(Pero lo vi... Mi espíritu sin calma era ya de tu espíritu un reflejo... Toda mi alma se espació en tu alma, y en ella viose como en claro espejo)
Pedro Antonio de Alarcón
La mayoría de las veces, no ocurre
nada. Bueno sí, ocurre, pero casi siempre es lo mismo. Cuando algo se repite
tanto es como si nada sucediera. La monotonía consigue convencernos de que no
ocurre nada, de la uniformidad de todo lo que nos rodea, de la limitada
dimensión de las personas (con un poco de
suerte se quedan en meros figurantes que surgen a nuestro alrededor con
su anchura y altura, ya sin profundidad como esos maniquíes planos de los
campos de tiro).
Todo esto que suena tan lúgubre,
triste, impersonal, apático,… sin vida, se acentúa (y de qué manera) en la
dinámica (tan triste, tan de otro mundo autómata y lejano) del metro de
Barcelona. Señalo que es el metro de Barcelona por ser el que bien conozco por la mañana bien temprano lo
cual no quiere decir que no sea, todo aquello que cuente, extensible al metro
de Madrid o al de cualquier gran urbe.
Quizás por esa terrible circunstancia
que hace que cada mañana se repita a modo de sucesión de clones
diarios es por lo que uno mismo procure atender a esos ínfimos cambios que, aunque
levemente, rompen con la monotonía. Son pequeños detalles, como cuando por azar
se oye perfectamente la conversación telefónica que mantiene por el móvil un
joven italiano y uno intenta entender de qué va por esa o aquella palabra
conocida o esa o aquella expresión que parece más o menos familiar. Como si de
un pasatiempos se tratara. Hay más ejemplos, por supuesto. La mayoría de ellos
fundados en la peculiaridad de este o aquel personaje. Los que se dedican a
pedir limosna en voz alta vendiendo pañuelos de papel o mecheros o los que se
arrancan a cantar o a tocar la guitarra o el acordeón, sencillamente, no
aparecen a horas tan tempranas. Se han hecho tan habituales, tan comúnmente
presentes a horas no tan intempestivas, que ya no destacan como algo curioso y
diferente a señalar. Por eso, cada mañana, casi inconscientemente uno procure
reparar en lo que resulta insólito, en lo que, aunque por poco margen sea, se
salga de lo habitual. Pocos casos son dignos de mención. Mucho menos dan para
poder extenderse. En esta ocasión, el detalle de aquella mañana dio para algo
más.
Lo curioso, además, es que no ocurrió
algo que pudiera considerarse sin lugar a dudas como algo fuera de lo normal.
Fue más la reflexión posterior sobre lo acaecido lo que dio la consistencia para la
narración.
Era una mañana de invierno, poco
después de Navidades. Digo mañana aunque la luz del día correspondía más a la
media noche. Este detalle da una idea del cotidiano madrugón al que desde hace
bastante tiempo, me veo sometido. Hacía frío. Iba con el cuello encogido y el
cuerpo encorvado al caminar, parapetado por las solapas alzadas del abrigo, el
cuello envuelto con una bufanda de algodón azul y siguiendo como un autómata la
dirección hacia la boca del metro.
Una hora temprana, un frío que nos
recuerda con dolor el cálido abrazo de las sábanas que dejamos atrás y, aún
así, gente por la calle esperando el verde del semáforo, corriendo para no
perder el bus, haciendo señas a un taxi de somnoliento chófer, … gente presurosa
en una u otra dirección y, sobretodo,
gente engullida por la inmensa boca del metro. Todo eso a hora tan temprana.
Una vez más el hormiguero humano se adelantaba al día y se ponía en marcha.
Como una partícula flotante, informe
y pasiva, encaro el sumidero que para mí es la entrada al subterráneo. Justo
antes de bajar las escaleras es cuando desaparece la sensación entre angustiosa
y resignada de la monótona vida laboral. Todo parece girar en torno del trabajo
el cual se lleva siempre las mejores
horas del día. Me resulta tan fácil ubicar como un elemento externo al dichoso
trabajo… un elemento ajeno que se interpone en el camino y nos exige las
mejores horas del día y la mejor de nuestras actitudes. Cuesta mucho
considerarlo un aliado y como tal, encararlo con buen humor y predisposición,
sobretodo a esas horas tan tempranas. Pero ya se sabe, es un mal necesario.
Ese descenso de las escaleras hacia
el acceso a los andenes resulta pues, inevitable. La enésima validación del
bonotren para que se abra automáticamente la portezuela como en una suerte de
peaje, me resulta una mala copia de “Atrapado en el tiempo”.
Se hace artificialmente de día con
innumerables tubos fluorescentes pero el ambiente frío recuerda, una vez más,
que no tendríamos que estar ahí. Que esa sensación de estar desubicado es un
síntoma más de que estamos remando contra corriente.
El tren no se hace esperar encabezado
por el inmutable rostro de pétrea seriedad del maquinista. Otro que,
seguramente, habrá pensado más de una vez, qué se le habrá perdido ahí bajo
tierra a esas horas.
De hecho. Siempre ha sido así. Desde
que el hombre es hombre ha tenido que sacrificarse para seguir vivo en las
mejores condiciones posibles. Eso iba pensando yo justo en el momento de entrar
en el vagón. Ajeno a los escasos asientos procuro apoyar la espalda en
cualquier espacio libre de las paredes del descansillo del vagón.
Los hombres primitivos. Esos sí que
vivían bien en la noche de los tiempos. No obstante en la prehistoria, cada día
también acabaría siendo un calco del anterior. Levantarse, lavarse, comer algo,
cazar, arreglar cuatro desperfectos en la cueva, copular, dormitar, avivar el
fuego, cenar, … Lo bueno es el horario
flexible, la naturaleza de un planeta joven e incorrupto, la ausencia de tráfico
y de todo aquello que huele a progreso, la falta de política y todo lo que
conlleva, el desconocimiento del dinero, … Por el contrario, la alimañas
siempre al acecho (debía ser muy fácil sentirse presa entre tantos
depredadores), el frío, la carne cruda o poco hecha, la falta de higiene, la
ausencia de libros, … hay que estar metido en la piel de aquellos seres en
situación.
Creo que el atractivo reside en el
concepto que nos formamos de esa remota vida. La mera simplificación de ésta
nos seduce de tal manera que la crudeza, la violencia y las condiciones
extremas de aquél mundo únicamente nos advierte al final, justo antes de volver
a la realidad cotidiana, que aquello que en un principio, parecía digno de
anhelo, poniendo todas la cartas sobre
la mesa, realmente cuenta con muchos inconvenientes. Demasiados siglos de
evolución (o de involución quizás) desde entonces para tener que readaptarse a la vida de la noche de los tiempos.
Volvamos al metro. Una mañana
cualquiera. La sensación de velocidad subterránea y traqueteo de siempre. Nada
presagia que vaya a suceder nada fuera de lo habitual. La rutina parece
dispuesta a enseñorearse una vez más de la mañana hasta que, en la segunda
parada, tras la salida de unos pocos pasajeros, entró una sola persona, una joven mujer, discreta, abrigada, somnolienta y ausente. Del gorro blanco de lana le asomaban
mechones ondulados de un color rubio pajizo. Era de piel pálida aunque
destacaba el color rosado de la nariz por el frío. Me llamaron la atención las
espesas cejas de color negro que para mi gusto contrastaban no sin cierta
armonía con los mechones de pelo rubio. Llevaba gafas de pasta que le conferían
un aire intelectual. No sé qué cualidad poseen esas gafas, generalmente de gran
tamaño, que no sólo proporcionan ese aspecto intelectual y sobrio a las mujeres
sino que, además, lejos de parecer grotescas, aportan un extra de velada
sensualidad.
Escogió un lugar en el metro entre la
muchedumbre. Asiendo con femenina delicadeza la barra dio un ligero suspiro y
perdió la mirada hacia el suelo, perturbada únicamente por el traqueteo inicial
al abandonar el tren la estación.
El tupido bosque humano me impedía
observarla y me resigné a desviar la mirada hacia ninguna parte. El aviso
neutro de la siguiente parada facilitó que mirara la parpadeante lucecita roja
que representaba la estación en cuestión. Quizás por puro azar o quizás por una
remota chispa de voluntad di con la imagen de la chica de las gafas reflejada
en la ventanilla del vagón. Ahí seguía cogida a la barra y completamente
ausente. Me quedé ahí mirando la imagen reflejada llegando a sentir algo
parecido a la ternura. De repente, como alertada por los anónimos ojos que
habían reparado en ella levantó la cabeza de tal modo que su reflejo, sometido
antes a mi furtiva mirada, me miró fijamente a su vez.
La mirada del reflejo me pilló
desprevenido. Era más guapa de lo que en un principio estimé. Los ojos serios,
sobrios, grandes tras las gafas de pasta parecían estudiar mi rostro ausentes
de todo rubor. Las cejas bien aparentes
y negras describían sendos arcos que lograban superar levemente el marco curvo
de las gafas. Instintivamente retiré la mirada del reflejo femenino. Me había
cazado “espiándola”. No sé por qué razón
volví a mirarla a través de su reflejo en la ventana. Ahí seguía mirándome
fijamente. Creo que parpadeé un par de veces como para sacudirme la tensión que
me generaba esa mirada pero me negué a retirar de nuevo la vista… El reflejo me seguía revelando un rostro
bello y un tanto misterioso. El gorro de lana no le añadía desenfado. Estaba
seria y su mirada, de misteriosa, mutó a desafiante. Una libertad que se tomaba
ante el reflejo de alguien en una ventana pero, quien sabe si haría lo mismo
ante la imagen real del individuo observado.
Se trataba de un fascinante juego de
espejos. Recapitulemos. Yo no la miraba realmente a ella pues mis ojos estaban
dirigidos hacia su imagen reflejada en la ventana del vagón. Del mismo modo,
ella no me miraba realmente a mí sino al reflejo que proyectaba el cristal de
la ventana de mi imagen real. Aquello guardaba un misterio de lo más
caprichoso. De alguna manera estábamos interactuando con nuestros respectivos
“intermediarios”. Aquello me recordaba a la película de James Cameron “Avatar”.
No sé precisar cuánto tiempo
sostuvimos la mirada. Lo único que sé es que fue mucho más de lo que pudiera
considerarse algo normal. Lo que en muchas ocasiones esta circunstancia pudiera
resultar incómoda, en este caso concreto no percibí incomodidad sino algo
parecido a una tensión controlada con cierto cosquilleo de nerviosismo. Cada
uno observaba como válido y real al reflejo del otro. Diríase que tal
circunstancia desdramatizaba el hecho en sí. Algo así como si el hecho de estar
mirándonos de manera indirecta descartara cualquier atisbo de compromiso, de
presencia de terceros, de formalismos sociales, …
Aquello, como si de otra dimensión se
tratara, nos permitía jugar a que fuera real algo que, tan intenso como
efímero, sólo podía ser alimentado con impulsos de voluntad casi virtual.
De nuevo algo de traqueteo como preludio
a la próxima parada del metro. Bajé de nuevo la mirada y ya no osé volver al,
digamos, modo “avatar”. No me atreví a encarar de nuevo el reflejo de la mujer
que había demolido de una manera tan simple la tan temible monotonía que tan
bien sabe enseñorearse de nuestras rutinas.
Esa era mi parada. Tenía que salir.
Fui avanzando lentamente entre la gente hasta llegar a la desconocida (la
real) y, sin mirarla a la cara, avancé hacia la puerta corredera recién abierta y
salí.
Como los malos cortes en la televisión
dan paso a la publicidad en lo mejor de la película, así se implantó de golpe
la realidad camino del transbordo para cambiar de línea. Cada vez me hallaba
más cerca del trabajo. Avanzaba a golpe
de realidad. Una realidad a la que no podía enfrentarme en modo “avatar”.
FIN
