(Relato)
Lo que llevaba buscando durante un
buen rato pasó a un segundo plano de manera instantánea. Su interés se evaporó
en el momento en que, rebuscando en el cajón del recibidor, descubrió un
revólver negro, brillante, semioculto en el fondo, como un peligroso animal en su guarida. La sorpresa
le paralizó los sentidos. La mente en blanco tardó en volver a procesar lo que
podía estar ocurriendo. Solía rebuscar en ese cajón (con el tiempo convertido
en mini trastero) con lo que la intrusión del arma forzosamente debía ser
reciente.
<< No me explico cómo se ha
enterado >>, se lamentaba mientras cogía con cuidado el peligroso objeto.
El desliz con su secretaria fue algo puntual y ocurrió con la suficiente
discreción en un apartado hotel. Sabía de las neuras de su celosa mujer,
responsables de ocasionales zozobras en su relación matrimonial pero … ¿cómo
pudo enterarse?. La noche del affaire avisó que volvería tarde a casa por
imprevistos de última hora en el trabajo y por ello, excepcionalmente, no
podrían coincidir ese breve instante de la tarde en que a ella le tocaba el
turno de noche en el hospital. Por mucho que ella indagara, resultaba imposible
que le hubiera descubierto.
El ya atormentado cerebro barajaba
varias posibilidades: la muy zorra había contratado un detective mucho tiempo antes para que le siguiera y el sabueso
podría haberle sonsacado a cambio de pasta al conserje del hotel o incluso a la
propia partícipe del adulterio… quién sabe. Sea como fuere su mujer se había
enterado y la muy loca estaba dispuesta a dejarlo hecho un colador. Seis balas
en el tambor. Sin duda quería asegurarse.
Le sobresaltó el sonido de su móvil.
De pie, con el revólver en la mano, no sabía cómo reaccionar. No estaba en
condiciones de hablar con nadie. << Que suene >>.
Su incansable máquina de asociación
de ideas acababa de topar con una incongruencia. Su mujer sabía que solía
rebuscar habitualmente en ese cajón ¿por qué dejar ahí el arma? ¿ Por qué ella
no había actuado ya?
<< No tiene agallas >>
concluyó su mecanismo de razonar hiperactivo. La alternativa, no obstante,
seguía siendo funesta. Si ella no se iba a manchar las manos de sangre, otro lo
haría en su lugar. Alguien encantado de matar con arma ajena y así evitar
pistas. Cobraría sentido además la ubicación del revólver en el fondo del cajón
del recibidor, bien cerca de la puerta de entrada.
Nuevo sobresalto telefónico. Se
acercó a la mesa del salón desde donde le reclamaba el móvil. La pequeña
pantalla luminosa le advertía que era su mujer. Seguramente quería asegurarse
de que se hallaba en casa. Ignorando de nuevo la llamada, volvió a dejarlo en
la mesa cuando de repente se quedó todo a oscuras. ¿Un apagón? … mejor
sabotaje.
A trompicones se dirigió de nuevo al
recibidor pistola en mano para comprobar el cuadro de la luz. El inquietante e
inesperado sonido del cerrojo de la puerta principal se unió a la macabra
sucesión de hechos alarmantes. Quien
intentaba entrar era sin duda un extraño por el tiempo que se tomaba
para que cediera el cerrojo.
La puerta abierta descubrió la silueta
de un desconocido. El sicario se acercó al sencillo mueble y tras abrir el
cajón – minitrastero y hurgar en él dio un respingo al oír <<¿buscas esto
cabrón? >>
No hubo tiempo para más. Quizás fue
el estado de inusual excitación, quizás no sabía cuan sensible podía llegar a
ser el gatillo de un revólver, quizás fue un impulso imprevisto e irrefrenable.
Entre las sombras del pasillo el fogonazo fue la antesala de la fulminación del
extraño. Ligeramente aturdido por el estampido, se acercó al inerte cuerpo.
Apenas podía distinguir su rostro, al recibidor no llegaba luz de fuera porque
el apagón había afectado incluso al alumbrado público. A pesar de la penumbra,
creía haberlo visto antes.
De nuevo el teléfono a escena pero
esta vez se trataba del fijo que, ante lo infructuoso de sus repetidos pitidos
hizo que el contestador automático con la voz de su mujer le explicara que no
había manera de que contestara al móvil; que si llegaba antes de lo previsto a
casa, que no se extrañara si alguien abría la puerta ya que ella misma le había
dejado la llave; que no se preocupase porque se trataba de Pedro, el piloto de
Mercury Air, su amigo del instituto que ya le presentó una vez; que como solía
volar a lugares conflictivos, se empeñaba en llevar un arma de la que le
obligarían a desprenderse y a dar una serie de explicaciones que no estaba
dispuesto a satisfacer en los juzgados donde ese mismo día debía hacer una
gestión.
En definitiva, que esperaba que no le
importase que le hubiese ofrecido un lugar donde dejar el arma para recuperarla
esa noche y así, de paso, si coincidían, podría recibirle con la gentileza que
siempre le caracterizaba e incluso invitarle a tomar algo. Finalmente, que a
ver si estaba más atento al móvil y que, como siempre, le quería.

Muy buena la entrada
ResponderEliminarsaludos^^
Debí responder por aquí. No si, ... ya le iré cogiendo el tranquillo a esto. Paciencia.
EliminarMuchas gracias Kristalle. Como habrás comprobado este blog apenas acaba de nacer. Es todo un honor haber recibido el primer comentario (el tuyo). El placer que me ha producido es enorme. Alguna vez me he dado una vuelta por tu blog. Pienso frecuentarlo. Gracias de nuevo.
ResponderEliminarMe encanta este post para la inauguración del blog. Felicidades y suerte.
ResponderEliminarGracias !!! Por ilusión que no quede
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