“La incomprensión, más
que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir”
(José Narosky)
De nuevo, como llevo haciendo tantos
meses atrás, demasiados como para determinar un número siquiera aproximado
(digamos simplemente que desde que me trasladaron en el trabajo), me he
adelantado al propio inicio del día; me he puesto en marcha antes de que
cualquier gallo, esté donde esté, cante la llegada de la alborada. Cuántas
veces la misma situación; me basta con saber que llevo un nada despreciable
recorrido, en ocasiones, con un incómodo sentimiento de ir contra viento y
marea; las más veces con una átona certeza de tránsito rutinario.
Faltan apenas diez minutos para que sean
las siete en punto de la mañana y ya llevo un rato caminando, a paso ligero
pues las prisas también madrugan, entre las oscuras calles, hacia la estación
del tren de cercanías. El cielo, obviamente, sigue oscuro; hace el frío que
corresponde a un mes como febrero, tanto, que últimamente se me ha quedado
corta la bufanda y tengo, además, que recurrir a mi gorro de lana azul marino.
A paso ligero, las manos ocultas en los grandes bolsillos del abrigo, mirando
al suelo, aun no sé qué pinto en este nuevo día que promete ofrecer bien poco.
A medio camino de la estación, asciendo
un desnivel entre dos calles paralelas a lo largo de una rampa embaldosada que
a su vez va limitando un viejo edificio de seis plantas. Es el típico edificio
construido allá por los sesenta para gente
de modestas rentas y discreto conformar para las que poder rodearse de
cuatro paredes resulta más que suficiente para saberse en un digno hogar. Sé
que es muy temprano pero la simple visión de ese edificio, silencioso,
mugriento, casi desangelado pero, sobre todo con todas las ventanas excepto
una, sin una luz que indique que alguien tiene que madrugar para llegar a
tiempo al trabajo, me muestra, de nuevo, los malos tiempos a los que estamos
condenados; estos tiempos que tan fácilmente se sintetizan con el término
crisis o recesión. Una crisis y una recesión que lo abarcan todo. A esa
ventana, la única que desprende una luz blanca y aséptica de fluorescente,
dirijo la mirada deseando que no se apague al día siguiente cuando pase de
nuevo por la rampa embaldosada. Es una luz, la de la ventana, que me inspira
lucha, resistencia y esperanza.
A la derecha, amarrados cada uno al
tronco de un árbol, unos cuantos carritos del súper reflejan levemente con su
armazón metálico, la poca luz anaranjada de las farolas. Reparé en ellos hace
unos días y aún no salgo de mi asombro. Son simples carritos del súper que son
usados para transportar objetos desechados, como pequeños electrodomésticos,
motores inservibles, y demás. Curiosamente, los especialistas en sacarles una
salida a esa chatarra son negros y supongo que obtienen algo de dinero en los
desguaces. Cada vez hay más carritos en esa calle. Hoy he contabilizado siete y
no puedo evitar pensar en el relato de Auster
“El país de las últimas cosas” en el que en un mundo del todo decadente,
tener un carrito de esos podía garantizar la supervivencia del día a día. De
hecho aquí no los amarran con cualquier cuerda sino que usan cadenas metálicas
con candado; tal debe ser el aprecio que le tienen a su herramienta de trabajo.
Como cada día, a medida que me acerco a
la estación se van agregando viandantes, casi siempre los mismos, que cada día
acuden también para coger el tren. Todos caminamos a paso ligero, con la mente
aun procesando el acomodo a la matutina actividad. Resulta curioso porque vamos
prácticamente en fila. Nos conocemos por realizar cada día el mismo trayecto
pero no sabemos quiénes somos; nunca hemos cruzado una palabra. Por muy cerca
que estemos unos de otros, nunca nos decimos nada, no porque no haya nada que
decir, simplemente, las prisas dificultan todo aquello que suponga relación o
mera distracción. Las prisas son amigas de lo rutinario, lo simple,… no reparan
en atenciones. No sabemos nada de la vida de cada uno de los que nos
congregamos como autómatas camino de la estación del ferrocarril. Se trata de
una actividad muy simple y repetitiva. Me resulta fácil establecer el
paralelismo con los hamsters que no paran de correr en esas ruedas giratorias,
como si intentaran desesperadamente escapar a algún lugar lejano cuando
realmente y sin remedio permanecen en el mismo sitio.
El peregrinaje, siempre a paso ligero,
sigue a través de la oscuridad, con el eco de las pisadas como efímera estela.
Así pues, sin tregua, seguimos hasta llegar a la estación. La estación de
Sabadell Norte. Una obra colosal, inacabada por falta de presupuesto, en medio de la Plaza España. Nada fuera de lo
normal con los tiempos que corren. La estación con andén subterráneo que estaba
destinada a ser la guinda que culminara la
red de infraestructuras de la ciudad se frustró en lo peor de la crisis
económica. Aun así, obviando todo lo que falta por construir en el acceso
exterior, una vez se bajan las escaleras hacia la amplia sala de los
controladores de entrada a los andenes ya se siente uno como en cualquier
estación de ferrocarril. Nada hace sospechar que por ahí no vayan a pasar
trenes regularmente. Allí, en el andén correspondiente a la vía dos, vamos a
parar todos los que llegamos. Siempre, lo primero que hago casi de manera
involuntaria, como casi todos los que van acudiendo, es mirar el enorme reloj
cilíndrico que, sujeto a la pared, muestra que hemos llegado con el tiempo muy
justo.
El tren no se hace esperar y para mí
resulta admirable la puntualidad que exhibe. Afortunadamente, esa fama que
tiene el ferrocarril en cuanto a sus acostumbrados retrasos, no se cumple en
este caso.
En cuanto el convoy se detiene y abre
sus puertas correderas, entramos, aun somnolientos, todos al mismo ritmo, como
hipnotizados, al igual que hacían los eloi al adentrarse en el siniestro
complejo de los morloks cuando oían la sirena. Visto globalmente, parece que
los vagones engullen a los viajeros que desaparecen tras sus fauces.
Allí dentro la luz es tenue, ambarina,
completamente adecuada para facilitar la sensación de calidez después de la
fría caminata. Vamos escogiendo asiento ya que, afortunadamente, el tren inició
su recorrido en una población no demasiado lejana y va medio vacío, además de
que a horas tan tempranas es imposible hallar los trenes abarrotados. Si puedo
me siento al lado de la ventana porque aunque no se ve el paisaje al ser de
noche, me siento como más recogido; es difícil de explicar, es más bien una
sensación interior, digamos que los asientos que dan al pasillo, le dejan a uno
más “expuesto”. No soy de los que apoyan la cabeza en el cristal y se echan un
inquieto sueño, con el subconsciente al tanto de las paradas que va anunciando
el invisible altavoz. Siempre llevo un libro encima y cuando el tren inicia la
marcha, lo saco de mi bolsillo interior
y me pongo a leer no sin cierto regocijo. No sé qué tiene la lectura
durante los viajes en tren que siempre consigo más provecho que realizando la
misma actividad en cualquier otro sitio. Me explico. La lectura en el interior
cálido del vagón resulta más fructífera. La atención sobre lo que se lee es
óptima, de tal manera que ya no leo sino que vivo lo que se describe en las
páginas. Recuerdo incluso con más detalle los libros que he leído íntegramente
en los viajes de tren que en otras circunstancias. Supongo que la concentración
de buena mañana y las ganas de desconectar del trabajo en el viaje de vuelta
facilitan el provecho de la lectura.
El vagón en el que viajo se convierte en
una sala de lectura en movimiento. Los que no llevan novelas al uso, leen
periódicos y, cada vez más, los hay con libros electrónicos, tabletas digitales y, como no, con los móviles
que sirven para todo … ah! y para hablar por teléfono.
No tengo ninguna prisa y a medida que
ganamos las primeras estaciones, levanto los ojos del libro (por primera vez
leo Los cuatro jinetes del apocalipsis
de Vicente Blasco Ibáñez) y me fijo en la chica que hay sentada al otro
lado del pasillo mirando su propio reflejo en la ventana porque se está
maquillando. Eso ya se ha convertido en un ritual. Empieza lentamente con las
pestañas para seguir dándose color a los labios con la barra de carmín. Se toma
su tiempo y no le importa si alguien la está mirando. Yo la sigo por el rabillo
del ojo porque esa suerte de ritual me relaja.
Finalmente se da algo de color en las mejillas y ordenadamente guarda
sus artes en un neceser de tela. Es muy joven (dudo que llegue a los diecinueve
o veinte años) y de alguna manera, una especie de inocencia que parce destilar
de su mirada casi infantil consigue que le haya cogido cariño; una especie de
cariño protector. El ritual del maquillaje no suele durar más de ocho o diez
minutos y es cuando regreso a la lectura sin nada que distraiga mi atención.
Apenas hay traqueteo, más bien al contrario, el tren parece deslizarse entre
una estación y la siguiente. A ratos casi parece no desplazarse y es que, a
pesar de estar deslizándose ya en el exterior, la casi total oscuridad
entorpecida por alguna que otra farola de amarillenta luminosidad, ofrece una
inusual sensación estática, como en el interior de un ascensor.
Cuando llevamos recorridos unos dos
tercios del viaje hacia la capital, alguien ocupa el asiento contiguo al mío.
Esta vez es una señora que rondará los cincuenta y tras una fugaz mirada en la
que capto el semblante serio de una redondeada cara aterida por el frío, desvío
de nuevo la mirada al libro, envuelto por un pesado perfume que se me antoja de
los de antaño; un perfume de persona mayor, de esos que no incitan por vía
olfativa ningún deseo o amago de excitación sino que despiertan no tanto
recuerdos como sí sensaciones vividas. Es un aroma fuerte, pesado, de flores ya
maduras, insinúa que quien lo desprende únicamente se resigna a infundir cierto
respeto o cierto mensaje preventivo. Pienso que no es una mujer tan mayor como
para llevar ese perfume.
Cuando el tren se oculta en la red
de túneles que atraviesa la ciudad sé
que quedan cuatro paradas hasta mi destino, en pleno centro. En ese momento,
envuelto aún con ese halo aromático, persistente, guardo el libro, cierro los
ojos y me acomodo en mi asiento escondiendo el cuello entre los hombros para
notar más el contacto del suave algodón de la bufanda. Con los ojos cerrados no
presencio una oscuridad negra sino más bien un telón de fondo meloso debido a
la luz ambarina del vagón con la que me entrego a la relajación mientras espero
que el altavoz vaya desgranando el paso por las diferentes estaciones hasta la
mía que precisamente resulta ser la misma de la gran mayoría de pasajeros.
Poco antes del destino, apenas unos
segundos después de que la voz femenina de la megafonía lo anuncie, nos vamos
levantando (en mi caso con un inevitable amodorramiento) y encaramos el acceso
de salida al andén. Es todo muy mecánico, automático, como regido por una
inercia que lo controla todo.
La gente se amontona en la estación
subterránea y las escaleras mecánicas se convierten en el siguiente objetivo.
Parece mentira porque sigue siendo muy temprano para que se tenga que congregar
semejante muchedumbre. Es una apelotonada procesión en medio de un murmullo
completamente indescifrable y, por encima de las cabezas, la voz femenina de la
megafonía, muy correcta, con una magna reverberación, anunciando las salidas y llegadas de los
trenes.
De pronto, una voz destaca sobre el
murmullo de la marabunta. Alguien de manera insistente levanta la voz porque
parece protestar por algo. La procesión empieza a perder celeridad y acaba por detenerse. Eso
no es normal. Se sale de las poderosas leyes de la rutina. Algo ha ocurrido. A
la voz inicial se le han sumado otras voces y resuenan en la estación subterránea cada vez con más fuerza.
Finalmente una de esas voces se impone a las demás y queda, ya en gritos, dominando todo el entorno. Es la
voz de un hombre joven. Cerca de la vía 1, un grupo de unas ocho o diez
personas se mueven atropelladamente e intentan avanzar hacia el pie de la escaleras
mecánicas. Entre el grupo destacan gracias a sus chalecos fosforescentes, tres
hombres bastante fornidos que son empleados de seguridad de los ferrocarriles.
El asunto empieza a aclararse. Intentan llevar a trompicones al chico que no
para de lanzar voces y a otros tres o cuatro que no ofrecen resistencia. El más
inconformista es alto, más que los fornidos empleados de seguridad pero es muy
joven y delgado y por mucha oposición que ofrezca tiene las de perder. A todo
esto, los viandantes; esa informe procesión de la que yo mismo formo parte,
sigue detenida. Resulta imposible acceder a las escaleras mecánicas al haberse
congregado el bullicioso grupito en ellas. El chaval sigue oponiendo
resistencia y se deshace de las manos que lo aferran una y otra vez. Entre sus
gritos logro entender que no está en absoluto conforme con el precio del
billete de tren. Algo así como que le parece vergonzoso que un viaje de
cercanías costara dos euros con treinta y cinco y no sé qué más de estafas y
robos. Seguramente fue “cazado” junto con sus amigos por los vigilantes sin
haber pagado los correspondientes billetes. No sin dificultad fue colocado en
la base de la escalera mecánica y allí, con el lento ascenso, se dirigió el joven
rebelde a la multitud que allí seguía expectante, algunos mirando ya el reloj
nerviosamente, para decirles a voz en grito lo siguiente:
¿Es
que no lo veis? ¿No os dais cuenta? Os están engañando. Todo es un engaño. No
os matéis a trabajar para esa gente
(y en este punto señalaba con el dedo hacia arriba). Trabajad sólo para poder comer. Miraos. No sois más que un rebaño para
ellos.
Todo eso iba diciendo mientras ascendía
lentamente por la escalera bien sujeto por los vigilantes confiriéndole la
escena cierto carácter mesiánico. En ese
momento me acordé del final de la película Soylent Green (aquí la conocimos con
el título “Cuando el destino nos alcance”). Un malherido Charlton Heston, a voz
en grito denuncia la terrible verdad en un mundo ya de por sí apocalíptico a la
gente que ya no sabe qué creer.
Ya en la calle, en pleno centro de la
ciudad, el frío acaba de despejarme mientras el cielo, de un gris oscuro con la
luna semioculta en sombras algodonosas me inspira todo lo opuesto: volver al
acogedor calor de la cama. Esta última idea, por tentadora que parezca resulta
tan absurda que al instante me integro a la rutinaria realidad en cuerpo y
mente.
Miro el reloj y ya veo que como no me
apresure, llegaré tarde al trabajo. No suena ninguna sirena pero, después de lo
que he visto, me siento más que nunca como un eloi camino de la guarida de los
morloks.
FIN

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