viernes, 31 de marzo de 2017

Ese momento tan especial





<< Hay que escoger entre amar a las mujeres o bien conocerlas, no hay término medio >>.
(Nicolas Chamfort;  escritor francés)

Me resulta imposible desviar la mirada. Por una especie de magnetismo, tengo irremediablemente mis ojos clavados en los suyos. Son fascinantes… Destacan por esa tonalidad que sólo he visto en la miel al trasluz. Qué bonita es. No tanto por  la estética que le confiere aquellos ojos tan seductores como por la propia mirada, que la  hace sobretodo interesante. Es curioso pero unos ojos bonitos de poco o nada sirven a la belleza si no van debidamente complementados con una determinada mirada. Está la mirada seductora, la mirada interesante o la mirada incómoda. Yo asocio esta última a la mirada impenetrable; esa mirada que suele ocultar algo o todo.
Me gustan sus ojos. Me gustan en estos momentos de silencio en los que estamos a solas. He dicho silencio pero no es del todo cierto ya que a pocos metros están los niños alborotando en la habitación de los juguetes y, como todos los niños, no saben divertirse sin alborotar. Por una vez no me importa ese alboroto de fondo, como amortiguado. Casi ni me molesta. No creo que a ella le moleste tampoco. No le debe molestar ese murmullo infantil en este momento tan especial en el que nos hallamos ahora en la habitación de matrimonio, a solas, mirándonos a los ojos fijamente, como en una sesión de hipnosis. No sé qué pensará ella mientras me mira en silencio. No es que yo tenga una mirada cautivadora ni nada de eso, y menos ahora que no me lleva ningún sentimiento puramente sensual, ni siquiera romántico. Me envuelve algo que va más allá. Me atrevería a decir que llega a ser un sentimiento casi animal, primitivo. Puro instinto. Es algo que únicamente he podido sentir estando con ella pero en esta ocasión resulta diferente. Parece superar cualquier barrera preestablecida por las normas sociales que tanto moldean nuestros actos en nuestras vidas.

Pensar en esto hace que recuerde las palabras de un amigo que me confesó una vez que si pudiera le sería infiel a su mujer aunque sólo fuera por una vez. Me dijo que su cuerpo se lo pedía a gritos. Nos ha jodido. Como a todo el mundo. ¿A quién no le había asaltado alguna vez ese tipo de inquietudes?

-          ¿Y por qué no lo intentas? – le sugerí por la entonación incisiva de la pregunta.

- Porque estamos sometidos por completo a las normas de la sociedad, tan estrictas y que tanto coartan según qué iniciativas.

Debí poner cara de pócker. No me esperaba una respuesta como esa. Supongo que por ello siguió mi amigo argumentando:
- Es la educación sabes?.  No es más que la educación que hemos recibido. Qué quieres que te diga. Eso nos ha marcado.
- Ya – respondí – De ahí que seas un pardillo

No recuerdo cómo se lo tomó. No demasiado bien supongo. De todas formas no importa. No importa en absoluto porque noto que me estoy despistando y eso impide que disfrute plenamente de este momento. Volvemos a estar en las distancias cortas, como tantas veces  antes, aunque soy consciente de que no habrán más ocasiones. No tengo más remedio que hacerme a la idea. Hoy será la última vez que compartamos un momento tan íntimo. Recuerdo cuando me dijo que yo era una persona muy especial para ella. Debí darme cuenta entonces que aquello no era suficiente. No la oí decir, en todo el tiempo que compartimos, un simple “te quiero”. Nunca reconoció explícitamente que estuviera locamente enamorada de mí. En su momento no quise darle mayor importancia. De alguna manera conseguí tenerla una y otra  vez entre mis brazos. A veces le notaba una estela de angustia en su mirada cuando estábamos a solas; como si no pudiera deshacerse completamente de ese remordimiento por saberse una mujer casada. ¿Cómo reaccionaría su marido si supiera que le ha sido infiel?.  Lo peor de todo, ¿Si supiera además que le ha sido infiel con alguien como yo?. Por mucho que su matrimonio se convirtiera hace tiempo en una especie de naufragio, las infidelidades no son nada bienvenidas. Son semillas de odio desenfrenado y venganzas. Son el puro reflejo, sin tamices que amortigüen la cruda realidad, de que se ha fracasado y de que la consecuencia de ese fracaso es el abandono y la soledad.

Se oye de nuevo, como en un murmullo, el alboroto de los niños. Como en las anteriores ocasiones hemos sido muy prudentes y la discreción ha reinado también en este nuestro último encuentro amoroso. Sus hijos, de nuevo, no han supuesto un problema.

Habíamos llegado a la habitación de ella como dos fantasmas. Nadie en la casa se percató de nada. Su marido, el desgraciado, tenía que trabajar de nuevo en sábado y eso me dio pista libre para despegar con ella. Tras los primeros besos apasionados, noté que algo no iba bien. Ella no parecía estar enteramente conmigo. No ponía de su parte como otras veces. Eso es algo que se nota. Por cierto que esta vez no sólo había un componente de remordimientos por parte de ella sino que había algo más. La encontraba diferente.

Al ir de nuevo a besarla con mayor dosis pasional para diluir esa sensación de que algo falla, me ha detenido interponiendo sus manos en mi torso y agachando la cabeza. Su media melena en cascada ocultaba su rostro. Tras un lacónico “se acabó” emitido por sus temblorosos labios, se apartó el pelo, me miró con los ojos enrojecidos y acabó dándome la espalda lentamente. Estaba claro que algo había sucedido pero por otro lado, no veía convencimiento en lo que decía. Había un mínimo sesgo de inseguridad en sus palabras o al menos eso quería creer yo. La abracé como si fuera una niña desconsolada oliendo la fragancia de su pelo, como otras veces.

***
 Ahora seguimos en silencio, muy juntas. Seguimos mirándonos las dos y acabo reconociendo que sí. Que ella iba en serio y que lo nuestro se acabó. Me hizo ver la realidad bruscamente diciéndome que lo había pasado muy bien todo este tiempo conmigo, que le había gustado la experiencia pero que en definitiva ella no era así. No acababa de sentirse bien y había decidido intentar poner a flote su fracasado matrimonio. Algo le decía que todavía quedaba una pequeña oportunidad de ser feliz con su marido y sus hijos.

Qué aburrimiento. Qué absurdo todo por Dios. Es la última vez que la besaba, que tocaba su cuello desnudo de suave y delicada piel. Era la última vez que nos mirábamos con esa complicidad que nos había hecho gozar juntas…

 Seguimos mirándonos. Me fijo en mis manos en contacto con ella. Las venas de mis muñecas sobresalen por la excitación formando un entramado gris azulado afeándolas. Ella tiene los ojos cada vez más abiertos y fijos en mí. Está aferrada a mis brazos mientras sigo apretando su cuello con fuerza y pasión. Noto que no puede respirar y sus labios describen una mueca imposible dejando asomar la blancura de sus dientes apretados.

Se le amorata la cara por la carencia de oxígeno y sus ojos, antes preciosos, parecen querer abandonar sus cuencas. Un crimen pasional. Qué peligroso resulta a veces el amor. Sonrío pensando en la frase “el amor puede ser peligroso para su salud”.  Su pulso ya desciende de manera alarmante. Lo noto bajo mis manos  adheridas a su frágil cuello. En pocos segundos acabará todo y ya me hago a la idea (por tratarse de algo ya inevitable) de tenerla exánime entre mis brazos. Me fascina saberme la última persona que verá en sus últimos momentos. Yo seré su punto final.

El brazo que se ha enroscado bajo mi mentón y que tan bruscamente ha tirado de mí liberando de mis manos a mi amada, ha hecho crujir mis vértebras. He caído de espaldas y me siento aturdida. Alguien había abierto la puerta bruscamente reventando el pestillo y entrando con violencia sabiendo de antemano lo que se estaba cociendo en la habitación. Los niños realmente no estaban jugando con alboroto; la mayor, de unos ocho años ha debido alarmarse cuando en el forcejeo se ha caído la lámpara de la mesita armando un buen estropicio. Habrá sido la niña la que habrá llamado a la policía. Está bien enseñada.

Ese cabrón de madero me ha hecho daño de verdad. Me siento desfallecer en el suelo mientras me ajusta las esposas y oigo de fondo la insistente tos de ella. Otro  poli la asiste con palabras amables.


FIN

sábado, 25 de marzo de 2017

Que Suene

(Relato)


Lo que llevaba buscando durante un buen rato pasó a un segundo plano de manera instantánea. Su interés se evaporó en el momento en que, rebuscando en el cajón del recibidor, descubrió un revólver negro, brillante, semioculto en el fondo, como un  peligroso animal en su guarida. La sorpresa le paralizó los sentidos. La mente en blanco tardó en volver a procesar lo que podía estar ocurriendo. Solía rebuscar en ese cajón (con el tiempo convertido en mini trastero) con lo que la intrusión del arma forzosamente debía ser reciente.

<< No me explico cómo se ha enterado >>, se lamentaba mientras cogía con cuidado el peligroso objeto. El desliz con su secretaria fue algo puntual y ocurrió con la suficiente discreción en un apartado hotel. Sabía de las neuras de su celosa mujer, responsables de ocasionales zozobras en su relación matrimonial pero … ¿cómo pudo enterarse?. La noche del affaire avisó que volvería tarde a casa por imprevistos de última hora en el trabajo y por ello, excepcionalmente, no podrían coincidir ese breve instante de la tarde en que a ella le tocaba el turno de noche en el hospital. Por mucho que ella indagara, resultaba imposible que le hubiera descubierto.

El ya atormentado cerebro barajaba varias posibilidades: la muy zorra había contratado un detective mucho tiempo antes para que le siguiera y el sabueso podría haberle sonsacado a cambio de pasta al conserje del hotel o incluso a la propia partícipe del adulterio… quién sabe. Sea como fuere su mujer se había enterado y la muy loca estaba dispuesta a dejarlo hecho un colador. Seis balas en el tambor. Sin duda quería asegurarse.

Le sobresaltó el sonido de su móvil. De pie, con el revólver en la mano, no sabía cómo reaccionar. No estaba en condiciones de hablar con nadie. << Que suene >>.

Su incansable máquina de asociación de ideas acababa de topar con una incongruencia. Su mujer sabía que solía rebuscar habitualmente en ese cajón ¿por qué dejar ahí el arma? ¿ Por qué ella no había actuado ya?

<< No tiene agallas >> concluyó su mecanismo de razonar hiperactivo. La alternativa, no obstante, seguía siendo funesta. Si ella no se iba a manchar las manos de sangre, otro lo haría en su lugar. Alguien encantado de matar con arma ajena y así evitar pistas. Cobraría sentido además la ubicación del revólver en el fondo del cajón del recibidor, bien cerca de la puerta de entrada.

Nuevo sobresalto telefónico. Se acercó a la mesa del salón desde donde le reclamaba el móvil. La pequeña pantalla luminosa le advertía que era su mujer. Seguramente quería asegurarse de que se hallaba en casa. Ignorando de nuevo la llamada, volvió a dejarlo en la mesa cuando de repente se quedó todo a oscuras. ¿Un apagón? … mejor sabotaje.

A trompicones se dirigió de nuevo al recibidor pistola en mano para comprobar el cuadro de la luz. El inquietante e inesperado sonido del cerrojo de la puerta principal se unió a la macabra sucesión de hechos alarmantes. Quien  intentaba entrar era sin duda un extraño por el tiempo que se tomaba para que cediera el cerrojo.

La puerta abierta descubrió la silueta de un desconocido. El sicario se acercó al sencillo mueble y tras abrir el cajón – minitrastero y hurgar en él dio un respingo al oír <<¿buscas esto cabrón? >>

No hubo tiempo para más. Quizás fue el estado de inusual excitación, quizás no sabía cuan sensible podía llegar a ser el gatillo de un revólver, quizás fue un impulso imprevisto e irrefrenable. Entre las sombras del pasillo el fogonazo fue la antesala de la fulminación del extraño. Ligeramente aturdido por el estampido, se acercó al inerte cuerpo. Apenas podía distinguir su rostro, al recibidor no llegaba luz de fuera porque el apagón había afectado incluso al alumbrado público. A pesar de la penumbra, creía haberlo visto antes.

De nuevo el teléfono a escena pero esta vez se trataba del fijo que, ante lo infructuoso de sus repetidos pitidos hizo que el contestador automático con la voz de su mujer le explicara que no había manera de que contestara al móvil; que si llegaba antes de lo previsto a casa, que no se extrañara si alguien abría la puerta ya que ella misma le había dejado la llave; que no se preocupase porque se trataba de Pedro, el piloto de Mercury Air, su amigo del instituto que ya le presentó una vez; que como solía volar a lugares conflictivos, se empeñaba en llevar un arma de la que le obligarían a desprenderse y a dar una serie de explicaciones que no estaba dispuesto a satisfacer en los juzgados donde ese mismo día debía hacer una gestión.


En definitiva, que esperaba que no le importase que le hubiese ofrecido un lugar donde dejar el arma para recuperarla esa noche y así, de paso, si coincidían, podría recibirle con la gentileza que siempre le caracterizaba e incluso invitarle a tomar algo. Finalmente, que a ver si estaba más atento al móvil y que, como siempre, le quería.