Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.
(Albert Camus)
Estaba agotado. Le dolía todo. El
día había sido especialmente ajetreado, intenso. Se sentía como un púgil de
esos que no conoce lo que es dar tregua. No llevaba la cuenta de las vueltas
que llevaba dadas en la cama. De puro cansancio, no lograba conciliar el sueño.
La acumulación de tensión, se decía. Sólo es eso. El caso
es que, como siempre sucede, acabó durmiéndose sin darse cuenta. Un sueño un
tanto incómodo, como inestable, con tendencia a zozobrar y a hundirse en las
frías y oscuras aguas al menos golpe de viento. Realmente así sucedió. Empezó
como una especie de aviso intermitente en la lejana orilla, con la cadencia de
un pequeño faro. Una luz insistente acompañada de un sonido también
intermitente, como un silbido metálico y molesto.
Abrió los ojos. La alarma de un coche. De nuevo en vela se dio la vuelta
entre el susurro de las sábanas. Cerró los ojos pero el penetrante sonido
seguía insistente, calándose a través de la ventana de la habitación. Aquello
ya era desesperante. Valoraba la posibilidad de dar por perdida la noche y no
darle más vueltas. Un hálito de preocupación le corrió por la desvelada mente. El
sonido venía de muy cerca. ¿Y si fuera la alarma de su propio coche? Sí. ¿Por
qué no? Lo había aparcado ahí mismo. El barrio no era seguro y un día u otro
podía tocarle a su coche. Fue pensar eso mismo, y el mecanismo mental entró en
una fase irreversible. No dormiría ya seguro. Se levantó de mala manera, con
patente cabreo y se acercó a la ventana entreabierta. La persiana estaba a
medio cerrar y con un violento tirón la acabó de abrir. El sonido de la alarma
continuaba y a cada minuto que pasaba se le hacía más insoportable. Desde ahí
no lograba ver su coche ya que lo había aparcado un tanto alejado de casa. No
obstante aún estaba oscuro y se notaba el intermitente resplandor de unas luces
color ámbar. ¿En serio iba a tener que bajar a la calle para comprobarlo? La
incesante molestia sonora le espoleó y se enfundó en sus pantalones tejanos.
Una camisa de cuadros de manga larga sustituyó la parte superior del pijama
plagado de ridículos rombos de colores llamativos. Bajó los tres pisos por las
escaleras torpemente. Ni siquiera encendió la luz del rellano porque no quería
llamar la atención y ya se basaba con la débil luz de emergencia. Agradeció la
ligera brisa fresquita de la noche. Su piso se había caldeado demasiado con el
sol de todo el día.
Al salir empezó a recorrer la acera a su derecha hacia donde recordaba
haber aparcado su coche. La alarma sonaba cada vez más cerca y las luces
intermitentes se divisaban en la noche. En efecto era su propio coche el que se
“quejaba de algo”. ¿Algún intruso? ¿Algún pardillo que hubiera aparcado
bruscamente?
La primera en la frente. No podía ser verdad. El maletero estaba abierto.
Aceleró el paso y se colocó justo en la parte trasera del coche. El oscuro
espacio del maletero se le antojó como un pozo abismal. Ahí no había nada.
Nada. Ni siquiera la llave de las ruedas.
Recibió el impacto en plena zona occipital del cráneo. Fue un golpe seco,
rápido, sordo. La llave metálica no llegó a fracturar el hueso a pesar de la
brecha abierta. El agresor recogió del suelo al dueño del vehículo y lo dejó
caer en el interior del maletero. Los amortiguadores acusaban el gran peso del
cuerpo inerte. Hurgó en los bolsillos y cuando dio con las llaves cerró con
violencia el maletero y posteriormente se sentó al volante. Tenía las manos
temblorosas y continuaba con los síntomas de profunda ansiedad cuando, al
volver en sí hacía un rato se vio encerrado en ese mismo maletero. Se tocó la
cabeza mientras separaba el coche de la acera. Tenía una herida en la cabeza
que producía un profundo dolor. Notó que la sangre estaba seca pero no sabía
del alcance de la gravedad de la misma, cosa que tenía pensado averiguar en
cuanto llegara a su piso situado en la segunda planta de la calle del Bierzo,
al otro lado de la ciudad. Lo había pasado mal pero finalmente la venganza
había sido consumada. Ahora llevaba consigo al cabrón que pocas horas antes por
poco le había matado. Por suerte, el
portón del maletero no ajustaba bien y pudo liberarse no sin cierta dificultad.
Ahora se cambiaron las tornas. Le había dado a probar de su propia medicina,
pensaba sonriendo.
Tenía ganas de llegar a su destino y
por eso, a pesar del comprometedor
“paquete” que transportaba, no le hacía ascos a rebasar el límite permitido de
velocidad en el interior de la ciudad. Las luces de la ciudad pasaban velocidad
de vértigo. Incluso en el interior del túnel de casi dos kilómetros de longitud
no le dio por levantar el pie del acelerador. Por fin se acercaba al
extrarradio de la ciudad, El pésimo estado del asfalto, plagado de brechas y
baches anunciaba la proximidad de su desangelado barrio. La velocidad no
aminoró y la suspensión del coche tuvo que emplearse a fondo, y aun así, los
golpes del cuerpo inerte contra las paredes del maletero por el violento
traqueteo se notaban incluso desde el asiento del conductor. Poco le preocupaba
a éste. El fiambre lo tenía bien merecido. Un semáforo repentinamente iluminaba
la avenida en flamante bermellón. La escandalosa luz no le hubiera impedido
seguir su camino a alta velocidad pero la moto del policía local con su luz
trasera de delatador azul eléctrico le persuadió para ser en ese caso concreto
un buen conductor.
Trazar correctamente la rotonda que daba a la entrada de su oscura calle
era también tarea obligada. Encontrar aparcamiento, a ser posible cerca de
donde vivía también era de agradecer. Tener que ascender por la escalera las
dos plantas para llegar a su mugriento apartamento a esas horas intempestivas
le suponía algo más que una mera incomodidad, era un auténtico coñazo, con
todas las ñ.
Finalmente todo había acabado mejor de lo que esperaba. Su vida había
corrido peligro como nunca pero supo darle finalmente la vuelta a la situación.
Se había librado por fin de su peor enemigo. Mañana ya pensaría en cómo
deshacerse del cadáver. Lo que tenía
claro, … lo único que tenía meridianamente claro, era que lo poco que quedaba
de noche lo iba a aprovechar para descansar. Lo necesitaba más que nunca.
Demasiadas emociones. Demasiada movida violenta. Se iba derecho a la cama. La
herida en la cabeza podía esperar.
El sonido, además de molesto era persistente, obstinado. Abrió los ojos. El
techo ya no se hallaba oculto en sombras. ¿Cuánto había podido dormir?¿Qué hora
era? Desde la cama miró la ventana. Empezaba a amanecer y lo único que se oía
era ese horripilante sonido, tan repetitivo. La alarma de un puto coche. Una
punzada de terror le atravesó el estómago. ¿Y si…?
Se dirigió a la ventana. Desde ahí no veía nada. La calle, a esa hora aún
estaba desierta. No podía quedarse ahí como si tal cosa. Se vistió de manera
torpe y bajó a la solitaria calle. Tras avanzar unos pasos por la acera, lo vio.
El coche, escandalosamente mal aparcado, era el que andaba montando un
escándalo con la maldita alarma. No había que ser un lince para comprobar que
el maletero estaba abierto y que ahí dentro no había nada.
FIN
