sábado, 21 de marzo de 2020

Un desconocido incomodando




Puedes tener justicia o puedes tener venganza, pero no ambas cosas
(Devin Grayson)


¡Oh vamos! Fue totalmente involuntario. Podría decirse que se trató de un mero acto reflejo. La señora, ya entrada en años y carnes, caminaba cansinamente de vuelta a casa. Al habitual dolorcillo del juanete que la forzaba a cojear, se sumaba la carga de la compra para el fin de semana. Iba pensando la mujer en sus cosas completamente ajena a todo lo demás. Era viernes, tenía invitados para comer el sábado y, como no podía ser de otra manera, tenía que salir todo perfecto. ¿Qué culpa tenía de haber reaccionado de aquella manera? Si es que se  había llevado un susto de muerte al cruzárselo por la calle. Tardó un poco más de la cuenta en percatarse de lo que realmente veían sus ojos. 

Sólo se trataba de un pobre hombre lisiado que caminaba en sentido contrario al de ella con un (eso sí) balanceo un tanto extraño. La impresión que le dio al verlo le provocó un estremecimiento y abrió unos ojos como platos. Fue la suya una reacción lo suficientemente aparente como para no pasar inadvertida al hombre que ya estaba a su altura. Por supuesto que su reacción resultó violenta y hasta ofensiva al desconocido y así se lo hizo saber a la señora con su mirada incriminatoria.

Lógico y comprensible. Sólo era un hombre lisiado. Un hombre que carecía de ambos brazos. No era un ser perturbador, como venido de otro planeta como le había dado a entender la grotesca visión a la cándida señora. Pobre hombre, acabó por decirse. ¿Sería algo de nacimiento? Si no fuera eso … ¿Qué desgracia le debió ocurrir para acabar tan maltrecho?

****

Seis días sin probar una sola calada significaba un éxito sin precedentes. Ese domingo era, efectivamente, el sexto día sin tabaco. Era la tercera vez que emprendía el abandono del vicio de una manera más o menos seria y en la que más lejos había llegado. Algo le decía que esta vez sería la definitiva aunque esa sensación ya se dejó ver de alguna manera en las dos primeras intentonas. Lo mejor era no pensar en ello y dejar pasar los días.
Estaba en ese mismo momento sentado en el andén descubierto del tren de cercanías. Esperaba a que pasara el que, según el horario oficial, llegaría en poco menos de catorce minutos. Le resultaba curioso encontrarse solo en el andén. Tampoco es que las diez menos cuarto de una mañana de domingo fuera una hora tan intempestiva.
Un buen cigarrito rubio, aquí sentadito mientras espero el tren … La mente es así. No hace más que hurgar en la herida. Al rato se dio cuenta de que no estaba solo en la estación. No reparó en qué momento apareció por la entrada del andén. No oyó los pertinentes pasos sobre los peldaños metálicos que conducían hacia el apeadero. El hecho de divagar acerca del recurrente tema del tabaco parecía convertir a los demás en seres invisibles. El recién llegado rondaría los sesenta y tantos. Presentaba una  amplia calvicie aunque pobladas cejas negras, notable barriga, brazos largos y manos desproporcionadamente grandes. Su cara no era apenas expresiva. Mientras caminaba con una cadencia  exageradamente lenta, palpaba en lo que podría ser el bolsillo interno del abrigo. A pocos metros del banco donde él seguía sentado sacó el desconocido un paquete de Winston. Con total parsimonia y para desgracia del abstemio, tuvo que soportar verle encender un pitillo con una larga y profunda calada que finalmente exhaló con una interminable columna de humo que se iba disgregando con un ligero viento que ya llevaba un rato removiendo alguna que otra hoja del suelo.

Apenas desapareció la última voluta de humo, dio otra calada aunque menos profunda. Dejó que el cigarrillo se fuera consumiendo y acabó colocándose justo delante de él, tapándole la visión de la vía del tren. Mostraba su ancha espalda, su lustrosa calva, su ligero balanceo como para no perder la concentración. Mantenía las manos en la espalda, una de ellas envuelta en el humo del pitillo que sostenía.

Al cabo de un rato, el desconocido fumador echó una última calada y lanzó con la habilidad de sus dedos el cigarro a la vía donde, tras el impacto, escapó una maraña de minúsculas chispas.

Dijo escuetamente:

-          Fue en un sitio como este.

Tras un incómodo silencio insistió el desconocido, como si hablara a la vía del tren:

-          Bueno, no era una estación descubierta como esta ya que aquello ocurrió en el metro. Muy lúgubre por cierto.

¿Se estaba dirigiendo a él o realmente ese desconocido estaba hablando solo en voz alta? Le pareció prudente no hacer caso y seguir guardando silencio.

-          Fue hace tiempo pero lo recuerdo como si fuera ayer. No lo vi con mis propios ojos gracias a Dios. Lo que tengo grabada a fuego en la memoria es la voz del agente de policía que me dio la trágica noticia. Pronto hará seis años de aquello. Qué jodido es el interrogante que desde entonces permaneció sin respuesta.

“Este hombre habla muy bien. Parece un actor pero creo que tiene un serio problema mental”. A la mínima que aquel personaje hiciera algo sospechoso, estaba dispuesto a hacer mutis por el foro. No quería problemas. Con lo tranquilo que estaba hacía apenas unos pocos minutos. Miró el reloj que tenía en su muñeca derecha como si le fuera la vida en ello. En pocos minutos llegaría el tren. Una vez dentro, mejor alejarse del presunto enajenado ese, bien lejos y, a poder ser, sentadito.

-          Qué difícil es para algunos hacer borrón y cuenta nueva. De hecho, hay ocasiones en las que resulta sencillamente imposible. Lo pasé tan mal aquél día… Fue un horror, aunque lo peor es comprobar lo inútil que resulta luchar por no recordar. El dolor vuelve una y otra vez. La única manera de sobrellevarlo es a base de ansiolíticos, calmantes, … no es vida. El tiempo no cura una mierda. No funciona conmigo. Al final te das cuenta de que el remedio lo debe imponer uno mismo.

-          ¿Por qué me está contando todo esto?. No hay nadie más aquí. No lo conozco a usted - 

Por un poco más de tiempo que quedaba hasta la llegada del tren, más le habría valido la pena permanecer callado y no dar pie al desconocido para que siguiera con esa especie de discurso.  La creciente incomodidad le obligó a buscar otra salida. Quizás levantarse del banco y alejarse unos metros…

-          Aquél día. Precisamente aquél día cumplía su segundo año en el Cuerpo. No pudo dar crédito cuando tras un chivatazo tuvo la oportunidad y, por supuesto, la enorme responsabilidad de detener a uno de los delincuentes más buscados de la ciudad. Contaba entonces con veintiséis años y la ilusión que le confería  ser policía seguía intacta. Como si fuera el primer día. Aquello era verdadera vocación a pesar de su juventud. Yo estaba muy orgulloso de él. ¿Qué padre no podría estarlo de un hijo como él?

El desconocido seguía hablando solo. Estaba deambulando con su palabra, como de ensoñación en ensoñación. Por lo que fuera, parecía tener una necesidad crucial de expresar oralmente lo que sentía.

-         No hizo otra cosa que cumplir con su deber y lo tuvo que pagar de aquella horrible manera. Mi pobre hijo. Con todo el futuro que tenía aún por delante – acabó la frase con cierto atisbo de lo que parecían sollozos imposibles de disimular.

-         Vaya, lo lamento -  Definitivamente no pudo mantenerse en silencio. 

En ese momento, el desconocido se dio la vuelta y clavó su recién mutada mirada, embargada de ira en el sorprendido y obligado interlocutor. Se le acercó un poco más. Desde su posición, sentado en el banco, lo veía enorme. Además de perturbado, ese tipo parecía peligroso.

-         ¿Lo lamenta? ¿Qué va usted a lamentar?
-         Perdone usted pero no entiendo. ¿Qué quiere usted decir?
-         ¿No sabe lo que quiero decir? ¿No sabe de qué estoy hablando?

La cara de circunstancias del pobre hombre no ayudaba en nada a la incómoda
Situación. Se percató de que más que nunca echaba de menos un pitillo. Ni que fuera para ofrecerle uno y calmar los ánimos. Ese hombre se alteraba por momentos.

-          Le descubrió aquella fatídica tarde de jueves según testigos, el sospechoso estaba entre la gente que esperaba en el andén del metro.  Decían que estaba como agazapado mientras apuraba un cigarro. Ahora ya no se permite fumar en esos espacios. Creo que entonces aquello le hizo a usted bajar la guardia. Aquél instante fue el propicio para que el joven policía (mi hijo) le calara las esposas donde antes tenía usted la muñeca. El error que cometió mi hijo fue subestimar la posibilidad de que usted reaccionase como un auténtico animal, tras percatarse  que no le estaba apuntando con su arma reglamentaria.

Fueron aquellas últimas palabras una revelación y en décimas de segundo revivió en su mente la escena de aquella lejana tarde. El frío acero abarcando su muñeca y ajustándose hasta hacerle ver las estrellas. El otro extremo de las esposas se cerró en la muñeca de un policía cuyo siguiente gesto consistiría en desenfundar la pistola.

            Un joven uniformado con rostro serio pero con cierto atisbo de inseguridad o vacilación le había cazado. No obstante pudiera ser que la situación le viniera grande. Si no hacía nada desesperado en ese momento, podía considerarse acabado. Pronto llegarían refuerzos policiales y un gran número de años en la cárcel. No podía acabar así. Tenía que impedirlo.

            Fue pues la desesperación la que le impulsó con una fuerza desconcertante. Tal fue su magnitud que el joven policía, a pesar de su notable envergadura, se vio impulsado alrededor del recién detenido  que, con una embestida lo proyectó hacia la vía donde una creciente luz anunciaba la inminente llegada del tren a la estación.

            El policía cayó aparatosamente sobre la vía mientras su reo quedó tendido en el arcén con el brazo esposado expuesto en la vía y a merced del tren que acabó arrollando al policía y a él seccionándole el brazo. Pensó con desesperación que moriría desangrado pero finalmente acabó salvando la vida tras perder el conocimiento y despertar días después en una habitación de un hospital cercano. 

            A pesar de la vigilancia a la que estuvo sometido todo el tiempo que estuvo ingresado en el hospital, a la semana se las ingenió para escapar. No debió ser fácil pero en un principio se creyó que tuvo que haber mucho dinero de por medio en forma de soborno con alguien del centro hospitalario pero nunca se pudo demostrar nada, ni contra el hospital, ni contra los vigilantes a cargo de su custodia. Finalmente se descartó el soborno porque el hombre en cuestión carecía de recursos aparentemente. No se pudo demostrar la intervención de terceras personas. La prensa lo calificó como una misteriosa desaparición.

            Al final, como ocurre con todo, el extraño caso se diluyó con el transcurso del tiempo. Sólo quedaba en la imaginación de la gente cómo pudo ese hombre gestionar su futuro una vez logró burlar el pasado. Un hombre sin recursos y que carecía de un brazo.

El extraño volvió su mirada a la vía. El creciente rumor del tren avanzando hacia la estación sobre una vía que parecía infinitamente recta, alertó a ambos. El desconocido se acercó al viandante con algo que emitía ciertos destellos metálicos en su mano. A pesar de la edad, mostró bastante destreza y rapidez en sus movimientos. El sorprendido viandante se encontró sin apenas sospecharlo, con su única muñeca esposada; al otro extremo de la cadena, la recia mano  del desconocido asía la otra esposa. La historia se repetía.

-          Ha llegado la hora de rendir cuentas, cabrón.

Tiró de él con violencia y, tras conseguir levantarlo del banco, le arrastró hacia la vía. Aquello acabaría en una tragedia y la fugaz imagen del tren  arrollándole angustió al sorprendido manco y reaccionó a la desesperada. Opuso resistencia tirando de la esposa que lo tenía maniatado.

El tren ya llegaba a la estación  disminuyendo la marcha sin dejar por ello de ser una monstruosa máquina mortífera para el desconocido que, tras un tirón por parte del manco, en un violento movimiento de rotación, y en su afán de no perder a su presa no soltó a tiempo el extremo de la esposa, cayó a la vía justo en el momento que la mole de hierro finalizaba su recorrido. Fue arrollado dejando escapar un grito estremecedor.

El precio a pagar por su nueva liberación fue desorbitado. El cuerpo arrollado  arrastró al desesperado viandante hasta el mismo borde de la vía donde, al caer, acabó dejando expuesto el brazo esposado al paso de la locomotora. Ni siquiera notó la segunda amputación.

El griterío de los pasajeros que iban descendiendo del tren ya detenido era lo que menos le preocupaba al hombre tendido en el andén mientras observaba, otra vez, parte de su ensangrentado brazo a pocos metros, entre los raíles.

No sentía dolor. No sentía ya nada. Todo había ido muy rápido, casi instantáneo. Un desconocido y tremendamente molesto zumbido en lo más profundo de sus oídos parecía abocarlo hacia un desesperado estado de locura. Por segunda vez, estaba mirando de frente a la muerte. Por segunda vez, volvía a tener ese gusto metálico, ferroso, en la boca.

Sin más, progresivamente la oscuridad se adueñó de todo. Como desde el fondo de una profunda gruta oía una voz lejana, pidiéndole que no se desmayara, que siguiera respirando.

****

Siguió respirando durante mucho tiempo. Demasiados sinsabores durante tantos años... Ahora, la mirada reflejando pavor de la mujer que se acababa de cruzar volvió a recordarle que era un lisiado. Era una figura inquietante, como es la de un hombre deambulando sin brazos. Era una especie de fenómeno circense. Reconocer eso le angustiaba sobremanera. Necesitaba un  cigarro. Imposible. Menuda tontería. 

                          FIN

I

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