“Me voy para que no me
olvides”
(de la película, El
marido de la peluquera)
La operación no había cambiado un ápice
por suerte. Todo empezaba con un buen lavado de pelo con el agua ni fría ni
demasiado caliente, con el sedoso tacto de esas manos jabonosas enredándose en
el pelo mojado. Iba por la segunda enjabonada; siempre eran dos. Como tenía que
ser. Si sólo, por descuido, se limitara a una, supondría un auténtico drama
porque nunca tendría el suficiente valor para recordárselo a la peluquera, la
preciosa Ángela. El nombre le venía como anillo al dedo a la joven de ojos
grises y labios carnosos porque tenía auténticas manos de ángel.
El simple gesto de inclinar la cabeza
hacia atrás acompañada suavemente por las gráciles manos de Ángela para acabar
apoyándola a la altura de la nuca en el lavabo (uno de tantos de la peluquería)
ya suponía para él una suerte de evasión. Aquello no era ir a la peluquería.
Aquello se había convertido en un ritual. Lavado, corte de pelo, masaje en la
cabeza y peinado final. Qué manos las de Ángela. Para él no era una simple
peluquera, era su sacerdotisa. Tras el agradable aclarado, el enérgico secado
con la toalla (toallas siempre secas y sedosas, nada que ver con las que tenía
en casa) iba acompañado con un leve aroma a flores.
Con la toalla aún en la cabeza, las
manos de Ángela se encargaban de incorporar de nuevo la cabeza, siempre
acompañándola porque llegaba el momento del corte de pelo. Como siempre, seguido
por Ángela hacia uno de los butacones
frente al gran espejo. Siempre se lo cortaba ella, como no podía ser de otro
modo. En la peluquería sabían de sobra que él prefería que lo atendiera Ángela.
Esperaba pacientemente lo que fuera necesario. Para un ritual con Ángela nunca
se dejaba apoderar por las prisas.
Ahí la tenía, a su espalda, reflejada en
el espejo enorme, el pelo negro a lo garçon, el busto esbelto, el cuello
delgado, su diestra armada con las afiladas tijeras (qué arma más sensual en su
poder) y su otra mano ordenando con leves sacudidas el alborotado y húmedo
pelo. Los primeros cortes son tímidos, como de prueba. Son ligeros, simples, sin
apenas peligro. Puro candor.
El arte de Ángela, como siempre, se
transmitía de su sensibilidad natural, a sus manos, al peine, a las tijeras.
Ahí se reanudaba la evasión. La destreza de la joven peluquera era una garantía
para dejarse llevar. Los mechones de húmedo cabello caían, casi ingrávidos,
hacia la pendiente del amplio mandil. Le encantaba sentir los dedos de Ángela
cuando le cogía la cabeza levemente por los laterales, justo encima de las
orejas para ladearla si así lo exigía el corte de pelo. Aquello era puro arte.
¿Qué estaba haciendo Ángela? ¿Cortar el pelo a un cliente o moldear una
escultura? Tal era el arte que desprendían sus manos.
Por fin sonaba la canción. La esperada
canción en el momento preciso. La peluquería contaba con un hilo musical de
limitada variedad de canciones. Cuando salía todo bien; cuando no había
demoras, todo estaba debidamente calculado para que sonara “Catch the wind” de
Donovan Leight en el preciso momento en el que Ángela practicaba con otras
tijeras la igualación de los cabellos.
Las manos acariciaban el pelo al compás de la melodiosa canción de fondo.
Aquello era lo más parecido a hallarse brincando en el paraíso. Las manos de la
diestra peluquera se le antojaban rachas de viento suave y legendario meciendo
los cabellos a uno y otro lado como si fueran espigas de trigo flexibles y
henchidas de vida. La experiencia era gloriosa mientras Donovan cantaba eso de
que también podía atrapar el viento. La combinación perfecta para que surgiera,
una vez más, ese hormigueo craneal que tanto le deleitaba. Ya sólo quedaba una
breve sesión de masaje para acabar con un repeinado rápido del pelo recién
cortado.
El masaje de cabeza que desarrollaba
Ángela era sencillamente excitante. No sólo se trataba de una sesión de un
número de determinadas friegas alrededor de la cabeza, a lo largo y ancho de la
misma y demás. Había algo más. Mucho, mucho más. La ceremonia contaba además
con el tintineo de la voz, más que voz, murmullo de Ángela siguiendo su
particular Catch the wind.
Los dedos iban y venían masajeando a
placer y, ahí Ángela era diferente a todas. En su trabajo no sólo había
destreza y sensibilidad. Había amor. Un gran amor que depositaba en la cabeza
de su gran admirador y que acababa siendo absorbido por todos y cada uno de sus
cabellos en una comunión orgánica del todo inefable.
A él no le cabía ninguna duda de que la
naturaleza mística de la experiencia en la peluquería era fruto de ese amor y,
sin pretenderlo, y sin aportar razón alguna de peso, albergaba en un rincón de
su interior, la esperanza de que él mismo y nadie más fuera el destinatario de
tanto amor. Quizás Ángela no sólo estuviera trabajando. Quizás le quería
realmente y por ello era tan … profundamente sensual en su profesión. Quizás
había algo más que una mera relación peluquera-cliente. Quizás … ¿por qué no?
Ella sentía algo por él ya que no podía tratar de esa manera tan gloriosa a
cualquier cliente. ¿Qué sentido tendría esa manera de mesar los cabellos sin un
sentimiento detrás, un deseo tal vez, que no pudiera satisfacer abiertamente
fuera del contacto capilar?
¿Debería decirle a la bella Ángela lo
que él sentía por ella? Si tuviera el valor suficiente para expresarle todo lo
que sentía cuando ella le tocaba con sus prodigiosas manos, ¿habría cierta correspondencia
por parte de la joven peluquera? Algo le decía que tenía el viento a favor.
¿Qué mejor señal de éxito que ese amor irradiado por esas manos? Aquello tenía
que ser una señal inconfundible, inequívoca, que se repetía cada vez que tocaba
pasarse por la peluquería. Era como una señal electromagnética que, irradiada
desde los confines del cosmos y repetida una y otra vez, a intervalos de tiempo
iguales nos posibilitan albergar la esperanza de la existencia de vida
extraterrestre… De la peluquería a los confines del Espacio en pocos segundos.
¡Cuánto poder albergaba en sus manos la bella Ángela! ¡Cuánto amor prohibido
pidiendo a voz en grito ser liberado!
¿Sería buen momento para llevar a cabo
algo parecido a una declaración de amor?. ¿Valía la pena arriesgarse a romper
la magia que le confería el masaje capilar? Quizás surtiera mayor efecto una
sencilla frase amable.
-
Tienes manos de
ángel. Haces honor a tu nombre.
-
Vaya, muchas
gracias. Es lo más bonito que me han dicho hoy.
-
No es un mero
cumplido Ángela. No te equivoques. Es la pura verdad.
-
Pues gracias otra vez. Conseguirás que me ponga
colorada.
Una risilla condescendiente del cliente
motivó un espontáneo arrepentimiento:
La insulsa risilla había producido un
efecto contrario al deseado. La risilla bobalicona había contribuido a dar
carpetazo a la efímera conversación. Maldita y estúpida risa. No se le ocurría
cómo reanudar la conversación. Necesitaba hacerlo de manera que pareciera
natural; no dar pistas de su escondida desesperación. Aquello no era tan fácil
y él nunca supo defenderse en esas lides. El masaje dio sus últimos coletazos,
un último peinado con ciertos retoques perfeccionistas y ahí acabó todo por ese
día.
-
Te encantas más
de la cuenta con ese cliente, Ángela. En vez de cortarle el pelo parece que
estés en plena ceremonia hindú.
Su compañera y socia del negocio, Inés, tenía un nivel
de paciencia catalogado como estándar pero esas circunstancias que rebasaban
los límites meramente profesionales, colmaban a buen ritmo esa paciencia.
-
Reconozco que a
veces me entretengo un poco más de la cuenta.
-
¿Un poco? No te
paga por horas cariño.
-
Es la forma de su
cabeza Inés. Me tiene obnubilada. La disposición del pelo, el remolino ese
rebelde en la coronilla e incluso esa minúscula calvita que debió producirse
por alguna herida. Todo, todo igual que mi querido chico. Me encanta.
-
¿Tu novio
Miguel?¿Tanto se parece su cabeza a la de tu novio?
-
Mi Miguelito
tiene el pelo bastante más rubiete pero por lo demás parecen la misma cabeza
vista desde arriba.
Y claro, la voluntaria confusión de cabezas, provocaba
la misma actividad de Ángela, la misma predisposición a agradar, idéntica
iniciativa para causar placer y, lo más importante, prácticamente la misma
sensación de gozo percibía ella al actuar en ambas cabezas hasta el punto de no
distinguir por momentos cuándo lo hacía por trabajo y cuándo por mero placer o
entretenimiento en casa con su novio. Nunca antes le había ocurrido semejante
circunstancia sencillamente porque nunca se había encontrado en su profesión de
peluquera con dos cabezas tan iguales.
Desoyendo las sencillas y nada malintencionadas
advertencias de su compañera, la bella Ángela prefirió dejarse llevar y seguir
sin atender a distinciones en lo referente al corte de pelo (en ocasiones se lo
cortaba a su amadísimo Miguel) o al masaje capilar (algo también muy solicitado
por su novio).
La evolución de todo ello no habría culminado en algo
trascendente si no fuera porque a veces cuando se rompen las rutinas, suelen
suceder cosas imprevistas.
Sucedió que un viernes por la tarde, el complaciente y
enamoradizo cliente entró de nuevo en su peluquería preferida. Sabía, porque
así ya lo tenían acordado, que le atendería la bella Ángela, la de las manos
que hacían honor a su nombre. Como siempre. Y como siempre, Ángela se pertrechó
del instrumental para desempeñar bien su trabajo convertido en arte.
Conviene añadir lo que sucedió justo el día anterior
en casa de Ángela. Por una indisposición volvió antes de tiempo a su casa. Volvió
con la suficiente antelación como para advertir que había ropa femenina ajena
desperdigada por el pasillo y justo a la entrada de su habitación. El mensaje
preparatorio de la ropa no atenuó lo más mínimo el impactante espectáculo de
los cuerpos desnudos retozando en la cama. Miguel y … esa desconocida
voluptuosa …
La reacción de
la sorprendida pareja en su sudorosa desnudez prolongó el impacto recibido. Fue
la peor experiencia de su vida. A partir de ese momento su Miguel ya fue
historia. No lo volvería a ver en su vida a pesar del amor que había sentido
por él. Su disgusto cursó en angustia y ésta mutó en una terrible ira. Lo peor
de todo es que apenas habían pasado veinticuatro horas del engaño amoroso.
Ahí tenía a su cliente esperando y en aquel momento el
trabajo era lo primero. Ella se consideraba una profesional, por supuesto. Una
profesional que había sufrido un día antes el golpe más duro de su vida. Ahora
tenía justo delante, apoyada la nuca en el lavabo, cual ofrenda sacrificable,
la cabeza de idéntica disposición, comparable cabello, idéntico centímetro
cuadrado de calvita cicatrizada… Aquello la superaba. La ponía fuera de sí. En
ese momento, por cierto, recordaba que en el bolsillo de su bata llevaba unas
tijeras puntiagudas y tremendamente
afiladas.
FIN

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