No supo con certeza si despertó de un sueño o recuperó el conocimiento tras una conmoción. No sabía qué le había ocurrido. Empezó a mirar en derredor y se veía incapaz de ubicarse. El sofá era enorme. Podía estirarse cuan largo era. Y cómodo, de un color crema pálido muy acogedor y que imitaba a piel. Notaba un leve dolor de cabeza y un molesto pitido en los oídos. ¿Qué día era? ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo o ... fuera de combate?. Intentó incorporarse y le costó un esfuerzo ímprobo quedarse sentado. Sentía un poco de frío en el cuerpo. ¿Qué había sido de sus tejanos? ¿Dónde estaba? Esa especie de salón comedor era la primera vez que lo veía. Era todo de un estilo muy minimalista. Apenas un par de estatuillas sobre una cómoda y alguna vasija de cierta antigüedad. Pocos libros en un estante de madera en la pared que tenía enfrente, a la izquierda de un televisor de discretas dimensiones. En la pared de la izquierda colgaba un cuadro cuyos lúgubres colores representaban una escena nocturna muy extraña, como de un ritual en el que unos pocos danzaban escasamente iluminados por lo que se suponía debía ser una misteriosa luna cenital.
En la pared que había a su espalda, en el lado izquierdo había una ventana cubierta por una fina cortina gris. Quiso levantarse para dirigirse a la ventana y asomarse pero la arcada que surgió de la boca del estómago y pugnaba por superar la garganta le hizo desistir del intento. "Debió ser una juerga acojonante la de anoche". No tenía otra explicación. A saber qué hierba acabó fumando. Menudo viaje nocturno se dió, para acabar no recordando nada. Cerró fuertemente los párpados y se los frotó para sentir cierto alivio. Tenía que despejarse. En la mitad derecha de la pared de enfrente, había una puerta entreabierta que dejaba ver lo que parecía el fregadero de la cocina. ¡Agua!. ¡Por el amor de Dios, nunca antes se había sentido tan sediento!
Intentó incorporarse de nuevo. Al apoyarse para quedarse sentado en el sofá notó un pinchazo en el antebrazo izquierdo. Inmerso en su mareo y la incesante sensación de náusea intentó observar la parte interna del brazo, a la altura del codo. Ahí tenía una especie de esparadrapo blanco. ¿Se había pinchado?. Ni hablar. Él no. ¿Quién?. ¿Qué coño le habían metido? Volvió a frotarse los ojos. ¿Por qué no recordaba nada? ¿Y si no fue una noche de desfase? ¿Y si resulta que le habían secuestrado?
El corazón le latía con más fuerza. Se estaba poniendo nervioso por momentos. Más por el malestar, tan profundo que por el hecho de no recordar nada.
Intentó avanzar hacia la cocina. Aquello le iba a costar más de lo que pensaba. No era para nada normal ese profundo mareo. Curiosamente, no sentía ni un atisbo de resaca como de costumbre tras una fiesta de desfase. Sólo ese mareo nauseabundo y la extrema flojera que amenazaban con hacerle caer de bruces a mitad de camino a la cocina. El primer vaso que cogió se precipitó al suelo quebrándose en cientos de fragmentos, tal era la torpeza que le tenía maniatado. Menudo estropicio, pensó. Si había alguien más en el piso, no tardaría en acudir. Con sumo cuidado, sin poder evitar cierta imprecisión por el temblor de la mano, cogió otro vaso y lo llenó en el grifo. Empezó a beber y la agradable sensación del agua fresca fluyendo por su reseca boca y garganta le impulsó a beber con más ansias atragantándose al final y expulsando parte de lo ingerido en medio de un ataque de tos. Estaba claro que no se encontraba bien. Algo estaba fallando. Cuando cesó la tos volvió a beber un poco más de agua y acabó sintiendo cierto bienestar. Con los sentidos algo más despejados, reparó en cierto escozor en el pie derecho, por encima del tobillo. Había otro esparadrapo adherido. Se acercó no sin dificultad al salón y se sentó de nuevo en el sofá. Le perturbaba la certeza de que allí nunca había estado antes. Le perturbaba tanto como la escena del ritual nocturno del cuadro de la pared. Por lo demás, todo en la estancia parecía normal. En el mueble que tenía frente a sí había una fotografía de una mujer de unos treinta años como mucho. Era morena y muy guapa. Seguramente sería quién viviera en ese piso. ¿Se enrolló con ella esa noche? Una lástima, un revolcón con una mujer como esa y no recordar nada.
Se oyó el sonido del pomo de una puerta al abrirse. Venía de su derecha, más allá de una puerta que parecía dar a un pasillo. Pasos acercándose.
- Estás despierto por fin. Vaya, menudo estropicio - empezó a recoger los restos del vaso. Me supo fatal pero no estaba aún en condiciones de ayudarla.
La voz era preciosa, muy sensual, jovial y, lo mejor de todo, pertenecía a la mujer de la foto. Vestía un salto de cama salmón que le llegaba a medio muslo, y exageradamente abierto en el torso dejando bien a la vista el nacimiento de los pechos. Era un bombón en toda regla.
- ¿Do... dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
- Pobrecito mío. Estabas bien perjudicado cuando caíste en mis redes cariño. No me extraña que no recuerdes nada corazón.
- No sólo no recuerdo nada. Lo peor es que me encuentro fatal.
- Bueno claro, es normal. Creo que bebiste como un cosaco. Además, acabaste la noche metiéndote un poco de todo.
- No me lo puedo creer. Oye. No te conozco. Ni siquiera me suena tú cara.
- ¿De verdad dices eso? Me rompes el corazón cielo - contestó sobreactuando como una mala actriz de teatro. Se sentó a su lado en el sofá. Su perfume desprendía un aroma dulzón.
- De verdad que no entiendo qué ha pasado. Te agradezco lo que has hecho por mí. Gracias por traerme a tu casa, pero creo que lo mejor es que ya me vaya.
- ¿Estás hablando en serio?
- Eh... Sí.
-¿A qué tanta prisa?. Es sábado cariño. No tienes buen aspecto y te convendría recuperarte un poco ... ¡Bribonzuelo!
En su fuero interno sabía que ella tenía razón. Tampoco pasaba nada grave por esperar un tiempo más para procurar recuperarse un poco.
- ¿Cómo te llamas?
- ¡Qué desilusión! No lo recuerdas - contestó ella sin abandonar el tono socarrón - Me llamo Selena.
- Vaya, eres la primera Selena que conozco
- Bueno, está claro que es una manera de hablar porque no me conoces. Solamente lo que has podido conocerme en este ratito ya que no recuerdas nada en absoluto de la pasada noche.
Aquello no podía estar ocurriendo. Recordó el momento en el que salió de la facultad. Cuando llegó a casa. Recordó incluso lo que comió. Era viernes y había quedada nocturna.... ¿Qué pasó?.
- Pasó que te topaste conmigo cariño - contestó ella como si le leyera la mente.
- Eh... Ya.
- Fue fantástico, bombón. No puedo entender que no recuerdes nada de nada.
- En fin. No me encuentro bien. Descansaré un poco más antes de irme. Es como si tuviera todo el cuerpo del revés.
- Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Ven, te ayudaré a tumbarte en la cama de la habitación.
Una cama mullida, de muelles por supuesto. El ligero chirrido al menor movimiento era inconfundible. Era uno de los sonidos de la infancia. Acabó cerrando los ojos y sumergiéndose de nuevo en un profundo sueño.
Le costó lo indecible abrir los ojos. Enfrente, otro siniestro cuadro. Un ritual alrededor del fuego. Seguía mareado. No tenía la menor idea del tiempo que llevaba durmiendo. Notaba cierto placer extraño que acababa concretándose en un ligero escozor cerca del tobillo. No estaba solo. Ahí estaba ella, boca abajo entre sus piernas pero su cabeza parecía más alejada de lo deseable para una felación. ¿Qué estaba haciendo ahí, a la altura del tobillo? ¿Le estaba chupando el pié? El intenso escozor justo encima del tobillo... Era eso. Le estaba ... ¿succionando?. Movió instintivamente la pierna sorprendiéndose de la extrema debilidad que le maniataba. Notó de golpe una arcada de nuevo. ¿Qué estaba ocurriendo?
- Deja de moverte.
Arrodillada al pie de la cama, cogiéndole firmemente por los tobillos mostraba los sensuales labios manchados de sangre y tras el largo flequillo humedecido en sudor asomaban sus ojos que tenían un aspecto extraño. Parecían hinchados, con expresión perturbadora y ligeramente inyectados en sangre. Empezó a sonreír exhibiendo unos inquietantes colmillos. Suavizó algo su expresión.
- No te muevas cariño. Ya casi estoy acabando.
Intentó incorporarse de nuevo. Al apoyarse para quedarse sentado en el sofá notó un pinchazo en el antebrazo izquierdo. Inmerso en su mareo y la incesante sensación de náusea intentó observar la parte interna del brazo, a la altura del codo. Ahí tenía una especie de esparadrapo blanco. ¿Se había pinchado?. Ni hablar. Él no. ¿Quién?. ¿Qué coño le habían metido? Volvió a frotarse los ojos. ¿Por qué no recordaba nada? ¿Y si no fue una noche de desfase? ¿Y si resulta que le habían secuestrado?
El corazón le latía con más fuerza. Se estaba poniendo nervioso por momentos. Más por el malestar, tan profundo que por el hecho de no recordar nada.
Intentó avanzar hacia la cocina. Aquello le iba a costar más de lo que pensaba. No era para nada normal ese profundo mareo. Curiosamente, no sentía ni un atisbo de resaca como de costumbre tras una fiesta de desfase. Sólo ese mareo nauseabundo y la extrema flojera que amenazaban con hacerle caer de bruces a mitad de camino a la cocina. El primer vaso que cogió se precipitó al suelo quebrándose en cientos de fragmentos, tal era la torpeza que le tenía maniatado. Menudo estropicio, pensó. Si había alguien más en el piso, no tardaría en acudir. Con sumo cuidado, sin poder evitar cierta imprecisión por el temblor de la mano, cogió otro vaso y lo llenó en el grifo. Empezó a beber y la agradable sensación del agua fresca fluyendo por su reseca boca y garganta le impulsó a beber con más ansias atragantándose al final y expulsando parte de lo ingerido en medio de un ataque de tos. Estaba claro que no se encontraba bien. Algo estaba fallando. Cuando cesó la tos volvió a beber un poco más de agua y acabó sintiendo cierto bienestar. Con los sentidos algo más despejados, reparó en cierto escozor en el pie derecho, por encima del tobillo. Había otro esparadrapo adherido. Se acercó no sin dificultad al salón y se sentó de nuevo en el sofá. Le perturbaba la certeza de que allí nunca había estado antes. Le perturbaba tanto como la escena del ritual nocturno del cuadro de la pared. Por lo demás, todo en la estancia parecía normal. En el mueble que tenía frente a sí había una fotografía de una mujer de unos treinta años como mucho. Era morena y muy guapa. Seguramente sería quién viviera en ese piso. ¿Se enrolló con ella esa noche? Una lástima, un revolcón con una mujer como esa y no recordar nada.
Se oyó el sonido del pomo de una puerta al abrirse. Venía de su derecha, más allá de una puerta que parecía dar a un pasillo. Pasos acercándose.
- Estás despierto por fin. Vaya, menudo estropicio - empezó a recoger los restos del vaso. Me supo fatal pero no estaba aún en condiciones de ayudarla.
La voz era preciosa, muy sensual, jovial y, lo mejor de todo, pertenecía a la mujer de la foto. Vestía un salto de cama salmón que le llegaba a medio muslo, y exageradamente abierto en el torso dejando bien a la vista el nacimiento de los pechos. Era un bombón en toda regla.
- ¿Do... dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
- Pobrecito mío. Estabas bien perjudicado cuando caíste en mis redes cariño. No me extraña que no recuerdes nada corazón.
- No sólo no recuerdo nada. Lo peor es que me encuentro fatal.
- Bueno claro, es normal. Creo que bebiste como un cosaco. Además, acabaste la noche metiéndote un poco de todo.
- No me lo puedo creer. Oye. No te conozco. Ni siquiera me suena tú cara.
- ¿De verdad dices eso? Me rompes el corazón cielo - contestó sobreactuando como una mala actriz de teatro. Se sentó a su lado en el sofá. Su perfume desprendía un aroma dulzón.
- De verdad que no entiendo qué ha pasado. Te agradezco lo que has hecho por mí. Gracias por traerme a tu casa, pero creo que lo mejor es que ya me vaya.
- ¿Estás hablando en serio?
- Eh... Sí.
-¿A qué tanta prisa?. Es sábado cariño. No tienes buen aspecto y te convendría recuperarte un poco ... ¡Bribonzuelo!
En su fuero interno sabía que ella tenía razón. Tampoco pasaba nada grave por esperar un tiempo más para procurar recuperarse un poco.
- ¿Cómo te llamas?
- ¡Qué desilusión! No lo recuerdas - contestó ella sin abandonar el tono socarrón - Me llamo Selena.
- Vaya, eres la primera Selena que conozco
- Bueno, está claro que es una manera de hablar porque no me conoces. Solamente lo que has podido conocerme en este ratito ya que no recuerdas nada en absoluto de la pasada noche.
Aquello no podía estar ocurriendo. Recordó el momento en el que salió de la facultad. Cuando llegó a casa. Recordó incluso lo que comió. Era viernes y había quedada nocturna.... ¿Qué pasó?.
- Pasó que te topaste conmigo cariño - contestó ella como si le leyera la mente.
- Eh... Ya.
- Fue fantástico, bombón. No puedo entender que no recuerdes nada de nada.
- En fin. No me encuentro bien. Descansaré un poco más antes de irme. Es como si tuviera todo el cuerpo del revés.
- Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Ven, te ayudaré a tumbarte en la cama de la habitación.
Una cama mullida, de muelles por supuesto. El ligero chirrido al menor movimiento era inconfundible. Era uno de los sonidos de la infancia. Acabó cerrando los ojos y sumergiéndose de nuevo en un profundo sueño.
Le costó lo indecible abrir los ojos. Enfrente, otro siniestro cuadro. Un ritual alrededor del fuego. Seguía mareado. No tenía la menor idea del tiempo que llevaba durmiendo. Notaba cierto placer extraño que acababa concretándose en un ligero escozor cerca del tobillo. No estaba solo. Ahí estaba ella, boca abajo entre sus piernas pero su cabeza parecía más alejada de lo deseable para una felación. ¿Qué estaba haciendo ahí, a la altura del tobillo? ¿Le estaba chupando el pié? El intenso escozor justo encima del tobillo... Era eso. Le estaba ... ¿succionando?. Movió instintivamente la pierna sorprendiéndose de la extrema debilidad que le maniataba. Notó de golpe una arcada de nuevo. ¿Qué estaba ocurriendo?
- Deja de moverte.
Arrodillada al pie de la cama, cogiéndole firmemente por los tobillos mostraba los sensuales labios manchados de sangre y tras el largo flequillo humedecido en sudor asomaban sus ojos que tenían un aspecto extraño. Parecían hinchados, con expresión perturbadora y ligeramente inyectados en sangre. Empezó a sonreír exhibiendo unos inquietantes colmillos. Suavizó algo su expresión.
- No te muevas cariño. Ya casi estoy acabando.
FIN
