Puedes
tener justicia o puedes tener venganza, pero no ambas cosas
(Devin Grayson)
¡Oh vamos! Fue totalmente involuntario.
Podría decirse que se trató de un mero acto reflejo. La señora, ya entrada en
años y carnes, caminaba cansinamente de vuelta a casa. Al habitual dolorcillo
del juanete que la forzaba a cojear, se sumaba la carga de la compra para el
fin de semana. Iba pensando la mujer en sus cosas completamente ajena a todo lo
demás. Era viernes, tenía invitados para comer el sábado y, como no podía ser
de otra manera, tenía que salir todo perfecto. ¿Qué culpa tenía de haber
reaccionado de aquella manera? Si es que se
había llevado un susto de muerte al cruzárselo por la calle. Tardó un
poco más de la cuenta en percatarse de lo que realmente veían sus ojos.
Sólo se trataba de un pobre hombre
lisiado que caminaba en sentido contrario al de ella con un (eso sí) balanceo un
tanto extraño. La impresión que le dio al verlo le provocó un estremecimiento y
abrió unos ojos como platos. Fue la suya una reacción lo suficientemente
aparente como para no pasar inadvertida al hombre que ya estaba a su altura.
Por supuesto que su reacción resultó violenta y hasta ofensiva al desconocido y
así se lo hizo saber a la señora con su mirada incriminatoria.
Lógico y comprensible. Sólo era un
hombre lisiado. Un hombre que carecía de ambos brazos. No era un ser
perturbador, como venido de otro planeta como le había dado a entender la
grotesca visión a la cándida señora. Pobre hombre, acabó por decirse. ¿Sería
algo de nacimiento? Si no fuera eso … ¿Qué desgracia le debió ocurrir para
acabar tan maltrecho?
****
Seis días sin probar una sola calada
significaba un éxito sin precedentes. Ese domingo era, efectivamente, el sexto
día sin tabaco. Era la tercera vez que emprendía el abandono del vicio de una
manera más o menos seria y en la que más lejos había llegado. Algo le decía que
esta vez sería la definitiva aunque esa sensación ya se dejó ver de alguna
manera en las dos primeras intentonas. Lo mejor era no pensar en ello y dejar
pasar los días.
Estaba en ese mismo momento sentado en
el andén descubierto del tren de cercanías. Esperaba a que pasara el que, según
el horario oficial, llegaría en poco menos de catorce minutos. Le resultaba
curioso encontrarse solo en el andén. Tampoco es que las diez menos cuarto de
una mañana de domingo fuera una hora tan intempestiva.
Un
buen cigarrito rubio, aquí sentadito mientras espero el tren … La mente es así. No hace más que hurgar en la herida.
Al rato se dio cuenta de que no estaba solo en la estación. No reparó en qué
momento apareció por la entrada del andén. No oyó los pertinentes pasos sobre
los peldaños metálicos que conducían hacia el apeadero. El hecho de divagar
acerca del recurrente tema del tabaco parecía convertir a los demás en seres
invisibles. El recién llegado rondaría los sesenta y tantos. Presentaba una amplia calvicie aunque pobladas cejas negras,
notable barriga, brazos largos y manos desproporcionadamente grandes. Su cara
no era apenas expresiva. Mientras caminaba con una cadencia exageradamente lenta, palpaba en lo que
podría ser el bolsillo interno del abrigo. A pocos metros del banco donde él
seguía sentado sacó el desconocido un paquete de Winston. Con total parsimonia
y para desgracia del abstemio, tuvo que soportar verle encender un pitillo con
una larga y profunda calada que finalmente exhaló con una interminable columna
de humo que se iba disgregando con un ligero viento que ya llevaba un rato
removiendo alguna que otra hoja del suelo.
Apenas desapareció la última voluta de
humo, dio otra calada aunque menos profunda. Dejó que el cigarrillo se fuera
consumiendo y acabó colocándose justo delante de él, tapándole la visión de la
vía del tren. Mostraba su ancha espalda, su lustrosa calva, su ligero balanceo
como para no perder la concentración. Mantenía las manos en la espalda, una de
ellas envuelta en el humo del pitillo que sostenía.
Al cabo de un rato, el desconocido
fumador echó una última calada y lanzó con la habilidad de sus dedos el cigarro
a la vía donde, tras el impacto, escapó una maraña de minúsculas chispas.
Dijo escuetamente:
-
Fue en un sitio
como este.
Tras un incómodo silencio insistió el
desconocido, como si hablara a la vía del tren:
-
Bueno, no era una
estación descubierta como esta ya que aquello ocurrió en el metro. Muy lúgubre
por cierto.
¿Se estaba dirigiendo a él o realmente
ese desconocido estaba hablando solo en voz alta? Le pareció prudente no hacer
caso y seguir guardando silencio.
-
Fue hace tiempo
pero lo recuerdo como si fuera ayer. No lo vi con mis propios ojos gracias a
Dios. Lo que tengo grabada a fuego en la memoria es la voz del agente de policía
que me dio la trágica noticia. Pronto hará seis años de aquello. Qué jodido es
el interrogante que desde entonces permaneció sin respuesta.
“Este hombre habla muy bien. Parece un
actor pero creo que tiene un serio problema mental”. A la mínima que aquel
personaje hiciera algo sospechoso, estaba dispuesto a hacer mutis por el foro. No
quería problemas. Con lo tranquilo que estaba hacía apenas unos pocos minutos.
Miró el reloj que tenía en su muñeca derecha como si le fuera la vida en ello.
En pocos minutos llegaría el tren. Una vez dentro, mejor alejarse del presunto
enajenado ese, bien lejos y, a poder ser, sentadito.
-
Qué difícil es
para algunos hacer borrón y cuenta nueva. De hecho, hay ocasiones en las que
resulta sencillamente imposible. Lo pasé tan mal aquél día… Fue un horror,
aunque lo peor es comprobar lo inútil que resulta luchar por no recordar. El
dolor vuelve una y otra vez. La única manera de sobrellevarlo es a base de
ansiolíticos, calmantes, … no es vida. El tiempo no cura una mierda. No
funciona conmigo. Al final te das cuenta de que el remedio lo debe imponer uno
mismo.
-
¿Por qué me está
contando todo esto?. No hay nadie más aquí. No lo conozco a usted -
Por un poco más de tiempo que quedaba
hasta la llegada del tren, más le habría valido la pena permanecer callado y no
dar pie al desconocido para que siguiera con esa especie de discurso. La creciente incomodidad le obligó a buscar
otra salida. Quizás levantarse del banco y alejarse unos metros…
-
Aquél día.
Precisamente aquél día cumplía su segundo año en el Cuerpo. No pudo dar crédito
cuando tras un chivatazo tuvo la oportunidad y, por supuesto, la enorme
responsabilidad de detener a uno de los delincuentes más buscados de la ciudad.
Contaba entonces con veintiséis años y la ilusión que le confería ser policía seguía intacta. Como si fuera el
primer día. Aquello era verdadera vocación a pesar de su juventud. Yo estaba
muy orgulloso de él. ¿Qué padre no podría estarlo de un hijo como él?
El desconocido seguía hablando solo. Estaba
deambulando con su palabra, como de ensoñación en ensoñación. Por lo que fuera,
parecía tener una necesidad crucial de expresar oralmente lo que sentía.
-
No hizo otra cosa
que cumplir con su deber y lo tuvo que pagar de aquella horrible manera. Mi pobre
hijo. Con todo el futuro que tenía aún por delante – acabó la frase con cierto
atisbo de lo que parecían sollozos imposibles de disimular.
-
Vaya, lo lamento
- Definitivamente no pudo mantenerse en
silencio.
En ese momento, el desconocido se dio la
vuelta y clavó su recién mutada mirada, embargada de ira en el sorprendido y
obligado interlocutor. Se le acercó un poco más. Desde su posición, sentado en
el banco, lo veía enorme. Además de perturbado, ese tipo parecía peligroso.
-
¿Lo lamenta? ¿Qué
va usted a lamentar?
-
Perdone usted
pero no entiendo. ¿Qué quiere usted decir?
-
¿No sabe lo que
quiero decir? ¿No sabe de qué estoy hablando?
La cara de circunstancias del pobre
hombre no ayudaba en nada a la incómoda
Situación. Se percató de que más que nunca echaba de
menos un pitillo. Ni que fuera para ofrecerle uno y calmar los ánimos. Ese
hombre se alteraba por momentos.
-
Le descubrió
aquella fatídica tarde de jueves según testigos, el sospechoso estaba entre la
gente que esperaba en el andén del metro.
Decían que estaba como agazapado mientras apuraba un cigarro. Ahora ya
no se permite fumar en esos espacios. Creo que entonces aquello le hizo a usted
bajar la guardia. Aquél instante fue el propicio para que el joven policía (mi
hijo) le calara las esposas donde antes tenía usted la muñeca. El error que
cometió mi hijo fue subestimar la posibilidad de que usted reaccionase como un auténtico
animal, tras percatarse que no le estaba
apuntando con su arma reglamentaria.
Fueron aquellas
últimas palabras una revelación y en décimas de segundo revivió en su mente la
escena de aquella lejana tarde. El frío acero abarcando su muñeca y ajustándose
hasta hacerle ver las estrellas. El otro extremo de las esposas se cerró en la
muñeca de un policía cuyo siguiente gesto consistiría en desenfundar la
pistola.
Un
joven uniformado con rostro serio pero con cierto atisbo de inseguridad o
vacilación le había cazado. No obstante pudiera ser que la situación le viniera
grande. Si no hacía nada desesperado en ese momento, podía considerarse
acabado. Pronto llegarían refuerzos policiales y un gran número de años en la
cárcel. No podía acabar así. Tenía que impedirlo.
Fue
pues la desesperación la que le impulsó con una fuerza desconcertante. Tal fue
su magnitud que el joven policía, a pesar de su notable envergadura, se vio
impulsado alrededor del recién detenido
que, con una embestida lo proyectó hacia la vía donde una creciente luz
anunciaba la inminente llegada del tren a la estación.
El
policía cayó aparatosamente sobre la vía mientras su reo quedó tendido en el
arcén con el brazo esposado expuesto en la vía y a merced del tren que acabó
arrollando al policía y a él seccionándole el brazo. Pensó con desesperación
que moriría desangrado pero finalmente acabó salvando la vida tras perder el
conocimiento y despertar días después en una habitación de un hospital
cercano.
A
pesar de la vigilancia a la que estuvo sometido todo el tiempo que estuvo
ingresado en el hospital, a la semana se las ingenió para escapar. No debió ser
fácil pero en un principio se creyó que tuvo que haber mucho dinero de por
medio en forma de soborno con alguien del centro hospitalario pero nunca se
pudo demostrar nada, ni contra el hospital, ni contra los vigilantes a cargo de
su custodia. Finalmente se descartó el soborno porque el hombre en cuestión
carecía de recursos aparentemente. No se pudo demostrar la intervención de
terceras personas. La prensa lo calificó como una misteriosa desaparición.
Al
final, como ocurre con todo, el extraño caso se diluyó con el transcurso del
tiempo. Sólo quedaba en la imaginación de la gente cómo pudo ese hombre
gestionar su futuro una vez logró burlar el pasado. Un hombre sin recursos y
que carecía de un brazo.
El extraño volvió su
mirada a la vía. El creciente rumor del tren avanzando hacia la estación sobre
una vía que parecía infinitamente recta, alertó a ambos. El desconocido se
acercó al viandante con algo que emitía ciertos destellos metálicos en su mano.
A pesar de la edad, mostró bastante destreza y rapidez en sus movimientos. El
sorprendido viandante se encontró sin apenas sospecharlo, con su única muñeca
esposada; al otro extremo de la cadena, la recia mano del desconocido asía la otra esposa. La
historia se repetía.
-
Ha llegado la
hora de rendir cuentas, cabrón.
Tiró de él con
violencia y, tras conseguir levantarlo del banco, le arrastró hacia la vía.
Aquello acabaría en una tragedia y la fugaz imagen del tren arrollándole angustió al sorprendido manco y
reaccionó a la desesperada. Opuso resistencia tirando de la esposa que lo tenía
maniatado.
El tren ya llegaba a
la estación disminuyendo la marcha sin
dejar por ello de ser una monstruosa máquina mortífera para el desconocido que,
tras un tirón por parte del manco, en un violento movimiento de rotación, y en
su afán de no perder a su presa no soltó a tiempo el extremo de la esposa, cayó
a la vía justo en el momento que la mole de hierro finalizaba su recorrido. Fue
arrollado dejando escapar un grito estremecedor.
El precio a pagar por
su nueva liberación fue desorbitado. El cuerpo arrollado arrastró al desesperado viandante hasta el
mismo borde de la vía donde, al caer, acabó dejando expuesto el brazo esposado
al paso de la locomotora. Ni siquiera notó la segunda amputación.
El griterío de los
pasajeros que iban descendiendo del tren ya detenido era lo que menos le
preocupaba al hombre tendido en el andén mientras observaba, otra vez, parte de
su ensangrentado brazo a pocos metros, entre los raíles.
No sentía dolor. No
sentía ya nada. Todo había ido muy rápido, casi instantáneo. Un desconocido y
tremendamente molesto zumbido en lo más profundo de sus oídos parecía abocarlo
hacia un desesperado estado de locura. Por segunda vez, estaba mirando de
frente a la muerte. Por segunda vez, volvía a tener ese gusto metálico,
ferroso, en la boca.
Sin más,
progresivamente la oscuridad se adueñó de todo. Como desde el fondo de una
profunda gruta oía una voz lejana, pidiéndole que no se desmayara, que siguiera
respirando.
****
Siguió respirando
durante mucho tiempo. Demasiados sinsabores durante tantos años... Ahora, la
mirada reflejando pavor de la mujer que se acababa de cruzar volvió a
recordarle que era un lisiado. Era una figura inquietante, como es la de un
hombre deambulando sin brazos. Era una especie de fenómeno circense. Reconocer
eso le angustiaba sobremanera. Necesitaba un
cigarro. Imposible. Menuda tontería.
FIN
I