lunes, 5 de junio de 2017

El Arte de Ángela



“Me voy para que no me olvides”
(de la película, El marido de la peluquera)

La operación no había cambiado un ápice por suerte. Todo empezaba con un buen lavado de pelo con el agua ni fría ni demasiado caliente, con el sedoso tacto de esas manos jabonosas enredándose en el pelo mojado. Iba por la segunda enjabonada; siempre eran dos. Como tenía que ser. Si sólo, por descuido, se limitara a una, supondría un auténtico drama porque nunca tendría el suficiente valor para recordárselo a la peluquera, la preciosa Ángela. El nombre le venía como anillo al dedo a la joven de ojos grises y labios carnosos porque tenía auténticas manos de ángel.

El simple gesto de inclinar la cabeza hacia atrás acompañada suavemente por las gráciles manos de Ángela para acabar apoyándola a la altura de la nuca en el lavabo (uno de tantos de la peluquería) ya suponía para él una suerte de evasión. Aquello no era ir a la peluquería. Aquello se había convertido en un ritual. Lavado, corte de pelo, masaje en la cabeza y peinado final. Qué manos las de Ángela. Para él no era una simple peluquera, era su sacerdotisa. Tras el agradable aclarado, el enérgico secado con la toalla (toallas siempre secas y sedosas, nada que ver con las que tenía en casa) iba acompañado con un leve aroma a flores.

Con la toalla aún en la cabeza, las manos de Ángela se encargaban de incorporar de nuevo la cabeza, siempre acompañándola porque llegaba el momento del corte de pelo. Como siempre, seguido por Ángela  hacia uno de los butacones frente al gran espejo. Siempre se lo cortaba ella, como no podía ser de otro modo. En la peluquería sabían de sobra que él prefería que lo atendiera Ángela. Esperaba pacientemente lo que fuera necesario. Para un ritual con Ángela nunca se dejaba apoderar por las prisas.

Ahí la tenía, a su espalda, reflejada en el espejo enorme, el pelo negro a lo garçon, el busto esbelto, el cuello delgado, su diestra armada con las afiladas tijeras (qué arma más sensual en su poder) y su otra mano ordenando con leves sacudidas el alborotado y húmedo pelo. Los primeros cortes son tímidos, como de prueba. Son ligeros, simples, sin apenas peligro. Puro candor.

El arte de Ángela, como siempre, se transmitía de su sensibilidad natural, a sus manos, al peine, a las tijeras. Ahí se reanudaba la evasión. La destreza de la joven peluquera era una garantía para dejarse llevar. Los mechones de húmedo cabello caían, casi ingrávidos, hacia la pendiente del amplio mandil. Le encantaba sentir los dedos de Ángela cuando le cogía la cabeza levemente por los laterales, justo encima de las orejas para ladearla si así lo exigía el corte de pelo. Aquello era puro arte. ¿Qué estaba haciendo Ángela? ¿Cortar el pelo a un cliente o moldear una escultura? Tal era el arte que desprendían sus manos.

Por fin sonaba la canción. La esperada canción en el momento preciso. La peluquería contaba con un hilo musical de limitada variedad de canciones. Cuando salía todo bien; cuando no había demoras, todo estaba debidamente calculado para que sonara “Catch the wind” de Donovan Leight en el preciso momento en el que Ángela practicaba con otras tijeras  la igualación de los cabellos. Las manos acariciaban el pelo al compás de la melodiosa canción de fondo. Aquello era lo más parecido a hallarse brincando en el paraíso. Las manos de la diestra peluquera se le antojaban rachas de viento suave y legendario meciendo los cabellos a uno y otro lado como si fueran espigas de trigo flexibles y henchidas de vida. La experiencia era gloriosa mientras Donovan cantaba eso de que también podía atrapar el viento. La combinación perfecta para que surgiera, una vez más, ese hormigueo craneal que tanto le deleitaba. Ya sólo quedaba una breve sesión de masaje para acabar con un repeinado rápido del pelo recién cortado.

El masaje de cabeza que desarrollaba Ángela era sencillamente excitante. No sólo se trataba de una sesión de un número de determinadas friegas alrededor de la cabeza, a lo largo y ancho de la misma y demás. Había algo más. Mucho, mucho más. La ceremonia contaba además con el tintineo de la voz, más que voz, murmullo de Ángela siguiendo su particular Catch the wind.

Los dedos iban y venían masajeando a placer y, ahí Ángela era diferente a todas. En su trabajo no sólo había destreza y sensibilidad. Había amor. Un gran amor que depositaba en la cabeza de su gran admirador y que acababa siendo absorbido por todos y cada uno de sus cabellos en una comunión orgánica del todo inefable.

A él no le cabía ninguna duda de que la naturaleza mística de la experiencia en la peluquería era fruto de ese amor y, sin pretenderlo, y sin aportar razón alguna de peso, albergaba en un rincón de su interior, la esperanza de que él mismo y nadie más fuera el destinatario de tanto amor. Quizás Ángela no sólo estuviera trabajando. Quizás le quería realmente y por ello era tan … profundamente sensual en su profesión. Quizás había algo más que una mera relación peluquera-cliente. Quizás … ¿por qué no? Ella sentía algo por él ya que no podía tratar de esa manera tan gloriosa a cualquier cliente. ¿Qué sentido tendría esa manera de mesar los cabellos sin un sentimiento detrás, un deseo tal vez, que no pudiera satisfacer abiertamente fuera del contacto capilar?

¿Debería decirle a la bella Ángela lo que él sentía por ella? Si tuviera el valor suficiente para expresarle todo lo que sentía cuando ella le tocaba con sus prodigiosas manos, ¿habría cierta correspondencia por parte de la joven peluquera? Algo le decía que tenía el viento a favor. ¿Qué mejor señal de éxito que ese amor irradiado por esas manos? Aquello tenía que ser una señal inconfundible, inequívoca, que se repetía cada vez que tocaba pasarse por la peluquería. Era como una señal electromagnética que, irradiada desde los confines del cosmos y repetida una y otra vez, a intervalos de tiempo iguales nos posibilitan albergar la esperanza de la existencia de vida extraterrestre… De la peluquería a los confines del Espacio en pocos segundos. ¡Cuánto poder albergaba en sus manos la bella Ángela! ¡Cuánto amor prohibido pidiendo a voz en grito ser liberado!
¿Sería buen momento para llevar a cabo algo parecido a una declaración de amor?. ¿Valía la pena arriesgarse a romper la magia que le confería el masaje capilar? Quizás surtiera mayor efecto una sencilla frase amable.
-          Tienes manos de ángel. Haces honor a tu nombre.
-          Vaya, muchas gracias. Es lo más bonito que me han dicho hoy.
-          No es un mero cumplido Ángela. No te equivoques. Es la pura verdad.
-          Pues  gracias otra vez. Conseguirás que me ponga colorada.
Una risilla condescendiente del cliente motivó un espontáneo arrepentimiento:
La insulsa risilla había producido un efecto contrario al deseado. La risilla bobalicona había contribuido a dar carpetazo a la efímera conversación. Maldita y estúpida risa. No se le ocurría cómo reanudar la conversación. Necesitaba hacerlo de manera que pareciera natural; no dar pistas de su escondida desesperación. Aquello no era tan fácil y él nunca supo defenderse en esas lides. El masaje dio sus últimos coletazos, un último peinado con ciertos retoques perfeccionistas y ahí acabó todo por ese día.
-          Te encantas más de la cuenta con ese cliente, Ángela. En vez de cortarle el pelo parece que estés en plena ceremonia hindú.


Su compañera y socia del negocio, Inés, tenía un nivel de paciencia catalogado como estándar pero esas circunstancias que rebasaban los límites meramente profesionales, colmaban a buen ritmo esa paciencia.

-          Reconozco que a veces me entretengo un poco más de la cuenta.
-          ¿Un poco? No te paga por horas cariño.
-          Es la forma de su cabeza Inés. Me tiene obnubilada. La disposición del pelo, el remolino ese rebelde en la coronilla e incluso esa minúscula calvita que debió producirse por alguna herida. Todo, todo igual que mi querido chico. Me encanta.
-          ¿Tu novio Miguel?¿Tanto se parece su cabeza a la de tu novio?
-          Mi Miguelito tiene el pelo bastante más rubiete pero por lo demás parecen la misma cabeza vista desde arriba.


Y claro, la voluntaria confusión de cabezas, provocaba la misma actividad de Ángela, la misma predisposición a agradar, idéntica iniciativa para causar placer y, lo más importante, prácticamente la misma sensación de gozo percibía ella al actuar en ambas cabezas hasta el punto de no distinguir por momentos cuándo lo hacía por trabajo y cuándo por mero placer o entretenimiento en casa con su novio. Nunca antes le había ocurrido semejante circunstancia sencillamente porque nunca se había encontrado en su profesión de peluquera con dos cabezas tan iguales.

Desoyendo las sencillas y nada malintencionadas advertencias de su compañera, la bella Ángela prefirió dejarse llevar y seguir sin atender a distinciones en lo referente al corte de pelo (en ocasiones se lo cortaba a su amadísimo Miguel) o al masaje capilar (algo también muy solicitado por su novio).

La evolución de todo ello no habría culminado en algo trascendente si no fuera porque a veces cuando se rompen las rutinas, suelen suceder cosas imprevistas.

Sucedió que un viernes por la tarde, el complaciente y enamoradizo cliente entró de nuevo en su peluquería preferida. Sabía, porque así ya lo tenían acordado, que le atendería la bella Ángela, la de las manos que hacían honor a su nombre. Como siempre. Y como siempre, Ángela se pertrechó del instrumental para desempeñar bien su trabajo convertido en arte.

Conviene añadir lo que sucedió justo el día anterior en casa de Ángela. Por una indisposición volvió antes de tiempo a su casa. Volvió con la suficiente antelación como para advertir que había ropa femenina ajena desperdigada por el pasillo y justo a la entrada de su habitación. El mensaje preparatorio de la ropa no atenuó lo más mínimo el impactante espectáculo de los cuerpos desnudos retozando en la cama. Miguel y … esa desconocida voluptuosa …

La reacción  de la sorprendida pareja en su sudorosa desnudez prolongó el impacto recibido. Fue la peor experiencia de su vida. A partir de ese momento su Miguel ya fue historia. No lo volvería a ver en su vida a pesar del amor que había sentido por él. Su disgusto cursó en angustia y ésta mutó en una terrible ira. Lo peor de todo es que apenas habían pasado veinticuatro horas del engaño amoroso.

Ahí tenía a su cliente esperando y en aquel momento el trabajo era lo primero. Ella se consideraba una profesional, por supuesto. Una profesional que había sufrido un día antes el golpe más duro de su vida. Ahora tenía justo delante, apoyada la nuca en el lavabo, cual ofrenda sacrificable, la cabeza de idéntica disposición, comparable cabello, idéntico centímetro cuadrado de calvita cicatrizada… Aquello la superaba. La ponía fuera de sí. En ese momento, por cierto, recordaba que en el bolsillo de su bata llevaba unas tijeras  puntiagudas y tremendamente afiladas.

FIN

SOYLENT GREEN



“La incomprensión, más que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir”
(José Narosky)


De nuevo, como llevo haciendo tantos meses atrás, demasiados como para determinar un número siquiera aproximado (digamos simplemente que desde que me trasladaron en el trabajo), me he adelantado al propio inicio del día; me he puesto en marcha antes de que cualquier gallo, esté donde esté, cante la llegada de la alborada. Cuántas veces la misma situación; me basta con saber que llevo un nada despreciable recorrido, en ocasiones, con un incómodo sentimiento de ir contra viento y marea; las más veces con una átona certeza de tránsito rutinario.

Faltan apenas diez minutos para que sean las siete en punto de la mañana y ya llevo un rato caminando, a paso ligero pues las prisas también madrugan, entre las oscuras calles, hacia la estación del tren de cercanías. El cielo, obviamente, sigue oscuro; hace el frío que corresponde a un mes como febrero, tanto, que últimamente se me ha quedado corta la bufanda y tengo, además, que recurrir a mi gorro de lana azul marino. A paso ligero, las manos ocultas en los grandes bolsillos del abrigo, mirando al suelo, aun no sé qué pinto en este nuevo día que promete ofrecer bien poco.

A medio camino de la estación, asciendo un desnivel entre dos calles paralelas a lo largo de una rampa embaldosada que a su vez va limitando un viejo edificio de seis plantas. Es el típico edificio construido allá por los sesenta para gente  de modestas rentas y discreto conformar para las que poder rodearse de cuatro paredes resulta más que suficiente para saberse en un digno hogar. Sé que es muy temprano pero la simple visión de ese edificio, silencioso, mugriento, casi desangelado pero, sobre todo con todas las ventanas excepto una, sin una luz que indique que alguien tiene que madrugar para llegar a tiempo al trabajo, me muestra, de nuevo, los malos tiempos a los que estamos condenados; estos tiempos que tan fácilmente se sintetizan con el término crisis o recesión. Una crisis y una recesión que lo abarcan todo. A esa ventana, la única que desprende una luz blanca y aséptica de fluorescente, dirijo la mirada deseando que no se apague al día siguiente cuando pase de nuevo por la rampa embaldosada. Es una luz, la de la ventana, que me inspira lucha, resistencia y esperanza.

A la derecha, amarrados cada uno al tronco de un árbol, unos cuantos carritos del súper reflejan levemente con su armazón metálico, la poca luz anaranjada de las farolas. Reparé en ellos hace unos días y aún no salgo de mi asombro. Son simples carritos del súper que son usados para transportar objetos desechados, como pequeños electrodomésticos, motores inservibles, y demás. Curiosamente, los especialistas en sacarles una salida a esa chatarra son negros y supongo que obtienen algo de dinero en los desguaces. Cada vez hay más carritos en esa calle. Hoy he contabilizado siete y no puedo evitar pensar en el relato de Auster  “El país de las últimas cosas” en el que en un mundo del todo decadente, tener un carrito de esos podía garantizar la supervivencia del día a día. De hecho aquí no los amarran con cualquier cuerda sino que usan cadenas metálicas con candado; tal debe ser el aprecio que le tienen a su herramienta de trabajo.

Como cada día, a medida que me acerco a la estación se van agregando viandantes, casi siempre los mismos, que cada día acuden también para coger el tren. Todos caminamos a paso ligero, con la mente aun procesando el acomodo a la matutina actividad. Resulta curioso porque vamos prácticamente en fila. Nos conocemos por realizar cada día el mismo trayecto pero no sabemos quiénes somos; nunca hemos cruzado una palabra. Por muy cerca que estemos unos de otros, nunca nos decimos nada, no porque no haya nada que decir, simplemente, las prisas dificultan todo aquello que suponga relación o mera distracción. Las prisas son amigas de lo rutinario, lo simple,… no reparan en atenciones. No sabemos nada de la vida de cada uno de los que nos congregamos como autómatas camino de la estación del ferrocarril. Se trata de una actividad muy simple y repetitiva. Me resulta fácil establecer el paralelismo con los hamsters que no paran de correr en esas ruedas giratorias, como si intentaran desesperadamente escapar a algún lugar lejano cuando realmente y sin remedio permanecen en el mismo sitio.

El peregrinaje, siempre a paso ligero, sigue a través de la oscuridad, con el eco de las pisadas como efímera estela. Así pues, sin tregua, seguimos hasta llegar a la estación. La estación de Sabadell Norte. Una obra colosal, inacabada por falta de presupuesto,  en medio de la Plaza España. Nada fuera de lo normal con los tiempos que corren. La estación con andén subterráneo que estaba destinada  a ser la guinda que culminara la red de infraestructuras de la ciudad se frustró en lo peor de la crisis económica. Aun así, obviando todo lo que falta por construir en el acceso exterior, una vez se bajan las escaleras hacia la amplia sala de los controladores de entrada a los andenes ya se siente uno como en cualquier estación de ferrocarril. Nada hace sospechar que por ahí no vayan a pasar trenes regularmente. Allí, en el andén correspondiente a la vía dos, vamos a parar todos los que llegamos. Siempre, lo primero que hago casi de manera involuntaria, como casi todos los que van acudiendo, es mirar el enorme reloj cilíndrico que, sujeto a la pared, muestra que hemos llegado con el tiempo muy justo.

El tren no se hace esperar y para mí resulta admirable la puntualidad que exhibe. Afortunadamente, esa fama que tiene el ferrocarril en cuanto a sus acostumbrados retrasos, no se cumple en este caso.

En cuanto el convoy se detiene y abre sus puertas correderas, entramos, aun somnolientos, todos al mismo ritmo, como hipnotizados, al igual que hacían los eloi al adentrarse en el siniestro complejo de los morloks cuando oían la sirena. Visto globalmente, parece que los vagones engullen a los viajeros que desaparecen tras sus fauces.

Allí dentro la luz es tenue, ambarina, completamente adecuada para facilitar la sensación de calidez después de la fría caminata. Vamos escogiendo asiento ya que, afortunadamente, el tren inició su recorrido en una población no demasiado lejana y va medio vacío, además de que a horas tan tempranas es imposible hallar los trenes abarrotados. Si puedo me siento al lado de la ventana porque aunque no se ve el paisaje al ser de noche, me siento como más recogido; es difícil de explicar, es más bien una sensación interior, digamos que los asientos que dan al pasillo, le dejan a uno más “expuesto”. No soy de los que apoyan la cabeza en el cristal y se echan un inquieto sueño, con el subconsciente al tanto de las paradas que va anunciando el invisible altavoz. Siempre llevo un libro encima y cuando el tren inicia la marcha, lo saco de mi bolsillo interior  y me pongo a leer no sin cierto regocijo. No sé qué tiene la lectura durante los viajes en tren que siempre consigo más provecho que realizando la misma actividad en cualquier otro sitio. Me explico. La lectura en el interior cálido del vagón resulta más fructífera. La atención sobre lo que se lee es óptima, de tal manera que ya no leo sino que vivo lo que se describe en las páginas. Recuerdo incluso con más detalle los libros que he leído íntegramente en los viajes de tren que en otras circunstancias. Supongo que la concentración de buena mañana y las ganas de desconectar del trabajo en el viaje de vuelta facilitan el provecho de la lectura.

El vagón en el que viajo se convierte en una sala de lectura en movimiento. Los que no llevan novelas al uso, leen periódicos y, cada vez más, los hay con libros electrónicos,  tabletas digitales y, como no, con los móviles que sirven para todo … ah! y para hablar por teléfono.

No tengo ninguna prisa y a medida que ganamos las primeras estaciones, levanto los ojos del libro (por primera vez leo Los cuatro jinetes del apocalipsis  de Vicente Blasco Ibáñez) y me fijo en la chica que hay sentada al otro lado del pasillo mirando su propio reflejo en la ventana porque se está maquillando. Eso ya se ha convertido en un ritual. Empieza lentamente con las pestañas para seguir dándose color a los labios con la barra de carmín. Se toma su tiempo y no le importa si alguien la está mirando. Yo la sigo por el rabillo del ojo porque esa suerte de ritual me relaja.  Finalmente se da algo de color en las mejillas y ordenadamente guarda sus artes en un neceser de tela. Es muy joven (dudo que llegue a los diecinueve o veinte años) y de alguna manera, una especie de inocencia que parce destilar de su mirada casi infantil consigue que le haya cogido cariño; una especie de cariño protector. El ritual del maquillaje no suele durar más de ocho o diez minutos y es cuando regreso a la lectura sin nada que distraiga mi atención. Apenas hay traqueteo, más bien al contrario, el tren parece deslizarse entre una estación y la siguiente. A ratos casi parece no desplazarse y es que, a pesar de estar deslizándose ya en el exterior, la casi total oscuridad entorpecida por alguna que otra farola de amarillenta luminosidad, ofrece una inusual sensación estática, como en el interior de un ascensor.

Cuando llevamos recorridos unos dos tercios del viaje hacia la capital, alguien ocupa el asiento contiguo al mío. Esta vez es una señora que rondará los cincuenta y tras una fugaz mirada en la que capto el semblante serio de una redondeada cara aterida por el frío, desvío de nuevo la mirada al libro, envuelto por un pesado perfume que se me antoja de los de antaño; un perfume de persona mayor, de esos que no incitan por vía olfativa ningún deseo o amago de excitación sino que despiertan no tanto recuerdos como sí sensaciones vividas. Es un aroma fuerte, pesado, de flores ya maduras, insinúa que quien lo desprende únicamente se resigna a infundir cierto respeto o cierto mensaje preventivo. Pienso que no es una mujer tan mayor como para llevar ese perfume.

Cuando el tren se oculta en la red de  túneles que atraviesa la ciudad sé que quedan cuatro paradas hasta mi destino, en pleno centro. En ese momento, envuelto aún con ese halo aromático, persistente, guardo el libro, cierro los ojos y me acomodo en mi asiento escondiendo el cuello entre los hombros para notar más el contacto del suave algodón de la bufanda. Con los ojos cerrados no presencio una oscuridad negra sino más bien un telón de fondo meloso debido a la luz ambarina del vagón con la que me entrego a la relajación mientras espero que el altavoz vaya desgranando el paso por las diferentes estaciones hasta la mía que precisamente resulta ser la misma de la gran mayoría de pasajeros.

Poco antes del destino, apenas unos segundos después de que la voz femenina de la megafonía lo anuncie, nos vamos levantando (en mi caso con un inevitable amodorramiento) y encaramos el acceso de salida al andén. Es todo muy mecánico, automático, como regido por una inercia que lo controla todo.

La gente se amontona en la estación subterránea y las escaleras mecánicas se convierten en el siguiente objetivo. Parece mentira porque sigue siendo muy temprano para que se tenga que congregar semejante muchedumbre. Es una apelotonada procesión en medio de un murmullo completamente indescifrable y, por encima de las cabezas, la voz femenina de la megafonía, muy correcta, con una magna reverberación,  anunciando las salidas y llegadas de los trenes.

De pronto, una voz destaca sobre el murmullo de la marabunta. Alguien de manera insistente levanta la voz porque parece protestar por algo. La procesión empieza a  perder celeridad y acaba por detenerse. Eso no es normal. Se sale de las poderosas leyes de la rutina. Algo ha ocurrido. A la voz inicial se le han sumado otras voces y resuenan en la estación  subterránea cada vez con más fuerza. Finalmente una de esas voces se impone a las demás y queda, ya  en gritos, dominando todo el entorno. Es la voz de un hombre joven. Cerca de la vía 1, un grupo de unas ocho o diez personas se mueven atropelladamente e intentan avanzar hacia el pie de la escaleras mecánicas. Entre el grupo destacan gracias a sus chalecos fosforescentes, tres hombres bastante fornidos que son empleados de seguridad de los ferrocarriles. El asunto empieza a aclararse. Intentan llevar a trompicones al chico que no para de lanzar voces y a otros tres o cuatro que no ofrecen resistencia. El más inconformista es alto, más que los fornidos empleados de seguridad pero es muy joven y delgado y por mucha oposición que ofrezca tiene las de perder. A todo esto, los viandantes; esa informe procesión de la que yo mismo formo parte, sigue detenida. Resulta imposible acceder a las escaleras mecánicas al haberse congregado el bullicioso grupito en ellas. El chaval sigue oponiendo resistencia y se deshace de las manos que lo aferran una y otra vez. Entre sus gritos logro entender que no está en absoluto conforme con el precio del billete de tren. Algo así como que le parece vergonzoso que un viaje de cercanías costara dos euros con treinta y cinco y no sé qué más de estafas y robos. Seguramente fue “cazado” junto con sus amigos por los vigilantes sin haber pagado los correspondientes billetes. No sin dificultad fue colocado en la base de la escalera mecánica y allí, con el lento ascenso, se dirigió el joven rebelde a la multitud que allí seguía expectante, algunos mirando ya el reloj nerviosamente, para decirles a voz en grito lo siguiente:

¿Es que no lo veis? ¿No os dais cuenta? Os están engañando. Todo es un engaño. No os matéis a trabajar para esa gente (y en este punto señalaba con el dedo hacia arriba). Trabajad sólo para poder comer. Miraos. No sois más que un rebaño para ellos.

Todo eso iba diciendo mientras ascendía lentamente por la escalera bien sujeto por los vigilantes confiriéndole la escena cierto carácter mesiánico.  En ese momento me acordé del final de la película Soylent Green (aquí la conocimos con el título “Cuando el destino nos alcance”). Un malherido Charlton Heston, a voz en grito denuncia la terrible verdad en un mundo ya de por sí apocalíptico a la gente que ya no sabe qué creer.

Ya en la calle, en pleno centro de la ciudad, el frío acaba de despejarme mientras el cielo, de un gris oscuro con la luna semioculta en sombras algodonosas me inspira todo lo opuesto: volver al acogedor calor de la cama. Esta última idea, por tentadora que parezca resulta tan absurda que al instante me integro a la rutinaria realidad en cuerpo y mente.

Miro el reloj y ya veo que como no me apresure, llegaré tarde al trabajo. No suena ninguna sirena pero, después de lo que he visto, me siento más que nunca como un eloi camino de la guarida de los morloks.

FIN