viernes, 27 de marzo de 2020

Sin Salida





(Relato acerca de una difícil tesitura)
Abril de 2012

¿Qué has aprendido pequeño saltamontes?
Maestro, creo que siempre hay que estar preparado para esperar lo inesperado.

           (Kung-Fu)

  

La avenida de gruesos y viejos aligustres se hallaba solitaria, inanimada, como sin vida. El paseo por una de las aceras se hacía lento y, lo que era peor, inseguro a esa avanzada hora de la tarde, cuando la luz grisácea no era más que la huella de los rayos del sol moribundo; pura penumbra que amenazaba lluvia. Odiaba la lluvia. Las tormentas le perturbaban. Cómo siempre, además, carecía de paraguas. Las fachadas de los tristes edificios, a lado y lado de la avenida no dejaban escapatoria. Los portales, lisos, austeros y fríos negaban cualquier atisbo de refugio; no sabían de escondrijos. Ningún atractivo ofrecía el barrio pero, mucho menos el tramo callejero que transitaba. Se sentía como el único habitante de la ciudad aunque sólo era una sensación, era consciente de ello y precisamente por eso aceleraba el paso. A medida que imprimía ritmo a su caminata, tomaba cuerpo en su mente la forma de una sombra siniestra que le pisaba los talones. La idea le provocaba tal pavor que le impedía siquiera echar un vistazo atrás. Caminar, caminar rápidamente. Sin llegar a correr… eso no. El inicio de una carrera a la desesperada constataba una huida. Eso no. Echar a correr era contraproducente porque exponía a las claras su temor y, éste a su vez, su carácter débil. Era un cobarde aunque, paralelamente intentaba justificarse con un susurro, apenas perceptible “más bien soy prudente”. La prudencia; una virtud imprescindible. La breve conclusión a la que llegó consiguió que esbozara una efímera sonrisa mientras continuaba imprimiendo ritmo a sus pasos. El final de la avenida se aproximaba. Por fin llegaría a la bifurcación para tomar la ancha calle de la derecha, mucho más diáfana.

Le sorprendió el parpadeo amarillento de las farolas. La noche haría en breve acto de presencia. Eso no podía evitarlo pero si se apresuraba un poco (sin correr) llegaría a su casa evitando la noche cerrada.

La silueta de un desconocido que surgió de uno de los últimos aligustres  a pocos metros delante suyo pareció desafiarle con los brazos en jarra. Tras aminorar la marcha, el desconocido relajó los brazos dejándolos colgados a lado y lado del tronco. La relajada pose tenía una componente de perversas intenciones.

El estado de gélida rigidez, tan desagradable que, si bien, paraliza al individuo externamente, por dentro, provoca una explosión de clastos que arrasa desde el estómago hasta la caja torácica enloqueciendo a un palpitante corazón, apenas le permitió notar el punzante frío de los primeros goterones salteados de una lluvia que en pocos segundos arreciaría.

No era noche cerrada todavía. Ni siquiera había concluido su presencia la impersonal tarde de ese día. Un día, a priori, como otro cualquiera, en la ciudad de siempre, en un barrio de mala muerte, avanzando y dejando atrás los estáticos y viejos aligustres, siempre cargados de convencionales hojas. Ahora se daba cuenta que había que hacer frente a una nueva situación, sin saber por qué, especialmente esa misma tarde, esperada o… mejor, temida.

En su estado de angustia, de horror ante el peligro que suponía la aparición de ese desconocido, un individuo alto aunque delgado, un tanto desarropado y con perpetuo rostro de maldad, como sin remedio que lo hacía inevitablemente repulsivo, una mínima conexión coherente en su bloqueado cerebro le propuso una breve serie de predicciones en esa indeseable tesitura en la que acababa de caer como un conejo en una trampa. La más inmediata le hacía ver, cómo tras amenazadoras órdenes se vería obligado a despojarse de todo aquello que de valor llevara encima. Era tan evidente que no quedaría así la cosa sino que, a pesar de todo, de colaborar sin ofrecer resistencia, la expresión un tanto ida del indeseable sujeto plantado ante sus narices, la severa y repulsiva cicatriz que le cruzaba la mejilla, la nariz gruesa y deforme como la de un boxeador arruinado y una de las orejas incompletas, la figura , en fin, que le aguardaba desafiante, le advertía que estaba ante un tipo peligroso; un espécimen marginado de lo que se entiende como sociedad civilizada que necesitará saciar sus ansias de venganza con el mundo a base de unos cuantos mamporrazos. El sujeto, en definitiva, necesitará su dosis regular de violencia a la vez que se hace con algo de dinero fácil. Un asco. Hasta la forma de contarlo conlleva veladamente una extraña naturalidad. Son cosas que pasan y siempre habrá alimañas dispuestas a actuar de ese modo. “Hay gente que disfruta haciendo el mal a los demás” recordaba que le decía su madre ocasionalmente.
Rompió el silencio con una voz cascada, desgastada, castigada como pocas voces había oído antes; de un sonido desagradable, incómodo, de esos que uno tiene ganas de que se silencie cuanto antes; que el individuo diga lo que tenga que decir pero rápido; esa voz que vomita con tanto esfuerzo no se puede soportar un segundo más.

Lo típico. Ni se sorprendió. La pasta y todo lo que llevara encima si no quería salir mal parado. Por lo común de la frase, casi convencional, sonaba a pura guasa, una copia mal hecha de las típicas y tópicas frases intimidatorias que tanto se oyen en el cine o se leen en las novelas baratas.

Como no reaccionaba el amenazado, el indeseado aparecido echó mano a su plan B. Claro. La navaja automática apareció con una habilidad sorprendente del bolsillo trasero del pantalón. Eso lo descolocó y estaba claro que en eso precisamente tenía que reconocerle una experiencia nada desdeñable. La cosa se complicaba y reconocía con amargura que tenía miedo, mucho miedo. Lo que sentía antes, cuando estaba solo en la avenida era una tontería, una especie de estado de alerta que, en definitiva, era inconsistente, algo etéreo y que podía desmoronarse. Lo que en ese momento tenía delante mismo, desafiándolo, no lo podía desintegrar, no podía evaporarlo simplemente pensando en otra cosa. La situación requería precisamente afrontarla.

No llevaba demasiado dinero encima y no le costó desprenderse de él pero cuando comprobó con asombro que el individuo del rostro desafortunado le pedía la cartera con todo su contenido le resultó indignante. ¿Para qué demonios la quería? ¿Qué podía interesarle las dos o tres fotografías o la documentación? No lo podía permitir y así se lo dijo con temblorosa voz, apenas perceptible por el sonido de la lluvia que ya arreciaba. Maldijo la lluvia que ya le calaba todo el cuerpo. Una maldita lluvia en una maldita tarde ya transformada en siniestra noche.

No le dio mayor opción de réplica. De un tirón le arrebató la cartera con todo su contenido, dejando como traumatizada la mano que hasta ese momento la sostenía. Notó su mano izquierda desnuda y temblorosa y por una suerte de instinto protector se la cogió con la otra mano. Humillado. Aterrorizado, aún tenía que seguir recibiendo órdenes de semejante canalla. Le tocaba el turno al reloj para que le siguiera a continuación el anillo. Era consciente de que iba a ser una presa sustanciosa para el delincuente. Iba a ser exprimido por completo. Un golpe redondo. La cadena de oro. La cadena que llevaba colgada desde niño con medalla de oro incluida. No recordaba la última vez que se la tuvo que quitar. Era parte de su cuerpo. La medalla del Sagrado corazón se la regaló su madrina cuando él no era más que un bebé. Ahora iba a desaparecer de un plumazo en manos de un desgraciado malhechor. No debía permitir que eso ocurriera pero ¿qué podía hacer? No deberían pasar estas cosas. Era escandalosamente injusto. Se lo pensaba demasiado y el que tenía enfrente no conocía en su labor la paciencia, así que cuando hizo intención de echarle la mano al cuello para arrancar de cuajo la cadena de oro, reaccionó defendiéndose y pidiendo calma con la mano. Él mismo se la daría sin necesidad de romperla. Cargado de una amarga y pesada resignación, y con la lentitud que ésta le dictaba, tanteó la cadena, su queridísima cadena de oro con su tan familiar medalla. No era un objeto que venerase con pasión pero el hecho de pensar que a partir de ese momento ya no la llevaría nunca más encima y que por tanto nunca más la podría ver ni tocar, le destrozaba por dentro. Soltó el cierre, no sin dificultad y notando cómo se iban colando por el cuello las frías gotas de la lluvia ya casi nocturna.

Mantuvo en el aire, como en un ceremonial, la cadena extendida, sostenida con precisión en sus extremos con el índice y el pulgar de cada mano. Una última mirada hacia la refulgente medalla antes de desprenderse de ella y ahí la situación se rompió, se separó en dos, se abrió como en un abismo en una décima de segundo.

Con un ruido terrible de crujido eléctrico ensordecedor, cayó encima del malhechor un deslumbrante rayo produciendo un estallido de fuego, calor extremo y humo blanco. La onda expansiva lanzó varios metros atrás al hasta entonces pobre asaltado con la cadena de oro volando de entre sus dedos. El espaldarazo sobre el mojado pavimento fue violento. Creyó haberse roto unos cuantos huesos y sólo intentó incorporarse cuando el olor a quemado se hacía ya insoportable. Le resultó muy doloroso pero consiguió sentarse notando su corazón a punto de estallar. Lo que contempló le resultó dantesco: el cadáver que yacía delante, aún humeante, estaba prácticamente carbonizado. Un cuerpo irreconocible. En el lugar donde se suponía se hallaba la axila derecha, pugnando con la lluvia, aun llameaba un agonizante fuego. No daba crédito a lo que se le ofrecía a la vista. Lo más cercano que le ofrecía la mente eran las numerosas descripciones que uno de sus autores favoritos, H.P. Lovecraft realizaba acerca de engendros, cuerpos despanzurrados, masas informes y demás.

Obviamente, de la cartera, el reloj y el anillo no parecía quedar rastro. En ese momento reparó en su cadena de oro y ahí estaba cerca de donde cayó. Al intentar cogerla se horrorizó al ver que las yemas de sus dedos estaban chamuscadas. No notaba dolor, se limitó a abrir las manos y a dejar que la lluvia las mojara y refrescara. Los acontecimientos le habían desbordado por completo. Estaba absorto contemplando la brillante cadena en el suelo, majestuosa, recibiendo todo un aguacero en sus relucientes eslabones invisibles.

El dolor empezó a abrirse paso por sus dedos quemados. La daba la sensación de no ser digno de llevar esa cadena con tanta historia y tantos sentimientos acumulados en ella. Parecía hablarle ese pedazo de metal precioso recriminándole su patética sumisión. Sin haber ofrecido resistencia, se dejó desplumar, despojarse hasta de lo más querido; lo que más celosamente llevaba consigo. Se sintió anímicamente mal pero acabó recogiendo su cadena y, tras lo que parecía una eternidad, se la colgó de nuevo en el cuello. Echó un último vistazo a los restos que yacían en el mojado pavimento, carbonizados y aun humeantes  del que fuera su asaltante. Nada. Qué raro. Ni resto de su cartera, ni del reloj ni del anillo…

Siguió su camino, tambaleante al principio, calado hasta los huesos después (a partir de entonces adoraría las tormentas) hacia el final de la maldita calle.

                   FIN

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