jueves, 30 de noviembre de 2017

AMOR CIEGO

Un Relato sobre la complejidad de la condición humana


Él respondió: “No sé si es pecador o no; sólo sé que yo antes era ciego y ahora veo”
       (JUAN   9,  25)



La moneda se le cayó al suelo de aquella curiosa manera en la que, impulsada por una misteriosa y vital fuerza, se alejaba rodando en precario equilibrio para desaparecer en entre las sombras de la habitación.

Él se quedó pensativo. Con su involuntaria mueca despectiva dio a entender que no le daba mayor importancia y reconocía de sobras que en ese momento no le apetecía agacharse para buscarla a pesar de que  la habitación era muy pequeña. Se hallaba a poco más de un metro de la ventana que había abierto parcialmente cuando entró en la diminuta estancia. Deseaba notar por un momento el frío del aire característico  de esos días del ya avanzado diciembre. Hacía más o menos una semana  que habían colocado las luces navideñas en la calle que, a esas horas de la tarde, parecía bastante animada. En cuanto menguara la luz natural del día, las caprichosas bombillas de colores alegrarían a los viandantes.

Sentía una gran desazón en su interior y sus gafas oscuras que tanto misterio parecen  infundir (sobre todo cuando las llevan los ciegos) lograban emboscar ese estado de ánimo que reflejaban sus ojos. Por otro lado, notaba cierto nerviosismo  creciente al saber que en pocos minutos aparecería ella.
Habían sido demasiadas emociones en un periodo de tiempo relativamente corto. Todo empezó cuando …  la verdad es que no podría haber empezado todo peor. Hacía poco más de medio año del fatídico accidente en la carretera nacional, a pocos kilómetros de la capital, precisamente cuando ya se acababa el trayecto a casa. Llegó a estar muy grave aunque, afortunadamente, en menos días de lo previsto inicialmente se recuperó y, si bien le quedaron inevitables secuelas, al menos pudo conservar la vida. Su padre, que iba en el asiento del acompañante, no tuvo tanta suerte. La pérdida provocó tal conmoción a su madre que, ya débil en su avanzada edad, cayó en una profunda depresión que casi la enajenó por completo, quedando la mayor parte del día postrada en un sillón.

Él, además de la dura rehabilitación tenía que sobrellevar una incómoda tartamudez, una secuela más del accidente, así como una acusada cojera. La enorme cicatriz en la frente era cuestión del observador de turno ya que él no se la veía y lograba olvidarla.

La habitación en la que se hallaba era un anexo de la generosa biblioteca de su casa. Era una habitación que no frecuentaba. Muy de tanto en tanto, no obstante, antes del accidente que le incapacitó, gustaba perderse en su silencio y, el olor que desprendían unos pocos libros viejos que reposaban desde décadas en una antigua y oscura estantería de madera de cerezo, le reconfortaba. Esos pocos libros eran auténticos incunables de la literatura que precisaban un espacio diferenciado, fuera del resto de libros de la biblioteca.

En ese reducido espacio  parecía haberse detenido el tiempo. Los problemas de la rutinaria  vida se tornaban en una especie de historia ajena, como un attrezzo que exclusivamente existía más allá de la única ventana que había. En alguna ocasión   había experimentado el sosiego que le proporcionaba detenerse frente a la ventana con la vista perdida en el maltrecho horizonte de irregulares edificaciones; se evadía sin apenas darse cuenta. Ahora era muy diferente. Volvía a estar frente a la ventana pero el encanto se esfumó hacía poco más de seis meses y su dura realidad se hacía patente a diario. Únicamente hallaba consuelo pensando y recordando.

Fue inevitable fijarse en ella. La oportunidad se la brindó la biblioteca municipal, pocos meses antes del accidente. Se fijó en la joven aquél sábado y, posteriormente,  comprobó que por fortuna frecuentaba precisamente la biblioteca todos los sábados por la mañana. Realmente no era apenas usuario de la biblioteca municipal ya que bastante tenía con la suya, en gran parte gracias a la erudición de su padre. La suerte quiso que descubriera a la joven aquél sábado y desde entonces sin pretenderlo, descubrió que tenía un aliciente para volver allí periódicamente. Deseaba conocerla. Siempre la hallaba ensimismada con uno u otro libro; en ocasiones, con varios a la vez. Le llamó la atención su espesa cabellera negrísima, de ese negro que refleja la luz con su opacidad como de esmalte, así como también le sorprendió la  voluptuosidad de sus ojos, grandes y brillantes, de un castaño claro y coronados con vistosas pestañas.  Normalmente acudía a la biblioteca sola y la única vez que la vio acompañada fue con la que parecía ser una amiga y de cuya conversación en voz baja supo que la joven belleza de melena azabache se llamaba Elvira. Nunca antes había conocido a ninguna mujer con ese nombre y eso le ofreció una sensación nueva y atrayente; una sensación placentera por lo ignoto que suponía, por lo prohibido incluso, … quizás estuviera exagerando o se dejara llevar sin mesura, pero se sentía bien. Posiblemente se estuviera enamorando pero no se dejó presionar por las prisas que parecían emerger con efervescencia desde sus entrañas. Le gustaba disfrutar de su presencia, le gustaba saberse cerca de ella, (no le resultaba difícil hallar asiento a su lado y se deleitaba con el suave aroma de su colonia que acabaría reconociendo en cualquier sitio). Le interesaba incluso que Elvira se acostumbrara a su presencia ya que sería menos desconocido para ella a fin de cuentas.

Pero llegó el accidente de tráfico y, tras él, todo cambió radicalmente. No volvió a pisar la biblioteca en muchos días. No obstante, hastiado por su maltrecha situación decidió romper finalmente con su apática rutina sin sentido, gobernada inevitablemente por las duras secuelas del accidente y que en su interior sabía con certeza que, si algo no lo remediaba, esa misma rutina acabaría desquiciándolo por completo.

Buscó algo que le infundiera una nueva energía. Algo que facilitara un golpe de timón en medio de esa trayectoria vital que en su desgraciado caso parecía a todas luces completamente prefijada. La imagen de Elvira fue volviendo  a su mente con progresiva frecuencia. Ahora sólo podía verla en su mente. A veces era un bálsamo para él. La imagen se le revelaba como la de una amazona poderosa y liberadora.  En otras ocasiones prefería rehuirla para no martirizarse con la idea inmediata de que todo había acabado; de que ese camino quedó interrumpido indefinidamente. No obstante, quizás, sólo quizás, si pusiera algo de su parte podría saltar la barrera de ese camino. Si rompiera con esa rutina paralizante, podría dar un vuelco importante a su existencia.

Le costó llegar a la biblioteca municipal a pesar de haber hecho en el pasado ese mismo recorrido tantas veces. Justo antes de entrar en la sala donde exponían sus lomos por orden alfabético centenares,… miles de libros, rodeando una serie de mesas alargadas para la lectura, se detuvo automáticamente al oír, después de tantos días, la inconfundible voz de Elvira, suave, casi un susurro, preguntando algo a la bibliotecaria en el interior de la sala. Él prefirió no entrar. Apoyó la espalda en la pared e intentó relajarse. Dedujo que ella  estaría de pie, ante el mostrador, cerca de la puerta de entrada a la sala, a pocos metros de donde él mismo se hallaba. No había posibilidad de error. Era ella.

Ahora, mientras permanecía ahí de pie, entre la penumbra de la reducida habitación anexa  a su propia biblioteca, torcía involuntariamente el labio al recordar con cierto pesar la falta de valor que le impidió acceder al mostrador de la bibliotecaria por temor a que Elvira le viera en ese estado tan perjudicado. Seguía absorto, con la mirada perdida hacia el tenue resplandor de la ventana por donde se colaban, ya débiles, fragmentos de villancicos infantiles y sonreía al recordar esa voz que aquel día, en la biblioteca, le sugirió, con el redescubierto hilo susurrante, una sensualidad irresistible.

La sonrisa de satisfacción se tornó en pocos segundos en una mueca básicamente nerviosa al recordar de nuevo,  que esa misma tarde, justo el día anterior a Nochebuena, la tendría de nuevo a su lado, como venía sucediendo casi a diario las dos últimas semanas.

En efecto, las circunstancias tan adversas, finalmente, no se habían ensañado del todo con él. Donde había creído perdida toda posibilidad de relación con Elvira, resultó que, de una manera insospechadamente fácil (hay que ver cuán benévola puede llegar a ser a veces la cruda realidad) se abrió una puerta al anhelado solaz de su femenina presencia. Una puerta cuya oportunidad de cruzarla no estaba dispuesto a desperdiciar.

Fue al sábado  siguiente de reencontrarla en la biblioteca municipal. Allí volvió él a la misma hora de la mañana por si tenía la suerte de hallarla de nuevo. Valió la pena otra vez el penoso trayecto desde su protectora aunque a menudo agobiante casa, hasta la esperanzadora biblioteca.  Pertrechado con el característico bastón blanco, no resultaba fácil desplazarse por las concurridas calles. Su pronunciada cojera aumentaba el lastre de sus ya vacilantes pasos. Sus anhelos fueron sobradamente colmados. Allí estaba ella porque su voz de inconfundible susurro la había vuelto a preceder. Quién fuera bibliotecario en ese momento para poder satisfacer sus peticiones literarias – pensó.

Esa ocurrencia le provocó de nuevo una maltrecha sonrisa; esta vez, mientras se solazaba con una caricia de aire fresco que se coló por la ventana. Giró lentamente a su derecha y tras abrir la vitrina, palpó, uno a uno, los lomos de los incunables que descansaban en las antiguas baldas. Recordó el acopio de valor como una sensación instantánea y aguda que provocaba una especie de desatasco poniendo en movimiento toda una serie de engranajes para materializar la acción de toda una maquinaria que, segundos antes, diríase inservible. Recordó su propia voz, herida por un exceso de vacilación y que tan rara le sonó a sí mismo.

Tras saludarla, le preguntó acerca del libro que acababa de coger de la estantería, una vez  asesorada por la bibliotecaria. Tras una pausa en la que Elvira reparó en el maltrecho porte de su interlocutor de gafas negras y bastón de invidente, la conversación no tardó en fluir con una soltura inesperada. Fue en esa ocasión cuando saboreó plenamente el placer de su presencia. Se empapó de su sensual voz, de su olor corporal, de sus gustos, opiniones y preferencias literarias. Como ya sospechaba, descubrió en Elvira una auténtica pasión por los libros. Era cuestión de segundos que él le hablara de su biblioteca privada.

El hecho de que la conversación abordara en pleno el mundo literario, dejando enseguida de lado las circunstancias del desgraciado accidente no hizo más que desbrozar el tupido camino de la incipiente relación. Como fuera que Elvira viera en él a una agradable persona rebosante de sensibilidad que a pesar de las graves contrariedades que padeció, dejaba vislumbrar una honradez y un entendimiento literario que incrementaban su versión más interesante, permitió que una cosa llevara a otra y, aquella misma mañana, tomando un café en la solitaria terraza de un bar, a pocas manzanas de la biblioteca, acordaron verse de nuevo pero esta vez en su casa para mostrarle esa tentadora colección de libros que bien harían las delicias de cualquier erudito.

No se acababa de creer lo extremadamente fácil y natural que resultó el hecho de que Elvira cruzase el umbral de la puerta de su casa. En cuanto a ella, la primera impresión que le causó la biblioteca privada de su impedido amigo le bloqueó las palabras, incomodándola por no poder expresar con suficiente solvencia tanta admiración.

Cuando, como era del todo comprensible, él le expresó el disgusto y la impotencia por no poder disfrutar de la lectura de tan sublimes volúmenes por su fortuita ceguera, a menos que alguien le ayudara, la respuesta de Elvira no se hizo esperar. Ella se ofreció para visitarle y leerle siempre que pudiera. Aquello suponía para ella una más que agradable satisfacción y, para él, la culminación de sus deseos.

Así pues, pasaron los días y las ocasionales visitas de Elvira tornáronse ya algo completamente natural, siempre por la tarde, ocupando las horas con sesiones de amena lectura de toda suerte de estilos y autores. Ella, sentada en una confortable butaca frente a él, acomodado en una vieja mecedora. Se hallaban en medio de la sala, rodeados de libros. Ella se esforzaba por interpretar con sonoras declamaciones,  más que leer, los diferentes relatos y novelas para que su invidente interlocutor, pudiera vivir, más que simplemente escuchar, los tesoros que albergaba la biblioteca.

Los relatos, las narraciones de genios de las letras  tan variados como Cervantes, Balzac, Pasternak, Hesse o Cortázar  brotaban de la boca de Elvira envueltos en su cautivadora voz. Eran momentos amenos, ricos en sensaciones y agradables. La reiterada experiencia le insuflaba a él una renovada fuerza vital por primera vez desde el accidente. Era consciente de que ella disfrutaba no sólo con la lectura sino que se recreaba tocando los viejos volúmenes, acariciando las viejas y duras tapas, mesando las centenarias hojas, admirando la vieja letra impresa. Podía concluir que Elvira no lo visitaba de manera desinteresada… era lógico. Parecía aquello más bien, una especie de simbiosis. No obstante, algo le decía, por qué no, que podía haber algo más. Esa posibilidad le fascinaba pero a la vez lograba desconcertarlo y no sabía cómo actuar  al respecto.

En la pesada penumbra de la reducida habitación pensaba que quizás había llegado el momento de tomar una decisión. En la situación actual reconocía sentirse bien aunque era su fuero interno quien no se engañaba y le decía las cosas claras. Necesitaba algo más y por eso mismo debía actuar cuanto antes. Estaba enamorado y esa certeza le consumía. Eso no entraba en los planes. Le preocupaba, no tanto la situación en sí, derivada de ese estado efusivo en el que no se camina sino que se pasea uno flotando, ingrávido, en un mundo que se torna maravillosamente indescriptible. No le preocupaba esa situación en absoluto. Si bien una de las sensaciones que le aportaba era de inseguridad, no dejaba eso de formar parte de un todo completamente normal. El gran problema, el insalvable escollo, el auténtico callejón sin salida subyacía en su castigada conciencia desde el inicio. Su caso se había transformado en un retorcido laberinto de perdición; en un lodazal en el que él solito se había introducido dándose cuenta tarde de que era demasiado profundo y espeso como para salir indemne.

La alternativa, cobarde sin lugar a dudas, consistía precisamente en no hacer nada esperando que las dificultades por sí solas se esfumaran y, si éstas persistían, siempre podría dejarse hundir en la ciénaga,… formar parte de ella, sin más.

Inmerso en ese malestar se hallaba, cuando sonó el claro tintineo del timbre en la planta inferior de la casa. Era ella, Elvira, como siempre, a la hora indicada para la habitual sesión de rica lectura.

Se sentía tan confuso que, por primera vez, dejó que su madre se despegara del sillón para que abriera ella misma la puerta. Esperó allí de pie, frente a la ventana, tras pedir a Elvira que subiera hasta que notó la presencia de su pretendida amada justo a su espalda, apenas cruzado el umbral de la habitación.

Giró lentamente hacia ella tras oír su alegre saludo. Conociendo el interés que a buen seguro le despertaba esa habitación que apenas visitó un par de veces, la animó a que se acercase una vez más al acristalado armario.

De nuevo le enumeró vagamente los tomos que ahí se guardaban. Se disculpó por la escasa luz que había en el habitáculo aunque a ella no le importaba; total, una habitación apenas frecuentada y él, … bueno, en su estado tanto le daba si había más o menos claridad. Él sonreía con aquella expresión forzada que responde más a un estado de aprieto que a algo meramente agradable o divertido.

Elvira dejó de contemplar los viejos lomos de los incunables con esa especie de reverencia en la mirada que parecía más propia de alguien que ha contemplado una sucesión de sarcófagos del  antiguo Egipto. Decidió asomarse a la ventana. La fría tarde acogía ya la agitación de la gente que sabe que la Navidad no les va a conceder una prórroga para todos los preparativos que tienen pendientes. Le encantaba contemplar la chiquillada embutida en abrigos, gorros y bufandas de lana. Justo en ese momento, encendieron las luces navideñas llenándose de parpadeante colorido la calle y parte de la habitación.

A Elvira le llamó la atención un leve fulgor que emanaba del suelo, entre las sombras. Un fulgor parpadeante, al ritmo de la intermitencia de las decorativas luces de la calle. Se agachó para averiguar qué era aquello que relucía. Cogió la caprichosa moneda y cuando ya se incorporaba, en décimas de segundo él reaccionó a tiempo, a pesar de su cojera, avanzando hacia ella para proteger con su mano la cabeza que, ajena al peligro,  ascendía peligrosamente hacia la amenazante esquina de la hoja de la ventana que seguía abierta. Ella, automáticamente le agradeció su intervención pero, al momento, se quedó mirándolo sorprendida al principio y petrificada a los pocos segundos. Su creciente confusión la dejó paralizada.

Él comprendió y se vio obligado a explicarse precipitadamente, algo para lo cual no estaba en absoluto preparado. La agilidad con la que evitó que la cabeza de Elvira no impactara con el marco de la ventana no estaba prevista. ¿Cómo decirle que en realidad no estaba ciego? ¿Cómo explicarle que a causa del maldito accidente de tráfico surgió una barrera infranqueable que le separaba de ella? Se le agolpaban las ideas en la cabeza y sentía morirse. Era el típico caso en el que no estaría  de más que la tierra le tragase por una temporada. Se daba cuenta de que no existía explicación suficiente que le eximiera de ser el responsable de su retorcido juego. Era en ese preciso momento en el que se veía como una especie de monstruo. Sí, su ceguera era fingida. El accidente que sufrió le dejó sin padre; tras un traumatismo múltiple él quedó cojo, tartamudo y terriblemente magullado pero conservó la vista. Las lesiones que sufrió en el cerebro fueron tan caprichosas que, además de dificultarle el habla, le arrebataron la capacidad para leer y escribir. Esa era la cruda verdad. La vergonzosa verdad que había estado ocultando: no sabía leer. Cuando, a pesar del accidente,  tuvo una mínima certeza de tener a su lado a la bella Elvira, no se lo pensó; resolvió tornar su incapacidad para leer en una simulada ceguera supuestamente provocada por el traumatismo craneal. Ambos compartirían juntos la pasión por los libros que él solo ya no podría disfrutar. No obstante reconocía que eso no era sino un retorcido ardid para poder gozar de la presencia de Elvira a pesar de sus limitaciones físicas provocadas por el accidente. La había engañado vilmente porque en ese momento le resultaba más fácil que  reconocer que era incapaz de leer.

Ahora se hallaba frente a ella. Escasos centímetros le separaban del manojo de confusión en que se había convertido el rostro de Elvira. Se veía obligado a toda costa a dar una serie de explicaciones que se escabullían resbaladizas como pececillos en un acuario. Lo peor de todo no era la expresión de sorpresa de la mujer; en ese reducido espacio, salpicado de luminosas intermitencias de vivos colores, pudo ver en el fondo de sus ojos castaño claro, algo parecido a la angustia o peor aún, al terror.

Él, una vez descubierto y,  anticipadamente  derrotado, empezó por quitarse las gafas oscuras.


-          FIN    -

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