<< Hay que escoger entre amar a las mujeres o bien conocerlas, no hay
término medio >>.
(Nicolas Chamfort; escritor francés)
Me resulta imposible desviar la mirada.
Por una especie de magnetismo, tengo irremediablemente mis ojos clavados en los
suyos. Son fascinantes… Destacan por esa tonalidad que sólo he visto en la miel
al trasluz. Qué bonita es. No tanto por la estética que le confiere aquellos ojos tan
seductores como por la propia mirada, que la hace sobretodo interesante. Es curioso pero
unos ojos bonitos de poco o nada sirven a la belleza si no van debidamente
complementados con una determinada mirada. Está la mirada seductora, la mirada
interesante o la mirada incómoda. Yo asocio esta última a la mirada
impenetrable; esa mirada que suele ocultar algo o todo.
Me gustan sus ojos. Me gustan en estos
momentos de silencio en los que estamos a solas. He dicho silencio pero no es
del todo cierto ya que a pocos metros están los niños alborotando en la
habitación de los juguetes y, como todos los niños, no saben divertirse sin
alborotar. Por una vez no me importa ese alboroto de fondo, como amortiguado.
Casi ni me molesta. No creo que a ella le moleste tampoco. No le debe molestar
ese murmullo infantil en este momento tan especial en el que nos hallamos ahora
en la habitación de matrimonio, a solas, mirándonos a los ojos fijamente, como en
una sesión de hipnosis. No sé qué pensará ella mientras me mira en silencio. No
es que yo tenga una mirada cautivadora ni nada de eso, y menos ahora que no me
lleva ningún sentimiento puramente sensual, ni siquiera romántico. Me envuelve
algo que va más allá. Me atrevería a decir que llega a ser un sentimiento casi
animal, primitivo. Puro instinto. Es algo que únicamente he podido sentir
estando con ella pero en esta ocasión resulta diferente. Parece superar
cualquier barrera preestablecida por las normas sociales que tanto moldean
nuestros actos en nuestras vidas.
Pensar en esto hace que recuerde las
palabras de un amigo que me confesó una vez que si pudiera le sería infiel a su
mujer aunque sólo fuera por una vez. Me dijo que su cuerpo se lo pedía a
gritos. Nos ha jodido. Como a todo el mundo. ¿A quién no le había asaltado
alguna vez ese tipo de inquietudes?
-
¿Y por qué no lo
intentas? – le sugerí por la entonación incisiva de la pregunta.
- Porque estamos sometidos por completo
a las normas de la sociedad, tan estrictas y que tanto coartan según qué
iniciativas.
Debí poner cara de pócker. No me
esperaba una respuesta como esa. Supongo que por ello siguió mi amigo
argumentando:
- Es la educación sabes?. No es más que la educación que hemos recibido.
Qué quieres que te diga. Eso nos ha marcado.
- Ya – respondí – De ahí que seas un
pardillo
No recuerdo cómo se lo tomó. No
demasiado bien supongo. De todas formas no importa. No importa en absoluto
porque noto que me estoy despistando y eso impide que disfrute plenamente de
este momento. Volvemos a estar en las distancias cortas, como tantas veces antes, aunque soy consciente de que no habrán
más ocasiones. No tengo más remedio que hacerme a la idea. Hoy será la última
vez que compartamos un momento tan íntimo. Recuerdo cuando me dijo que yo era
una persona muy especial para ella. Debí darme cuenta entonces que aquello no
era suficiente. No la oí decir, en todo el tiempo que compartimos, un simple
“te quiero”. Nunca reconoció explícitamente que estuviera locamente enamorada
de mí. En su momento no quise darle mayor importancia. De alguna manera
conseguí tenerla una y otra vez entre
mis brazos. A veces le notaba una estela de angustia en su mirada cuando
estábamos a solas; como si no pudiera deshacerse completamente de ese
remordimiento por saberse una mujer casada. ¿Cómo reaccionaría su marido si
supiera que le ha sido infiel?. Lo peor
de todo, ¿Si supiera además que le ha sido infiel con alguien como yo?. Por
mucho que su matrimonio se convirtiera hace tiempo en una especie de naufragio,
las infidelidades no son nada bienvenidas. Son semillas de odio desenfrenado y
venganzas. Son el puro reflejo, sin tamices que amortigüen la cruda realidad,
de que se ha fracasado y de que la consecuencia de ese fracaso es el abandono y
la soledad.
Se oye de nuevo, como en un murmullo, el
alboroto de los niños. Como en las anteriores ocasiones hemos sido muy
prudentes y la discreción ha reinado también en este nuestro último encuentro
amoroso. Sus hijos, de nuevo, no han supuesto un problema.
Habíamos llegado a la habitación de ella
como dos fantasmas. Nadie en la casa se percató de nada. Su marido, el
desgraciado, tenía que trabajar de nuevo en sábado y eso me dio pista libre
para despegar con ella. Tras los primeros besos apasionados, noté que algo no
iba bien. Ella no parecía estar enteramente conmigo. No ponía de su parte como
otras veces. Eso es algo que se nota. Por cierto que esta vez no sólo había un
componente de remordimientos por parte de ella sino que había algo más. La
encontraba diferente.
Al ir de nuevo a besarla con mayor dosis
pasional para diluir esa sensación de que algo falla, me ha detenido
interponiendo sus manos en mi torso y agachando la cabeza. Su media melena en
cascada ocultaba su rostro. Tras un lacónico “se acabó” emitido por sus
temblorosos labios, se apartó el pelo, me miró con los ojos enrojecidos y acabó
dándome la espalda lentamente. Estaba claro que algo había sucedido pero por
otro lado, no veía convencimiento en lo que decía. Había un mínimo sesgo de
inseguridad en sus palabras o al menos eso quería creer yo. La abracé como si
fuera una niña desconsolada oliendo la fragancia de su pelo, como otras veces.
***
Ahora seguimos en silencio, muy juntas.
Seguimos mirándonos las dos y acabo reconociendo que sí. Que ella iba en serio
y que lo nuestro se acabó. Me hizo ver la realidad bruscamente diciéndome que
lo había pasado muy bien todo este tiempo conmigo, que le había gustado la
experiencia pero que en definitiva ella no era así. No acababa de sentirse bien
y había decidido intentar poner a flote su fracasado matrimonio. Algo le decía
que todavía quedaba una pequeña oportunidad de ser feliz con su marido y sus
hijos.
Qué aburrimiento. Qué absurdo todo por
Dios. Es la última vez que la besaba, que tocaba su cuello desnudo de suave y
delicada piel. Era la última vez que nos mirábamos con esa complicidad que nos
había hecho gozar juntas…
Seguimos
mirándonos. Me fijo en mis manos en contacto con ella. Las venas de mis muñecas
sobresalen por la excitación formando un entramado gris azulado afeándolas.
Ella tiene los ojos cada vez más abiertos y fijos en mí. Está aferrada a mis
brazos mientras sigo apretando su cuello con fuerza y pasión. Noto que no puede
respirar y sus labios describen una mueca imposible dejando asomar la blancura
de sus dientes apretados.
Se le amorata la cara por la carencia de
oxígeno y sus ojos, antes preciosos, parecen querer abandonar sus cuencas. Un
crimen pasional. Qué peligroso resulta a veces el amor. Sonrío pensando en la
frase “el amor puede ser peligroso para su salud”. Su pulso ya desciende de manera alarmante. Lo
noto bajo mis manos adheridas a su
frágil cuello. En pocos segundos acabará todo y ya me hago a la idea (por
tratarse de algo ya inevitable) de tenerla exánime entre mis brazos. Me fascina
saberme la última persona que verá en sus últimos momentos. Yo seré su punto
final.
El brazo que se ha enroscado bajo mi
mentón y que tan bruscamente ha tirado de mí liberando de mis manos a mi amada,
ha hecho crujir mis vértebras. He caído de espaldas y me siento aturdida.
Alguien había abierto la puerta bruscamente reventando el pestillo y entrando
con violencia sabiendo de antemano lo que se estaba cociendo en la habitación.
Los niños realmente no estaban jugando con alboroto; la mayor, de unos ocho
años ha debido alarmarse cuando en el forcejeo se ha caído la lámpara de la
mesita armando un buen estropicio. Habrá sido la niña la que habrá llamado a la
policía. Está bien enseñada.
Ese cabrón de madero me ha hecho daño de
verdad. Me siento desfallecer en el suelo mientras me ajusta las esposas y oigo
de fondo la insistente tos de ella. Otro poli la asiste con palabras amables.
FIN

