lunes, 5 de junio de 2017

SOYLENT GREEN



“La incomprensión, más que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir”
(José Narosky)


De nuevo, como llevo haciendo tantos meses atrás, demasiados como para determinar un número siquiera aproximado (digamos simplemente que desde que me trasladaron en el trabajo), me he adelantado al propio inicio del día; me he puesto en marcha antes de que cualquier gallo, esté donde esté, cante la llegada de la alborada. Cuántas veces la misma situación; me basta con saber que llevo un nada despreciable recorrido, en ocasiones, con un incómodo sentimiento de ir contra viento y marea; las más veces con una átona certeza de tránsito rutinario.

Faltan apenas diez minutos para que sean las siete en punto de la mañana y ya llevo un rato caminando, a paso ligero pues las prisas también madrugan, entre las oscuras calles, hacia la estación del tren de cercanías. El cielo, obviamente, sigue oscuro; hace el frío que corresponde a un mes como febrero, tanto, que últimamente se me ha quedado corta la bufanda y tengo, además, que recurrir a mi gorro de lana azul marino. A paso ligero, las manos ocultas en los grandes bolsillos del abrigo, mirando al suelo, aun no sé qué pinto en este nuevo día que promete ofrecer bien poco.

A medio camino de la estación, asciendo un desnivel entre dos calles paralelas a lo largo de una rampa embaldosada que a su vez va limitando un viejo edificio de seis plantas. Es el típico edificio construido allá por los sesenta para gente  de modestas rentas y discreto conformar para las que poder rodearse de cuatro paredes resulta más que suficiente para saberse en un digno hogar. Sé que es muy temprano pero la simple visión de ese edificio, silencioso, mugriento, casi desangelado pero, sobre todo con todas las ventanas excepto una, sin una luz que indique que alguien tiene que madrugar para llegar a tiempo al trabajo, me muestra, de nuevo, los malos tiempos a los que estamos condenados; estos tiempos que tan fácilmente se sintetizan con el término crisis o recesión. Una crisis y una recesión que lo abarcan todo. A esa ventana, la única que desprende una luz blanca y aséptica de fluorescente, dirijo la mirada deseando que no se apague al día siguiente cuando pase de nuevo por la rampa embaldosada. Es una luz, la de la ventana, que me inspira lucha, resistencia y esperanza.

A la derecha, amarrados cada uno al tronco de un árbol, unos cuantos carritos del súper reflejan levemente con su armazón metálico, la poca luz anaranjada de las farolas. Reparé en ellos hace unos días y aún no salgo de mi asombro. Son simples carritos del súper que son usados para transportar objetos desechados, como pequeños electrodomésticos, motores inservibles, y demás. Curiosamente, los especialistas en sacarles una salida a esa chatarra son negros y supongo que obtienen algo de dinero en los desguaces. Cada vez hay más carritos en esa calle. Hoy he contabilizado siete y no puedo evitar pensar en el relato de Auster  “El país de las últimas cosas” en el que en un mundo del todo decadente, tener un carrito de esos podía garantizar la supervivencia del día a día. De hecho aquí no los amarran con cualquier cuerda sino que usan cadenas metálicas con candado; tal debe ser el aprecio que le tienen a su herramienta de trabajo.

Como cada día, a medida que me acerco a la estación se van agregando viandantes, casi siempre los mismos, que cada día acuden también para coger el tren. Todos caminamos a paso ligero, con la mente aun procesando el acomodo a la matutina actividad. Resulta curioso porque vamos prácticamente en fila. Nos conocemos por realizar cada día el mismo trayecto pero no sabemos quiénes somos; nunca hemos cruzado una palabra. Por muy cerca que estemos unos de otros, nunca nos decimos nada, no porque no haya nada que decir, simplemente, las prisas dificultan todo aquello que suponga relación o mera distracción. Las prisas son amigas de lo rutinario, lo simple,… no reparan en atenciones. No sabemos nada de la vida de cada uno de los que nos congregamos como autómatas camino de la estación del ferrocarril. Se trata de una actividad muy simple y repetitiva. Me resulta fácil establecer el paralelismo con los hamsters que no paran de correr en esas ruedas giratorias, como si intentaran desesperadamente escapar a algún lugar lejano cuando realmente y sin remedio permanecen en el mismo sitio.

El peregrinaje, siempre a paso ligero, sigue a través de la oscuridad, con el eco de las pisadas como efímera estela. Así pues, sin tregua, seguimos hasta llegar a la estación. La estación de Sabadell Norte. Una obra colosal, inacabada por falta de presupuesto,  en medio de la Plaza España. Nada fuera de lo normal con los tiempos que corren. La estación con andén subterráneo que estaba destinada  a ser la guinda que culminara la red de infraestructuras de la ciudad se frustró en lo peor de la crisis económica. Aun así, obviando todo lo que falta por construir en el acceso exterior, una vez se bajan las escaleras hacia la amplia sala de los controladores de entrada a los andenes ya se siente uno como en cualquier estación de ferrocarril. Nada hace sospechar que por ahí no vayan a pasar trenes regularmente. Allí, en el andén correspondiente a la vía dos, vamos a parar todos los que llegamos. Siempre, lo primero que hago casi de manera involuntaria, como casi todos los que van acudiendo, es mirar el enorme reloj cilíndrico que, sujeto a la pared, muestra que hemos llegado con el tiempo muy justo.

El tren no se hace esperar y para mí resulta admirable la puntualidad que exhibe. Afortunadamente, esa fama que tiene el ferrocarril en cuanto a sus acostumbrados retrasos, no se cumple en este caso.

En cuanto el convoy se detiene y abre sus puertas correderas, entramos, aun somnolientos, todos al mismo ritmo, como hipnotizados, al igual que hacían los eloi al adentrarse en el siniestro complejo de los morloks cuando oían la sirena. Visto globalmente, parece que los vagones engullen a los viajeros que desaparecen tras sus fauces.

Allí dentro la luz es tenue, ambarina, completamente adecuada para facilitar la sensación de calidez después de la fría caminata. Vamos escogiendo asiento ya que, afortunadamente, el tren inició su recorrido en una población no demasiado lejana y va medio vacío, además de que a horas tan tempranas es imposible hallar los trenes abarrotados. Si puedo me siento al lado de la ventana porque aunque no se ve el paisaje al ser de noche, me siento como más recogido; es difícil de explicar, es más bien una sensación interior, digamos que los asientos que dan al pasillo, le dejan a uno más “expuesto”. No soy de los que apoyan la cabeza en el cristal y se echan un inquieto sueño, con el subconsciente al tanto de las paradas que va anunciando el invisible altavoz. Siempre llevo un libro encima y cuando el tren inicia la marcha, lo saco de mi bolsillo interior  y me pongo a leer no sin cierto regocijo. No sé qué tiene la lectura durante los viajes en tren que siempre consigo más provecho que realizando la misma actividad en cualquier otro sitio. Me explico. La lectura en el interior cálido del vagón resulta más fructífera. La atención sobre lo que se lee es óptima, de tal manera que ya no leo sino que vivo lo que se describe en las páginas. Recuerdo incluso con más detalle los libros que he leído íntegramente en los viajes de tren que en otras circunstancias. Supongo que la concentración de buena mañana y las ganas de desconectar del trabajo en el viaje de vuelta facilitan el provecho de la lectura.

El vagón en el que viajo se convierte en una sala de lectura en movimiento. Los que no llevan novelas al uso, leen periódicos y, cada vez más, los hay con libros electrónicos,  tabletas digitales y, como no, con los móviles que sirven para todo … ah! y para hablar por teléfono.

No tengo ninguna prisa y a medida que ganamos las primeras estaciones, levanto los ojos del libro (por primera vez leo Los cuatro jinetes del apocalipsis  de Vicente Blasco Ibáñez) y me fijo en la chica que hay sentada al otro lado del pasillo mirando su propio reflejo en la ventana porque se está maquillando. Eso ya se ha convertido en un ritual. Empieza lentamente con las pestañas para seguir dándose color a los labios con la barra de carmín. Se toma su tiempo y no le importa si alguien la está mirando. Yo la sigo por el rabillo del ojo porque esa suerte de ritual me relaja.  Finalmente se da algo de color en las mejillas y ordenadamente guarda sus artes en un neceser de tela. Es muy joven (dudo que llegue a los diecinueve o veinte años) y de alguna manera, una especie de inocencia que parce destilar de su mirada casi infantil consigue que le haya cogido cariño; una especie de cariño protector. El ritual del maquillaje no suele durar más de ocho o diez minutos y es cuando regreso a la lectura sin nada que distraiga mi atención. Apenas hay traqueteo, más bien al contrario, el tren parece deslizarse entre una estación y la siguiente. A ratos casi parece no desplazarse y es que, a pesar de estar deslizándose ya en el exterior, la casi total oscuridad entorpecida por alguna que otra farola de amarillenta luminosidad, ofrece una inusual sensación estática, como en el interior de un ascensor.

Cuando llevamos recorridos unos dos tercios del viaje hacia la capital, alguien ocupa el asiento contiguo al mío. Esta vez es una señora que rondará los cincuenta y tras una fugaz mirada en la que capto el semblante serio de una redondeada cara aterida por el frío, desvío de nuevo la mirada al libro, envuelto por un pesado perfume que se me antoja de los de antaño; un perfume de persona mayor, de esos que no incitan por vía olfativa ningún deseo o amago de excitación sino que despiertan no tanto recuerdos como sí sensaciones vividas. Es un aroma fuerte, pesado, de flores ya maduras, insinúa que quien lo desprende únicamente se resigna a infundir cierto respeto o cierto mensaje preventivo. Pienso que no es una mujer tan mayor como para llevar ese perfume.

Cuando el tren se oculta en la red de  túneles que atraviesa la ciudad sé que quedan cuatro paradas hasta mi destino, en pleno centro. En ese momento, envuelto aún con ese halo aromático, persistente, guardo el libro, cierro los ojos y me acomodo en mi asiento escondiendo el cuello entre los hombros para notar más el contacto del suave algodón de la bufanda. Con los ojos cerrados no presencio una oscuridad negra sino más bien un telón de fondo meloso debido a la luz ambarina del vagón con la que me entrego a la relajación mientras espero que el altavoz vaya desgranando el paso por las diferentes estaciones hasta la mía que precisamente resulta ser la misma de la gran mayoría de pasajeros.

Poco antes del destino, apenas unos segundos después de que la voz femenina de la megafonía lo anuncie, nos vamos levantando (en mi caso con un inevitable amodorramiento) y encaramos el acceso de salida al andén. Es todo muy mecánico, automático, como regido por una inercia que lo controla todo.

La gente se amontona en la estación subterránea y las escaleras mecánicas se convierten en el siguiente objetivo. Parece mentira porque sigue siendo muy temprano para que se tenga que congregar semejante muchedumbre. Es una apelotonada procesión en medio de un murmullo completamente indescifrable y, por encima de las cabezas, la voz femenina de la megafonía, muy correcta, con una magna reverberación,  anunciando las salidas y llegadas de los trenes.

De pronto, una voz destaca sobre el murmullo de la marabunta. Alguien de manera insistente levanta la voz porque parece protestar por algo. La procesión empieza a  perder celeridad y acaba por detenerse. Eso no es normal. Se sale de las poderosas leyes de la rutina. Algo ha ocurrido. A la voz inicial se le han sumado otras voces y resuenan en la estación  subterránea cada vez con más fuerza. Finalmente una de esas voces se impone a las demás y queda, ya  en gritos, dominando todo el entorno. Es la voz de un hombre joven. Cerca de la vía 1, un grupo de unas ocho o diez personas se mueven atropelladamente e intentan avanzar hacia el pie de la escaleras mecánicas. Entre el grupo destacan gracias a sus chalecos fosforescentes, tres hombres bastante fornidos que son empleados de seguridad de los ferrocarriles. El asunto empieza a aclararse. Intentan llevar a trompicones al chico que no para de lanzar voces y a otros tres o cuatro que no ofrecen resistencia. El más inconformista es alto, más que los fornidos empleados de seguridad pero es muy joven y delgado y por mucha oposición que ofrezca tiene las de perder. A todo esto, los viandantes; esa informe procesión de la que yo mismo formo parte, sigue detenida. Resulta imposible acceder a las escaleras mecánicas al haberse congregado el bullicioso grupito en ellas. El chaval sigue oponiendo resistencia y se deshace de las manos que lo aferran una y otra vez. Entre sus gritos logro entender que no está en absoluto conforme con el precio del billete de tren. Algo así como que le parece vergonzoso que un viaje de cercanías costara dos euros con treinta y cinco y no sé qué más de estafas y robos. Seguramente fue “cazado” junto con sus amigos por los vigilantes sin haber pagado los correspondientes billetes. No sin dificultad fue colocado en la base de la escalera mecánica y allí, con el lento ascenso, se dirigió el joven rebelde a la multitud que allí seguía expectante, algunos mirando ya el reloj nerviosamente, para decirles a voz en grito lo siguiente:

¿Es que no lo veis? ¿No os dais cuenta? Os están engañando. Todo es un engaño. No os matéis a trabajar para esa gente (y en este punto señalaba con el dedo hacia arriba). Trabajad sólo para poder comer. Miraos. No sois más que un rebaño para ellos.

Todo eso iba diciendo mientras ascendía lentamente por la escalera bien sujeto por los vigilantes confiriéndole la escena cierto carácter mesiánico.  En ese momento me acordé del final de la película Soylent Green (aquí la conocimos con el título “Cuando el destino nos alcance”). Un malherido Charlton Heston, a voz en grito denuncia la terrible verdad en un mundo ya de por sí apocalíptico a la gente que ya no sabe qué creer.

Ya en la calle, en pleno centro de la ciudad, el frío acaba de despejarme mientras el cielo, de un gris oscuro con la luna semioculta en sombras algodonosas me inspira todo lo opuesto: volver al acogedor calor de la cama. Esta última idea, por tentadora que parezca resulta tan absurda que al instante me integro a la rutinaria realidad en cuerpo y mente.

Miro el reloj y ya veo que como no me apresure, llegaré tarde al trabajo. No suena ninguna sirena pero, después de lo que he visto, me siento más que nunca como un eloi camino de la guarida de los morloks.

FIN




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