada incriminatoria.

Lógico y comprensible. Sólo era un hombre lisiado. Un hombre que carecía de ambos brazos. No era un ser perturbador, como venido de otro planeta como le había dado a entender la grotesca visión a la cándida señora. Pobre hombre, acabó por decirse. ¿Sería algo de nacimiento? Si no fuera eso … ¿Qué desgracia le debió ocurrir para acabar tan maltrecho?

****

Seis días sin probar una sola calada significaba un éxito sin precedentes. Ese domingo era, efectivamente, el sexto día sin tabaco. Era la tercera vez que emprendía el abandono del vicio de una manera más o menos seria y en la que más lejos había llegado. Algo le decía que esta vez sería la definitiva aunque esa sensación ya se dejó ver de alguna manera en las dos primeras intentonas. Lo mejor era no pensar en ello y dejar pasar los días.
Estaba en ese mismo momento sentado en el andén descubierto del tren de cercanías. Esperaba a que pasara el que, según el horario oficial, llegaría en poco menos de catorce minutos. Le resultaba curioso encontrarse solo en el andén. Tampoco es que las diez menos cuarto de una mañana de domingo fuera una hora tan intempestiva.
Un buen cigarrito rubio, aquí sentadito mientras espero el tren … La mente es así. No hace más que hurgar en la herida. Al rato se dio cuenta de que no estaba solo en la estación. No reparó en qué momento apareció por la entrada del andén. No oyó los pertinentes pasos sobre los peldaños metálicos que conducían hacia el apeadero. El hecho de divagar acerca del recurrente tema del tabaco parecía convertir a los demás en seres invisibles. El recién llegado rondaría los sesenta y tantos. Presentaba una  amplia calvicie aunque pobladas cejas negras, notable barriga, brazos largos y manos desproporcionadamente grandes. Su cara no era apenas expresiva. Mientras caminaba con una cadencia  exageradamente lenta, palpaba en lo que podría ser el bolsillo interno del abrigo. A pocos metros del banco donde él seguía sentado sacó el desconocido un paquete de Winston. Con total parsimonia y para desgracia del abstemio, tuvo que soportar verle encender un pitillo con una larga y profunda calada que finalmente exhaló con una interminable columna de humo que se iba disgregando con un ligero viento que ya llevaba un rato removiendo alguna que otra hoja del suelo.

Apenas desapareció la última voluta de humo, dio otra calada aunque menos profunda. Dejó que el cigarrillo se fuera consumiendo y acabó colocándose justo delante de él, tapándole la visión de la vía del tren. Mostraba su ancha espalda, su lustrosa calva, su ligero balanceo como para no perder la concentración. Mantenía las manos en la espalda, una de ellas envuelta en el humo del pitillo que sostenía.

Al cabo de un rato, el desconocido fumador echó una última calada y lanzó con la habilidad de sus dedos el cigarro a la vía donde, tras el impacto, escapó una maraña de minúsculas chispas.

Dijo escuetamente:

-          Fue en un sitio como este.

Tras un incómodo silencio insistió el desconocido, como si hablara a la vía del tren:

-          Bueno, no era una estación descubierta como esta ya que aquello ocurrió en el metro. Muy lúgubre por cierto.

¿Se estaba dirigiendo a él o realmente ese desconocido estaba hablando solo en voz alta? Le pareció prudente no hacer caso y seguir guardando silencio.

-          Fue hace tiempo pero lo recuerdo como si fuera ayer. No lo vi con mis propios ojos gracias a Dios. Lo que tengo grabada a fuego en la memoria es la voz del agente de policía que me dio la trágica noticia. Pronto hará seis años de aquello. Qué jodido es el interrogante que desde entonces permaneció sin respuesta.

“Este hombre habla muy bien. Parece un actor pero creo que tiene un serio problema mental”. A la mínima que aquel personaje hiciera algo sospechoso, estaba dispuesto a hacer mutis por el foro. No quería problemas. Con lo tranquilo que estaba hacía apenas unos pocos minutos. Miró el reloj que tenía en su muñeca derecha como si le fuera la vida en ello. En pocos minutos llegaría el tren. Una vez dentro, mejor alejarse del presunto enajenado ese, bien lejos y, a poder ser, sentadito.

-          Qué difícil es para algunos hacer borrón y cuenta nueva. De hecho, hay ocasiones en las que resulta sencillamente imposible. Lo pasé tan mal aquél día… Fue un horror, aunque lo peor es comprobar lo inútil que resulta luchar por no recordar. El dolor vuelve una y otra vez. La única manera de sobrellevarlo es a base de ansiolíticos, calmantes, … no es vida. El tiempo no cura una mierda. No funciona conmigo. Al final te das cuenta de que el remedio lo debe imponer uno mismo.

-          ¿Por qué me está contando todo esto?. No hay nadie más aquí. No lo conozco a usted - 

Por un poco más de tiempo que quedaba hasta la llegada del tren, más le habría valido la pena permanecer callado y no dar pie al desconocido para que siguiera con esa especie de discurso.  La creciente incomodidad le obligó a buscar otra salida. Quizás levantarse del banco y alejarse unos metros…

-          Aquél día. Precisamente aquél día cumplía su segundo año en el Cuerpo. No pudo dar crédito cuando tras un chivatazo tuvo la oportunidad y, por supuesto, la enorme responsabilidad de detener a uno de los delincuentes más buscados de la ciudad. Contaba entonces con veintiséis años y la ilusión que le confería  ser policía seguía intacta. Como si fuera el primer día. Aquello era verdadera vocación a pesar de su juventud. Yo estaba muy orgulloso de él. ¿Qué padre no podría estarlo de un hijo como él?

El desconocido seguía hablando solo. Estaba deambulando con su palabra, como de ensoñación en ensoñación. Por lo que fuera, parecía tener una necesidad crucial de expresar oralmente lo que sentía.

-         No hizo otra cosa que cumplir con su deber y lo tuvo que pagar de aquella horrible manera. Mi pobre hijo. Con todo el futuro que tenía aún por delante – acabó la frase con cierto atisbo de lo que parecían sollozos imposibles de disimular.

-         Vaya, lo lamento -  Definitivamente no pudo mantenerse en silencio. 

En ese momento, el desconocido se dio la vuelta y clavó su recién mutada mirada, embargada de ira en el sorprendido y obligado interlocutor. Se le acercó un poco más. Desde su posición, sentado en el banco, lo veía enorme. Además de perturbado, ese tipo parecía peligroso.

-         ¿Lo lamenta? ¿Qué va usted a lamentar?
-         Perdone usted pero no entiendo. ¿Qué quiere usted decir?
-         ¿No sabe lo que quiero decir? ¿No sabe de qué estoy hablando?

La cara de circunstancias del pobre hombre no ayudaba en nada a la incómoda
Situación. Se percató de que más que nunca echaba de menos un pitillo. Ni que fuera para ofrecerle uno y calmar los ánimos. Ese hombre se alteraba por momentos.

-          Le descubrió aquella fatídica tarde de jueves según testigos, el sospechoso estaba entre la gente que esperaba en el andén del metro.  Decían que estaba como agazapado mientras apuraba un cigarro. Ahora ya no se permite fumar en esos espacios. Creo que entonces aquello le hizo a usted bajar la guardia. Aquél instante fue el propicio para que el joven policía (mi hijo) le calara las esposas donde antes tenía usted la muñeca. El error que cometió mi hijo fue subestimar la posibilidad de que usted reaccionase como un auténtico animal, tras percatarse  que no le estaba apuntando con su arma reglamentaria.

Fueron aquellas últimas palabras una revelación y en décimas de segundo revivió en su mente la escena de aquella lejana tarde. El frío acero abarcando su muñeca y ajustándose hasta hacerle ver las estrellas. El otro extremo de las esposas se cerró en la muñeca de un policía cuyo siguiente gesto consistiría en desenfundar la pistola.

            Un joven uniformado con rostro serio pero con cierto atisbo de inseguridad o vacilación le había cazado. No obstante pudiera ser que la situación le viniera grande. Si no hacía nada desesperado en ese momento, podía considerarse acabado. Pronto llegarían refuerzos policiales y un gran número de años en la cárcel. No podía acabar así. Tenía que impedirlo.

            Fue pues la desesperación la que le impulsó con una fuerza desconcertante. Tal fue su magnitud que el joven policía, a pesar de su notable envergadura, se vio impulsado alrededor del recién detenido  que, con una embestida lo proyectó hacia la vía donde una creciente luz anunciaba la inminente llegada del tren a la estación.

            El policía cayó aparatosamente sobre la vía mientras su reo quedó tendido en el arcén con el brazo esposado expuesto en la vía y a merced del tren que acabó arrollando al policía y a él seccionándole el brazo. Pensó con desesperación que moriría desangrado pero finalmente acabó salvando la vida tras perder el conocimiento y despertar días después en una habitación de un hospital cercano. 

            A pesar de la vigilancia a la que estuvo sometido todo el tiempo que estuvo ingresado en el hospital, a la semana se las ingenió para escapar. No debió ser fácil pero en un principio se creyó que tuvo que haber mucho dinero de por medio en forma de soborno con alguien del centro hospitalario pero nunca se pudo demostrar nada, ni contra el hospital, ni contra los vigilantes a cargo de su custodia. Finalmente se descartó el soborno porque el hombre en cuestión carecía de recursos aparentemente. No se pudo demostrar la intervención de terceras personas. La prensa lo calificó como una misteriosa desaparición.

            Al final, como ocurre con todo, el extraño caso se diluyó con el transcurso del tiempo. Sólo quedaba en la imaginación de la gente cómo pudo ese hombre gestionar su futuro una vez logró burlar el pasado. Un hombre sin recursos y que carecía de un brazo.

El extraño volvió su mirada a la vía. El creciente rumor del tren avanzando hacia la estación sobre una vía que parecía infinitamente recta, alertó a ambos. El desconocido se acercó al viandante con algo que emitía ciertos destellos metálicos en su mano. A pesar de la edad, mostró bastante destreza y rapidez en sus movimientos. El sorprendido viandante se encontró sin apenas sospecharlo, con su única muñeca esposada; al otro extremo de la cadena, la recia mano  del desconocido asía la otra esposa. La historia se repetía.

-          Ha llegado la hora de rendir cuentas, cabrón.

Tiró de él con violencia y, tras conseguir levantarlo del banco, le arrastró hacia la vía. Aquello acabaría en una tragedia y la fugaz imagen del tren  arrollándole angustió al sorprendido manco y reaccionó a la desesperada. Opuso resistencia tirando de la esposa que lo tenía maniatado.

El tren ya llegaba a la estación  disminuyendo la marcha sin dejar por ello de ser una monstruosa máquina mortífera para el desconocido que, tras un tirón por parte del manco, en un violento movimiento de rotación, y en su afán de no perder a su presa no soltó a tiempo el extremo de la esposa, cayó a la vía justo en el momento que la mole de hierro finalizaba su recorrido. Fue arrollado dejando escapar un grito estremecedor.

El precio a pagar por su nueva liberación fue desorbitado. El cuerpo arrollado  arrastró al desesperado viandante hasta el mismo borde de la vía donde, al caer, acabó dejando expuesto el brazo esposado al paso de la locomotora. Ni siquiera notó la segunda amputación.

El griterío de los pasajeros que iban descendiendo del tren ya detenido era lo que menos le preocupaba al hombre tendido en el andén mientras observaba, otra vez, parte de su ensangrentado brazo a pocos metros, entre los raíles.

No sentía dolor. No sentía ya nada. Todo había ido muy rápido, casi instantáneo. Un desconocido y tremendamente molesto zumbido en lo más profundo de sus oídos parecía abocarlo hacia un desesperado estado de locura. Por segunda vez, estaba mirando de frente a la muerte. Por segunda vez, volvía a tener ese gusto metálico, ferroso, en la boca.

Sin más, progresivamente la oscuridad se adueñó de todo. Como desde el fondo de una profunda gruta oía una voz lejana, pidiéndole que no se desmayara, que siguiera respirando.

****

Siguió respirando durante mucho tiempo. Demasiados sinsabores durante tantos años... Ahora, la mirada reflejando pavor de la mujer que se acababa de cruzar volvió a recordarle que era un lisiado. Era una figura inquietante, como es la de un hombre deambulando sin brazos. Era una especie de fenómeno circense. Reconocer eso le angustiaba sobremanera. Necesitaba un  cigarro. Imposible. Menuda tontería. 

                          FIN

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