viernes, 7 de julio de 2017

Relato Absurdo


Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.
(Albert Camus)

Estaba  agotado. Le dolía todo. El día había sido especialmente ajetreado, intenso. Se sentía como un púgil de esos que no conoce lo que es dar tregua. No llevaba la cuenta de las vueltas que llevaba dadas en la cama. De puro cansancio, no lograba conciliar el sueño. La acumulación de tensión, se decía. Sólo es eso. El caso es que, como siempre sucede, acabó durmiéndose sin darse cuenta. Un sueño un tanto incómodo, como inestable, con tendencia a zozobrar y a hundirse en las frías y oscuras aguas al menos golpe de viento. Realmente así sucedió. Empezó como una especie de aviso intermitente en la lejana orilla, con la cadencia de un pequeño faro. Una luz insistente acompañada de un sonido también intermitente, como un silbido metálico y molesto.

Abrió los ojos. La alarma de un coche. De nuevo en vela se dio la vuelta entre el susurro de las sábanas. Cerró los ojos pero el penetrante sonido seguía insistente, calándose a través de la ventana de la habitación. Aquello ya era desesperante. Valoraba la posibilidad de dar por perdida la noche y no darle más vueltas. Un hálito de preocupación le corrió por la desvelada mente. El sonido venía de muy cerca. ¿Y si fuera la alarma de su propio coche? Sí. ¿Por qué no? Lo había aparcado ahí mismo. El barrio no era seguro y un día u otro podía tocarle a su coche. Fue pensar eso mismo, y el mecanismo mental entró en una fase irreversible. No dormiría ya seguro. Se levantó de mala manera, con patente cabreo y se acercó a la ventana entreabierta. La persiana estaba a medio cerrar y con un violento tirón la acabó de abrir. El sonido de la alarma continuaba y a cada minuto que pasaba se le hacía más insoportable. Desde ahí no lograba ver su coche ya que lo había aparcado un tanto alejado de casa. No obstante aún estaba oscuro y se notaba el intermitente resplandor de unas luces color ámbar. ¿En serio iba a tener que bajar a la calle para comprobarlo? La incesante molestia sonora le espoleó y se enfundó en sus pantalones tejanos. Una camisa de cuadros de manga larga sustituyó la parte superior del pijama plagado de ridículos rombos de colores llamativos. Bajó los tres pisos por las escaleras torpemente. Ni siquiera encendió la luz del rellano porque no quería llamar la atención y ya se basaba con la débil luz de emergencia. Agradeció la ligera brisa fresquita de la noche. Su piso se había caldeado demasiado con el sol de todo el día.

Al salir empezó a recorrer la acera a su derecha hacia donde recordaba haber aparcado su coche. La alarma sonaba cada vez más cerca y las luces intermitentes se divisaban en la noche. En efecto era su propio coche el que se “quejaba de algo”. ¿Algún intruso? ¿Algún pardillo que hubiera aparcado bruscamente?

La primera en la frente. No podía ser verdad. El maletero estaba abierto. Aceleró el paso y se colocó justo en la parte trasera del coche. El oscuro espacio del maletero se le antojó como un pozo abismal. Ahí no había nada. Nada. Ni siquiera la llave de las ruedas.

Recibió el impacto en plena zona occipital del cráneo. Fue un golpe seco, rápido, sordo. La llave metálica no llegó a fracturar el hueso a pesar de la brecha abierta. El agresor recogió del suelo al dueño del vehículo y lo dejó caer en el interior del maletero. Los amortiguadores acusaban el gran peso del cuerpo inerte. Hurgó en los bolsillos y cuando dio con las llaves cerró con violencia el maletero y posteriormente se sentó al volante. Tenía las manos temblorosas y continuaba con los síntomas de profunda ansiedad cuando, al volver en sí hacía un rato se vio encerrado en ese mismo maletero. Se tocó la cabeza mientras separaba el coche de la acera. Tenía una herida en la cabeza que producía un profundo dolor. Notó que la sangre estaba seca pero no sabía del alcance de la gravedad de la misma, cosa que tenía pensado averiguar en cuanto llegara a su piso situado en la segunda planta de la calle del Bierzo, al otro lado de la ciudad. Lo había pasado mal pero finalmente la venganza había sido consumada. Ahora llevaba consigo al cabrón que pocas horas antes por poco le había matado. Por suerte,  el portón del maletero no ajustaba bien y pudo liberarse no sin cierta dificultad. Ahora se cambiaron las tornas. Le había dado a probar de su propia medicina, pensaba sonriendo.

 Tenía ganas de llegar a su destino y por eso,  a pesar del comprometedor “paquete” que transportaba, no le hacía ascos a rebasar el límite permitido de velocidad en el interior de la ciudad. Las luces de la ciudad pasaban velocidad de vértigo. Incluso en el interior del túnel de casi dos kilómetros de longitud no le dio por levantar el pie del acelerador. Por fin se acercaba al extrarradio de la ciudad, El pésimo estado del asfalto, plagado de brechas y baches anunciaba la proximidad de su desangelado barrio. La velocidad no aminoró y la suspensión del coche tuvo que emplearse a fondo, y aun así, los golpes del cuerpo inerte contra las paredes del maletero por el violento traqueteo se notaban incluso desde el asiento del conductor. Poco le preocupaba a éste. El fiambre lo tenía bien merecido. Un semáforo repentinamente iluminaba la avenida en flamante bermellón. La escandalosa luz no le hubiera impedido seguir su camino a alta velocidad pero la moto del policía local con su luz trasera de delatador azul eléctrico le persuadió para ser en ese caso concreto un buen conductor.

Trazar correctamente la rotonda que daba a la entrada de su oscura calle era también tarea obligada. Encontrar aparcamiento, a ser posible cerca de donde vivía también era de agradecer. Tener que ascender por la escalera las dos plantas para llegar a su mugriento apartamento a esas horas intempestivas le suponía algo más que una mera incomodidad, era un auténtico coñazo, con todas las ñ.

Finalmente todo había acabado mejor de lo que esperaba. Su vida había corrido peligro como nunca pero supo darle finalmente la vuelta a la situación. Se había librado por fin de su peor enemigo. Mañana ya pensaría en cómo deshacerse del cadáver.  Lo que tenía claro, … lo único que tenía meridianamente claro, era que lo poco que quedaba de noche lo iba a aprovechar para descansar. Lo necesitaba más que nunca. Demasiadas emociones. Demasiada movida violenta. Se iba derecho a la cama. La herida en la cabeza podía esperar.

El sonido, además de molesto era persistente, obstinado. Abrió los ojos. El techo ya no se hallaba oculto en sombras. ¿Cuánto había podido dormir?¿Qué hora era? Desde la cama miró la ventana. Empezaba a amanecer y lo único que se oía era ese horripilante sonido, tan repetitivo. La alarma de un puto coche. Una punzada de terror le atravesó el estómago. ¿Y si…?

Se dirigió a la ventana. Desde ahí no veía nada. La calle, a esa hora aún estaba desierta. No podía quedarse ahí como si tal cosa. Se vistió de manera torpe y bajó a la solitaria calle. Tras avanzar unos pasos por la acera, lo vio. El coche, escandalosamente mal aparcado, era el que andaba montando un escándalo con la maldita alarma. No había que ser un lince para comprobar que el maletero estaba abierto y que ahí dentro no había nada.

FIN





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